Lo del Congreso esta semana ha sido pantomima y, como tal, más falso que un euro de cartón

Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados.EFE
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En los jardines de la Casa Blanca, convertidos en una suerte de Coliseo romano, Donald Trump se autorregaló un combate de la UFC y celebró ver el rostro de Topuria transmutado en Ecce Homo. Gaethje dejó al hispanogeorgiano como un Cristo y a Trump eso le encantó, no en vano la victoria era de un estadounidense y ya se sabe: America first. Pura coherencia la del Nerón yanqui.
En el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo, convertido en cuadrilátero de lucha libre desde hace ya mucho tiempo, el espectáculo que se oferta tampoco deja de escalar en capacidad para asombrar al público. Fíjense si aquí somos originales que, a diferencia de lo ocurrido en la Casa Blanca, lo que una bancada recibe con jolgorio no es la tunda propinada al adversario, sino el gancho que ha dejado KO a su favorito.
No, no se llamen a engaño. Lo del Congreso esta semana ha sido pantomima y, como tal, más falso que un euro de cartón. Una puesta en escena con risas y aplausos enlatados. Lamentable, sí, pero de mentira.
A Pedro Sánchez, la misma Cámara que le aupó a La Moncloa ahora le enseña la puerta de salida. Y no solo con bla bla bla desde la tribuna. No. Esta vez ha sido con votos brillando en el marcador. Es cierto que lo aprobado en el Congreso -¡váyase, señor Sánchez!- no obliga jurídicamente al aludido, pero no es menos verdad que pone de manifiesto que, aquí y ahora, se ha quebrado uno de los principios fundamentales de las democracias parlamentarias, ese que dice que un presidente lo es porque cuenta con la confianza mayoritaria de los representantes de los ciudadanos en los que reside la soberanía nacional, esos que con su voto deciden. Y la confianza, se mire como se mire, hay que alimentarla para conservarla. Es un bien consumible, no perpetuo, no inagotable. Si un mandatario la pierde, no hay otra, se tiene que marchar.
Claro que, todo esto de los principios democráticos a Sánchez parece importarle una higa. O menos. Al tortazo que le propinó la mayoría absoluta del Congreso -y también la del Senado- respondió riéndose. Curiosa mezcla de miedo, soberbia y desprecio. Una risa acompañada por los aplausos de una clac aleccionada sobre la campana para tratar de amortiguar el descalabro humillante del jefe.
¡Aplaudid!, y todos batían palmas, algunos con cara de extravío intentando asimilar el sentido de una orden que les zambullía en un pozo de vergüenza y ridículo porque, en realidad, estaba planificada para glorificar un resultado que La Moncloa, en su preocupante desajuste con el mundo real, creía que iba a ser justo el contrario.
«Y, ¿ahora?», me pregunta un viejo socialista desde el otro extremo del mapa. «Ahora, nada. A resistir», le respondo. No nos decimos nada más. Sánchez seguirá. Todo lo que pueda. Se aferrará si cabe con más fuerza a un poder al que se le está borrando peligrosamente el certificado de legitimidad.
Y no, no es posible blanquear tanto deterioro con una salva de aplausos ni con discursos serviles ni con lloriqueos victimistas ni con una catarata de porcentajes maleables ni señalando a los jueces ni con tuits tabernarios ni esgrimiendo las culpas del otro como si eso purgara las propias. Lo que se ve es lo que hay y todo es demasiado feo. Game over.
























