Magyar se enfrenta al enorme reto de transformar una mayoría heterogénea en una acción de gobierno coherente, desmantelar la herencia autocrática de Orban y reconstruir la relación con Europa

El primer ministro electo de Hungría, Péter Magyar.Afp
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La derrota de Viktor Orban en Hungría frena el ciclo de expansión del populismo antieuropeo en la UE y debilita la proyección global del trumpismo que lo apadrina. El cambio de rumbo da oxígeno a Europa para encarar las reformas que precisa para blindarse como actor estratégico, sin la presión de un socio convertido en enemigo de sus valores y aliado de Rusia para dinamitar desde dentro su proyecto democrático. La Unión se libra así de uno de sus principales focos de bloqueo en el ámbito político, económico y defensivo. Y recupera margen de maniobra en ámbitos donde Budapest ha ejercido un veto recurrente con el que la jefa de la Comisión, Ursula von der Leyen, propone ahora acabar «avanzando hacia la mayoría cualificada». Más relevante aún es el impacto simbólico: el nacionalismo iliberal deja de ser una fórmula invencible y pierde atractivo para sus imitadores.
El resultado electoral, una mayoría cualificada para Péter Magyar que le permite desmantelar el régimen de su predecesor, expresa sobre todo un voto de hartazgo. La voluntad de cerrar una etapa marcada por la colonización de las instituciones, la persecución de la prensa independiente, la desastrosa gestión económica y una política exterior escorada hacia los rivales de Bruselas: China, Rusia y los Estados Unidos de Trump. Pero la salida de Orban del Gobierno no implica la desaparición del sistema que ha implementado durante 16 años. El entramado institucional, las redes clientelares y una base social significativa continúan vivos.
La onda sísmica de la caída de Orban llega hasta España, donde Vox pierde un referente central para su ecosistema político y, con ello, parte de su capacidad de presión. La relación del partido de Santiago Abascal con el entorno de Orban le garantizaba tanto financiación como legitimidad externa. La desaparición de ese anclaje debilita su posición en el tablero europeo y también en el interior, en un momento en el que debe negociar apoyos para la gobernabilidad autonómica con el Partido Popular. La pérdida de fuelle del bloque populista en Europa reduce el margen de Vox para imponer condiciones y permite a los populares encarar las negociaciones desde una posición de fortaleza mayor para definir el marco político.
Con la victoria de Magyar, Hungría abre una etapa incierta, pero esperanzadora. El nuevo liderazgo se enfrenta al enorme reto de transformar una mayoría amplia, pero heterogénea, en una acción de gobierno coherente, al tiempo que reconstruye una deteriorada relación con Bruselas que pasa por revertir la herencia autocrática de Orban. Y sobre todo, por restaurar a Budapest su condición de socio leal en la construcción del proyecto europeo.























