Editorial

Un joven interact�a con la IA.
Actualizado
Audio generado con IA
La inteligencia artificial ha entrado en las empresas espa�olas a una velocidad mucho mayor de la prevista y empieza a alterar silenciosamente el mercado laboral. El dato m�s relevante del informe Funcas que publicamos hoy no es la proyecci�n de una destrucci�n bruta de entre 1,7 y 2,3 millones de empleos en una d�cada, sino la celeridad del cambio.
Espa�a llega a esta veloz transici�n -que como todo avance prodigioso en las capacidades humanas requiere una supervisi�n racional- sin plan para amortiguar su potencial shock, que afectar�, adem�s, a capas de empleo administrativo y t�cnico que sustentan a buena parte de la clase media. La realidad es que la IA no s�lo eliminar� ocupaciones mec�nicas de baja cualificaci�n, sino tambi�n tareas que hasta ahora parec�an protegidas por el conocimiento especializado. Como contrapartida positiva, aumentar� la productividad de entre 2,8 y 3,5 millones de trabajadores.
Ser�a un error pol�tico responder a la disrupci�n tecnol�gica desde una l�gica exclusiva de protecci�n social a trav�s de ayudas: ning�n pa�s puede subvencionar indefinidamente a generaciones enteras desplazadas del mercado laboral por falta de adaptaci�n tecnol�gica. Si la revoluci�n industrial del siglo XIX dej� atr�s al trabajador manual y la automatizaci�n de finales del XX castig� a empleados de mediana edad, la IA puede inaugurar otro fen�meno: el de j�venes formados para un mercado en vertiginosa extinci�n.
La dimensi�n del reto hace incomprensible que un pa�s que ostenta un Ministerio para la Transici�n Ecol�gica no disponga de una estructura equivalente para la transici�n digital. La IA exige una estrategia transversal de Estado, al afectar simult�neamente a �reas como Educaci�n, Universidades, Hacienda, Trabajo, Industria... Por ello la prioridad deber�a ser doble: inversi�n masiva en capital humano (formaci�n profesional y universidad para orientar competencias) e inversi�n en infraestructura empresarial.
El riesgo no es la IA, sino llegar a ella sin estrategia industrial ni reforma educativa y confiar en que el Estado pueda amortiguar indefinidamente su impacto con inyecciones de dinero p�blico.

























