
























Los chinos que viven fuera de China, habiendo nacido all�, no son muchos: diez millones, de los cuales viven en Europa menos de dos millones. Se estima que en Espa�a hay unos doscientos mil. En comparaci�n con los m�s de mil cuatrocientos millones de chinos, estas cifras son peque�as e inestables en sus censos opacos. Pero a diferencia de otras comunidades de emigrantes m�s nutridas, condenadas al lumpen, como los africanos, los chinos son bien visibles, en parte por la naturaleza de sus actividades econ�micas. Una visibilidad misteriosa, no obstante, porque raramente se mezclan con los abor�genes de los pa�ses en los que se radican, aunque ya no hay pueblo espa�ol, por peque�o que sea, que no cuente con uno de sus populares bazares o de sus restaurantes t�picos.
Pese a proceder del pa�s con la dictadura comunista m�s antigua del mundo y una de las m�s sanguinarias de la historia, no puede hablarse de los emigrantes chinos como exiliados o disidentes pol�ticos. Raramente lo son, pues sus negocios los mantienen estrechamente unidos y dependientes de su metr�polis: las mercanc�as de sus bazares y una buena porci�n de sus bastimentos se manufacturan o producen en China por millones de esclavos felices. Si all� cualquier protesta les llevar�a a la c�rcel, aqu� los condenar�a a ser expulsados de esas redes comerciales e industriales, pero la existencia que llevan fuera de China muchos de quienes se encargan de vender y circular esas mercanc�as no es m�s satisfactoria que la que llevan quienes las fabrican y producen all�.
Se resiste uno incluso a dar el nombre de vida a esa existencia. Los vemos en sus tabucos, medio sepultados en mercanc�as inveros�miles, como larvas, y, la verdad, intriga imaginar su d�a a d�a. Basta asomarse a uno de esos comercios anaer�bicos para salir aplanado: jornadas de diecis�is horas siete d�as a la semana y una resignaci�n tan deprimente que deja los relatos de Chejov en remedos del Decamer�n. Ni que decir tiene que las condiciones en que trabajan la mayor parte de ellos estar�an fuera de cualquier ordenanza laboral, m�s all� de su asombrosa versatilidad y laboriosidad.
Este mi�rcoles FJLosantos recordaba aqu� la magn�fica biograf�a de Mao del historiador brit�nico Jon Halliday y de su mujer Jung Chang. Esta �ltima se hizo c�lebre por un libro m�tico, Cisnes salvajes, a la altura de los textos mayores que escribieron Nadezhda Mandelstham y Evgenia Ginzburg sobre la represi�n en la Uni�n Sovi�tica. Cisnes salvajes, del que se vendieron m�s de noventa millones de ejemplares en todo el mundo, es uno de los m�s impresionantes libros que puedan leerse sobre el desdichado g�nero humano.
Impresiona en el relato de Jung, suma de historia propia y de testimonios de testigos directos, tal y como hizo Solzhenitsyn en su famoso Archipi�lago Gulag, impresiona, digo, constatar la vesania de un r�gimen que persigui� con furia no solo las estructuras econ�micas y sociales capitalistas. El nombre que dio a la Revoluci�n Cultural parec�a sarc�stico: acab� en cuatro a�os con el 90% del patrimonio art�stico, cultural y literario del pa�s, pero sobre todo se emple� a fondo con la familia tradicional, principal escollo de cualquier revoluci�n comunista, como bien hab�a diagnosticado Engels: hijos denunciando a padres y envi�ndolos a la c�rcel, hermanos contra hermanos, amigos contra amigos. No qued� ni una f�brica ni una escuela ni un bloque vecinal donde no triunfara la delaci�n y la sospecha, la envidia, el resentimiento y la mediocridad. Dos millones de asesinados y algunos millones m�s encarcelados o reducidos en siniestros centros de reeducaci�n. No hubo tampoco ni una sola abyecci�n que no fuese elevada a categor�a pol�tica ejemplar por cien millones de comunistas (menos del 10% de la poblaci�n) contra el resto de la naci�n: la corrupci�n y el terror arrasaron para cuarenta a�os en el pueblo chino cualquier atisbo de insumisi�n. As� lo fotografi� para la Historia Li Zhenseng en im�genes que a�n sobrecogen cuando se ven.
Si la represi�n de la Revoluci�n Cultural, primero, y la de la plaza de Tiananm�n, despu�s, garantizaron al partido comunista chino y a sus dirigentes el poder para cuarenta a�os, el despegue econ�mico y tecnol�gico reciente les ha habilitado para otros cuarenta, estorbando en los chinos, dentro y fuera de su pa�s, cualquier deseo de emancipaci�n y libertad. Los comunistas han conseguido que cientos de millones de chinos proclamen a coro, fuera y dentro de China, las palabras que Lenin solt� a Fernando de los R�os: �Libertad para qu�. Ni Kafka y Piranesi juntos habr�an sido capaces de refinar tanto sus visiones tenebrosas y ning�n comunista se atrevi� nunca a so�ar con un �hombre nuevo� tan viejo, alienado y obediente.
El dictador Xi Jinping est�, claro, orgulloso de haber convertido su pa�s en la erg�stula cuyas paredes ha pintado, como dec�a Picasso de los murales de Sert, �con oro y mierda�. Y Pedro S�nchez ha viajado hasta all� por cuarta vez para celebr�rselo y adular al nuevo rico: �China y Espa�a estamos en el lado correcto de la Historia�, dijo. No debiera hablar en nombre de Espa�a. Quiere uno pensar que a�n quedan aqu� quienes desear�an morirse antes de verse convertidos en esclavos felices de una dictadura como esa que tanto parece admirarles a �l y a RZapatero, la misma que, a juzgar por su entusiasmo, se ve que querr�an implantar aqu�, si pudieran.
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