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Opinión

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El Mundo
Josu de Miguel · 2026-06-15 · via Opinión

No canalizamos nuestra frustración colectiva a través de la racionalidad institucional, sino de espectáculos procesales que solo sirven para satisfacer la sed de justicia popular

El ex consejero de Presidencia de la Junta de Andalucía Gaspar Zarrías.

El ex consejero de Presidencia de la Junta de Andalucía Gaspar Zarrías.EFE

Actualizado

La década de 2010 fue intensamente moralista. El 15-M y los nuevos partidos tenían todo a favor para regenerar España, que sufría con la austeridad y veía cómo la corrupción asolaba a la vieja clase política y la Corona. La derecha se llevó la palma: el caso Gürtel, la caja B del PP y Bárcenas, la trama Púnica o la operación Kitchen, una pieza separada del basurero montado por Villarejo que hoy se juzga en la Audiencia Nacional. Tuvimos oportunidades para mejorar el marco regulatorio, limitar los cargos de libre designación en la administración y promover unas relaciones público-privadas con mayores estándares éticos. Lamentablemente, no canalizamos nuestra frustración colectiva a través de la racionalidad institucional, sino de espectáculos procesales que solo sirven para satisfacer la sed de justicia popular. Todo está en el teatro clásico.

La moción de censura de 2018 dejó claro, además, que el monopolio de la moral política lo tenía la izquierda. Era una cuestión de números y, al fin y al cabo, uno de los mayores latrocinios de nuestra historia democrática, el caso de los ERE, quedó perdonado por una saga de memorables sentencias del Tribunal Constitucional. Si la tutela judicial efectiva ha permitido a Gaspar Zarrías volver a salir en los periódicos, es porque la superioridad moral produce monstruos. No extraña, entonces, la defensa que está emergiendo de las aventuras internacionales de Zapatero: su antiguo ministro de economía nos dice que basta de hipocresía, que el personal recibe regalos en sus viajes oficiales y no los declara a falta de protocolo. El rey honorífico estará riéndose desde Abu Dabi.

Se detecta también una nueva Brigada Aranzadi que pretende exonerar al ex presidente cuestionando la legalidad de las pruebas obtenidas en Estados Unidos y aparecen animosos tertulianos que nos dicen que el nepotismo está mal, pero que todo el mundo lo hace y solo se persigue si afecta a Pedro Sánchez. Lo mismo habrá pensado Urdangarin, el chivo expiatorio de los felices años 2000. Se están traspasando todos los límites de la desfachatez, sí, pero también esparciendo toneladas de cinismo que van a convertir a la democracia española en un erial en el que ya no será posible cultivar ninguna virtud política. Porque si nunca es el qué, sino el quién, no queda otro remedio que sigan hablando los autos y sentencias.