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Una Colombia polarizada, fracturada en dos mitades irreconciliables y fragmentada ha elegido como presidente, por estrecho margen (menos de un punto porcentual), a Abelardo de la Espriella, que refuerza el giro derechista y pro Donald Trump en América Latina. ¿Qué significa este resultado y por qué se ha producido?
Políticamente, significa que Colombia vuelve a sentirse seducida por una propuesta de tintes iliberales. En 2022 llevó a la presidencia a un político de izquierdas por primera vez en su historia: Gustavo Petro, que no era un outsider (había sido alcalde de Bogotá) pero que lideraba una amplia coalición. Su Gobierno, sobre todo desde 2024, ha sido una constante llamada a no reconocer la institucionalidad, movilizando la calle contra las instituciones. De la Espriella, él sí un outsider, radicaliza por la derecha la apuesta iliberal de Petro. Dice que desea ser un presidente para todos los colombianos pero, como Javier Milei en Argentina, la naturaleza del escorpión que le caracteriza puede acabar saliendo más pronto que tarde. Su tendencia innata –y en la que se siente más cómodo– es hacia la polarización visceral, el enfrentamiento y el guerracivilismo. Asume el cargo en un país fracturado en dos mitades (como Perú –fujimorismo vs antifujimorismo– o Brasil –bolsonarismo vs antibolsonarismo–) que requeriría de un presidente con capacidad pedagógica y para tender puentes. Esas virtudes le son ajenas a De la Espriella, que prefiere apelar a la testosterona, al insulto y a la descalificación mileísta.
No es solo que los dos bloques políticos (izquierda vs derechas) sean muy similares en tamaño. Les separan odios y animadversiones personales y escasa voluntad política para llevar a cabo un acercamiento. Todo ello alimentado por dos visiones de país irreconciliables. Esa idiosincrasia no ayuda a resolver el grave problema que tiene por delante: construir gobernabilidad. Es la palanca con la que poder impulsar un plan de reformas estructurales y dar solución a los retos medulares del país (el alto déficit fiscal, el desafío de las guerrillas, la crisis del sistema de salud y las heredadas rémoras sociales, pobreza y desigualdad). También, como Milei en Argentina, De la Espriella, con una exigua base en el legislativo, va a tener que pactar con su odiada «casta»: el uribista Centro Democrático, el conservadurismo, el oficialismo liberal y Cambio Radical.
La esperanza se halla en el papel que juegue el nuevo vicepresidente, José Manuel Restrepo. Encarna todo lo que no es De la Espriella: proyecta confianza institucional, es un economista serio y con experiencia en el Gobierno de Iván Duque, ajeno a los estilos de Milei y Bukele. Apuesta por los consensos y el diálogo. Cuanto más Restrepo en el futuro Gobierno, menos De la Espriella y, por lo tanto, más previsibilidad y capacidad de construir gobernabilidad.
Colombia necesita de esa gobernabilidad para afrontar dos desafíos existenciales: la crisis fiscal y el reto del crimen organizado. El país cerró su déficit fiscal en el 6,4% del PIB en 2025, una mejoría de 0,3 puntos frente al 6,7% del año anterior, pero que sigue siendo el más alto de los últimos 30 años. El nuevo Gobierno recibirá un panorama de seguridad marcado por la expansión de las guerrillas y el crecimiento de economías ilícitas. Las cifras de organismos de seguridad reflejan que las redes ilegales suman cerca de 27.000 integrantes. El problema trasciende ese número: el principal reto es el control territorial que han alcanzado, así como el aumento de su capacidad de fuego gracias a la utilización de los drones.
De la Espriella tiene una receta clara: el recorte del gasto. Un programa muy necesario, pero que no solo es complejo de llevar a cabo, sino que le va a poner frente a una sociedad ya golpeada, frustrada y con una parte de la misma dispuesta a movilizarse en su contra. Sobre todo la izquierda que ha mostrado en la segunda vuelta su fortaleza: Colombia vivió ayer la mayor participación electoral de su historia. Además, esa izquierda conserva una amplia bancada y, sobre todo el petrismo, tiene ánimo de vendetta. Una izquierda, que en 2021 desencadenó grandes protestas en el país que paralizaron al Gobierno de Duque y cimentaron la victoria de Petro.
Desde un punto de vista geopolítico, la victoria de De la Espriella refuerza la estrategia regional de Trump, quien gana un nuevo aliado confirmando que el viento sopla a su favor a escala latinoamericana. Eso sí, Trump, tras su tropiezo iraní, puede acabar a fines de año convertido en un aspirante a pato cojo si pierde las elecciones legislativas de medio mandato, lo que reduciría considerablemente su margen de acción a escala regional.
De la Espriella consolida la hegemonía de las nuevas derechas latinoamericanas. Unas nuevas derechas que no son homogéneas. Como no lo era el giro a la izquierda (2002-2015) personificado por dirigentes tan disímiles como Michelle Bachelet y Lula da Silva, a un lado, y Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa al otro. El conservadurismo e institucionalismo de José Antonio Kast no marida con el autoritarismo de Nayib Bukele, ni con los desafíos insultantes de Milei, ni con la constante apelación iliberal de los Bolsonaro.
De la Espriella es el último capítulo de la tentación iliberal que desafía a unas democracias «fatigadas» (como sostiene Manuel Alcántara) y también acosadas por alternativas iliberales. Acosadas por movimientos, partidos y liderazgos que cuestionan la institucionalidad democrática y proponen modelos personalistas y cesaristas al margen de los equilibrios de poderes. Fuerzas que captan el desencanto de la ciudadanía y enarbolan un discurso demagógico anti casta política y antipartidos.
Este estilo de liderazgo y propuestas autoritarias no representa una novedad, salvo que, en la actual coyuntura, existe el recurso a las redes sociales que amplifican sus cantos de sirena y por el apoyo de la Casa Blanca trumpista. La primera oleada iliberal provino de la izquierda. Fue la del «socialismo del siglo XXI/chavismo» entre 1999 y 2015, que desembocó en dos gobiernos abiertamente dictatoriales: la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro y la Nicaragua de los esposos copresidentes Daniel Ortega-Rosario Murillo.
El mesianismo, personalismo e iliberalismo de Hugo Chávez no difiere en exceso del empleado por los nuevos líderes de la derecha radical latinoamericana. Donde el comandante afirmaba «con Chávez, el pueblo manda» o «Chávez no es Hugo Chávez, sino el pueblo», De la Espriella asegura que representa a los excluidos, a «los nadie». La vieja y manida polarización pueblo-casta de todos los populismos, de izquierda o derecha. Donde Chávez encarnaba un nacionalismo de ultraizquierda –«¡Patria, socialismo o muerte! Venceremos»)–, De la Espriella encabeza una formación como «Defensores de la Patria». El lenguaje directo de Chávez –«Váyanse al carajo yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno, carajo»– se encuentra, de forma mucho más marcada y zafia, en el colombiano que califica a sus adversarios de «cobardes» o presume de sus genitales.
Colombia es otro ejemplo de cómo las democracias fatigadas son un caldo de cultivo para que germinen desafíos de carácter iliberal. El ataque no es novedoso. La novedad es que proviene de la derecha radical. Hace un cuarto de siglo procedía de la izquierda. Ese tipo de alternativas fueron capaces de convertir una democracia (Venezuela) con más de medio siglo de existencia, si bien disfuncional desde los años 80, en una dictadura. El caso de Bukele en la actualidad o de Chávez en su día son un aviso de que ese tipo de liderazgos pueden dar paso a un régimen de corte bonapartista con instituciones sometidas a la voluntad del caudillo autoritario de turno.
Como con Petro, la sólida e histórica institucionalidad colombiana va a estar de nuevo a prueba. Una institucionalidad que fue capaz de parar el afán reeleccionista de Uribe y que tiene fuerza y legitimidad para resistir la amenaza del tigre De la Espriella.
Rogelio Núñez Castellanos es profesor del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Alcalá e investigador sénior asociado del Real Instituto Elcano
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