
El primer ministro británico, Keir Starmer, al anunciar ayer su dimisión.AP
Actualizado
La dimisión de Keir Starmer es el último síntoma de la inestabilidad crónica en la que el Brexit sumió al Reino Unido hace ahora una década. La factura del divorcio con Europa es un entorno de gobernabilidad frágil y cada vez más dominada por la gestión de crisis internas, la más grave de ellas la migratoria. Lo confirmó ayer la renuncia de Starmer, sexto premier desde 2016, encumbrado gracias a una sólida mayoría que, sin embargo, no ha servido para garantizar su continuidad política.
La ruptura de hace 10 años ha fragmentado el sistema de partidos, debilitando tanto al laborismo gobernante como al conservadurismo tradicional. El resultado es que ambos han perdido terreno a manos del populismo eurófobo de Nigel Farage y margen de maniobra para articular un proyecto nacional coherente. Una realidad a la que también tendrá que enfrentarse el ex alcalde de Gran Manchester y más firme candidato a relevar a Starmer, Andy Burnham. Su programa continuista -control migratorio más estricto, ajuste fiscal y acercamiento a la UE sin reintegración- refleja los condicionamientos con los que llega a Downing Street. Burnham tendrá que gestionar la misma fractura social, política y económica derivada del Brexit y probar que encabeza una alternativa más allá de gestionar el estancamiento.
El divorcio, que se presentaba como una solución mágica a la fractura política, económica y social del país convirtiendo a la UE en chivo expiatorio de todos sus males, no ha obrado el milagro económico que prometía. Tampoco ha reducido las tensiones en torno a inmigración, descentralización o política fiscal. Ni siquiera ha alumbrado una nueva era de influencia británica global, que se ha topado con los límites impuestos por una guerra contra Rusia que requiere una estrecha cooperación con Europa y una relación especial con Estados Unidos que atraviesa horas bajas en pleno caos trumpista.
La conclusión es que la ruptura no ha generado el «reinicio» político que auguraba, sino una incertidumbre manejada a través de ajustes improvisados que debilitan tanto al Reino Unido como a la maltrecha socialdemocracia europea en un momento crítico de desorden global.























