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Hay problemas que llevan tanto tiempo entre nosotros que han dejado de parecer problemas para convertirse en paisaje. La vivienda, las pensiones, la calidad de las instituciones o la corrupción que reaparece cada cierto tiempo con nombres distintos y mecánica idéntica son sólo alguno de los asuntos que todos los gobiernos prometen abordar y que sobreviven intactos a todos los gobiernos, como si poseyeran una resistencia secreta a cualquier reforma. Esa longevidad debería decir algo. Un problema que aguanta en pie década tras década, bajo administraciones de uno y otro signo, rara vez sigue ahí porque nadie haya dado con la solución. Suele seguir ahí porque hay quien preferiría que siguiese.
La explicación más socorrida, la que deja a todos a salvo, sostiene que estos asuntos son endiabladamente complejos. Y lo son, qué duda cabe. Pero hay algo deshonesto en escudarse siempre en la complejidad, porque para los grandes problemas del país disponemos, a grandes rasgos, de un diagnóstico compartido por la inmensa mayoría de quienes han estudiado la cuestión sin un interés directo en el resultado.
Sabemos que la vivienda en las zonas tensionadas tiene que ver con una oferta que lleva tres lustros sin acompañar a la demanda. Sabemos que un sistema de pensiones de reparto con la pirámide demográfica invertida solo se sostiene tocando alguna de sus variables, ya sea retrasando la edad efectiva de jubilación, elevando las cotizaciones o vinculando cada pensión a lo realmente aportado mediante cuentas nocionales. Sabemos que la calidad de nuestras instituciones se erosiona cuando los órganos de control dependen de quienes deben ser controlados. El remedio, en casi todos los casos, se conoce. Lo que sucede es que tiene perdedores, y los perdedores tienen sus propios intereses y votan en consecuencia.
Conviene entonces dejar a un lado la coartada de la complejidad y mirar de frente las dos fuerzas que explican mucho mejor la parálisis. La primera es el interés desnudo. La segunda, más difícil de admitir porque alcanza a casi todos, es la convicción moral convertida en fanatismo.
La del interés tiene a su favor la teoría económica más sólida y menos sentimental. Hace medio siglo, Mancur Olson explicó por qué las democracias tienden a esclerotizarse con el tiempo: las políticas que reparten un beneficio enorme entre pocos y un coste minúsculo entre muchos siempre encuentran un grupo dispuesto a organizarse para defenderlas, mientras que la mayoría perjudicada ni siquiera se entera de cuánto paga. Quien ya tiene piso, o quien lo arrienda en condiciones que la escasez vuelve cada año más ventajosas, tiene mucho que perder si se construye y los precios se moderan. Quien todavía busca su primera vivienda, que es justamente quien paga la factura del bloqueo, rara vez encuentra quien organice su interés en clave de solución; y cuando surge alguna voz que dice representarlo, suele reclamar huelgas de alquiler o la expropiación de pisos, gestos de confrontación que agravan la escasez que pretenden combatir.
Las pensiones obedecen a la misma lógica con un agravante temporal: quien cobra hoy es quien vota hoy, y quien pagará el desajuste o no vota todavía o ni siquiera ha nacido. Difícil imaginar un cálculo más favorable a no hacer nada.
Lo verdaderamente revelador es que el interés casi nunca se presenta como interés. Sería de mal gusto, y además poco eficaz. Nadie defiende un tope al alquiler diciendo «protejan mi posición de privilegio frente a los que vienen detrás». Lo que se dice es que se defiende el derecho a la vivienda, la justicia social, a las familias trabajadoras frente a la especulación. El interés se viste de virtud porque la virtud cotiza mejor en el mercado de la opinión pública, y porque, esto es lo más inquietante, quien lo invoca suele creérselo de verdad. Y aquí es donde tenemos que recurrir a Jonathan Haidt.
En La mente de los justos (Deusto), Haidt propone una imagen que ayuda a entender por qué discutir de estas cosas resulta tan estéril. Nuestra mente moral, dice, funciona como un jinete montado sobre un elefante. El elefante es la intuición, una masa enorme que se inclina hacia un lado antes de que sepamos por qué; el jinete es la razón, que llega después y se dedica a justificar con argumentos elegantes la dirección que el animal ya había tomado. Primero sentimos, luego razonamos, y el razonamiento se parece menos al de un científico que busca la verdad que al de un abogado que defiende a un cliente cuya inocencia da por supuesta. Por eso los argumentos casi nunca mueven a nadie. Más que debatir, exhibimos ante los nuestros la solidez de nuestra coartada.
Haidt añade una segunda idea, la de los paladares morales, que explica por qué el adversario nos resulta tan ajeno. La moral, sostiene, es como la lengua, dotada de varios receptores del gusto: el cuidado del débil, la justicia, la lealtad al grupo, el respeto a la autoridad, la santidad de lo sagrado, la libertad frente a la opresión. No todos saboreamos esos registros con la misma intensidad. Quien se sitúa a la izquierda tiende a paladear sobre todo el cuidado y cierta idea de la equidad; quien se sitúa a la derecha reparte su atención por un abanico más amplio que incluye la lealtad, la autoridad o lo sagrado. El resultado es que cada bando experimenta al otro como alguien moralmente deforme, ciego a un sabor que para uno resulta evidente. Entender esto, empezar por ahí, es el único antídoto serio contra la tentación de creer que quien piensa distinto es tonto o malvado. La mayoría de las veces sencillamente tiene otro paladar y un elefante que tira hacia otro lado.
Hasta aquí la parte generosa, la que obliga a tratar al adversario con la caridad de suponerle buena fe. Pero la caridad tiene un límite, y aparece justo donde las dos fuerzas se funden en una sola. Porque el fanatismo no siempre nace de un paladar moral sincero. A menudo es el interés el que se sirve de él. La convicción del votante, que puede permitirse creer lo que le reconforta porque su voto individual jamás cambiará el resultado y equivocarse le sale gratis, ofrece la coartada perfecta para quien sí tiene algo material que ganar con el bloqueo. El que vive de la discrecionalidad institucional defiende la gobernabilidad. El que se beneficia de un mercado cerrado defiende al pequeño frente al grande. El interés contrata a la virtud como portavoz, y la virtud, halagada, acepta el encargo sin saber del todo para quién trabaja.
Esa es la maquinaria que mantiene intactos los grandes problemas del país, y la razón de que resistan a cualquier informe, comisión de expertos o tribuna bienintencionada. Ninguno se sostiene sobre la ignorancia, que tendría arreglo. Se sostienen sobre una alianza notablemente estable entre quien gana al mismo tiempo que pierde el país y quien cree estar salvándolo. Las reformas de fondo no llegan porque exigirían que alguien renunciara a una renta o a una certeza moral, y rara vez se presenta voluntario para ninguna de las dos cosas.
Conviene, en todo caso, no excluirse del cuadro al trazarlo. Cada cual tiene su paladar y sus sabores predilectos, su elefante que se inclina antes de que el jinete tome nota, y para alguien, en algún sitio, es el fanático que no entiende nada. Empezar por entender al otro no garantiza que se arregle la vivienda ni se salven las pensiones, porque contra el interés disfrazado de virtud no hay argumento que valga. Pero ahorra al menos el espectáculo, tan español, de confundir la propia conveniencia con la justicia y llamar fanático al de enfrente mientras se alimenta el propio. Es poca cosa. A veces la lucidez es lo único que queda cuando se ha descartado la esperanza fácil.
Juan Jesús González es catedrático de Sociología de la UNED y autor de ‘Las razones del voto en la España democrática (1977-2023)’ (La Catarata)
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