Mi amigo le enviaba mensajes a María V., más dulces que obscenos. Ella le contestaba: «Oye, me he convertido en una señora con sobrepeso, mal depilada y depresiva, ¿de verdad quieres mandarme mensajes de madrugada?»

Anna Castillo y Sofía Otero, en su papel en 'Se tiene que morir mucha gente'. E.M.
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Y a he escrito aquí mil veces sobre la ironía como una cultura en crisis en el mundo de la nueva sinceridad al estilo Foster Wallace, así que, ¿cómo no iba a responder a la llamada de Se tiene que morir mucha gente? Leí un texto en un medio militante de izquierdas, llamémoslo así, (pensé en poner «pseudomedio» pero, ¡bah!) que acusaba a la serie de ignorar el tema de las clases sociales y pensé que qué pesadita es la gente, de verdad. Dos horas y media después ya escuchaba a la actriz Anna Castillo gritar «¡Que no tengo sueños, que me dejéis en paz!».
Bárbara se llama su personaje y es la última irónica que queda en España. Quiero decir: no es que sea la última española dotada para el sarcasmo, de eso está lleno el mundo, sino que, de una manera casi anacrónica, ve el mundo desde fuera, en tercera persona, con una lucidez insoportable para sí misma y para esa gente que la rodea, la ama, le machaca y le dice «amor», «corazón» y «te quiero, tía».
Tuve una amiga, María V., que era como Bárbara. Bebía pero no se le notaba, vestía como una antigua profesora de colegio de monjas y decía frases propias del stand up, 10 años antes de que su lenguaje nos invadiera. «A mí, el sexo me gusta como a los tíos, breve y frecuente», dijo una noche. Todos los chicos presentes estábamos estupefactos. «Y no necesariamente bueno». Se mostraba siempre hastiada pero, a veces, parecía habitar en las afueras de la cólera.
Un amigo mío se medio emparejó con ella. Después, durante algunos años, cuando venía a Madrid y salía conmigo de juerga, mi amigo le enviaba mensajes a María V., más dulces que obscenos. Ella le contestaba cosas como: «Oye, me he convertido en una señora con tendencia al sobrepeso, mal depilada y depresiva, ¿de verdad quieres mandarme mensajes de madrugada?». Mi amigo me informó de alguno de esos textos y yo me reí mucho, pensé que qué humor tremendo, pero después de ver Se tiene que morir mucha gente se me ocurre que a lo mejor lo estaba pasando mal.
Algo más: hace 10 años coincidí con su íntima de siempre, Marta, a la que conocí superficialmente en aquellos años. Fue muy amable pero, por lo que entendí, ya no eran amigas. Me dio pudor preguntar por qué. Por mi parte, no sé por qué dejamos de vernos cuándo se perdió aquel grupo.
Ay, que se me han ido estas líneas en otra divagación ensimismada. ¿Debería haber escrito sobre el Papa? Supongo que sí. Me parece bien el Papa León. Tengo buena opinión del Papa de Roma y del Rey de España y mala de los líderes de la democracia parlamentaria. Es como si un señor navarro de 1833 se hubiera apoderado de mí.
























