























A través de remeseros que cobran jugosas comisiones; con tiendas online que entregan productos a domicilio; en las maletas de viajeros... Los inmigrantes cubanos que residen en España buscan de forma desesperada enviar dinero, alimentos y medicamentos a sus familiares que viven en la isla, una práctica histórica de la diáspora, pero que se agudizó este año desde que el régimen dejó de recibir ayuda del sátrapa Nicolás Maduro.
«La dictadura cubana sobrevive gracias a las remesas que enviamos sus víctimas, que somos los exiliados», sostiene Néstor Rodríguez Lobaina, que vive en Palma de Mallorca y está en España desde 2011 como asilado, después de haber pasado 14 años como preso político. Con 60 años, trabaja como cocinero durante la temporada de verano. En los períodos que no está en paro, logra enviar unos 200 euros por mes a su padre, de 89 años, en un contexto en el que el salario medio mensual en la isla es de 6.830 pesos cubanos, 14 euros al cambio real.
«Allí sobrevive el que tiene un familiar en el exterior. Mi madre murió sin que pudiera despedirme y mi padre lo está pasando muy mal. Lo único que puedo hacer es enviarle un dinerito, y para eso hay que hacer maniobras. Estoy tratando de enviarle medicamentos porque en este momento no hay ni aspirinas», se lamenta Nestor.
Para el envío de dinero a la isla, los cubano-españoles recurren a la figura del remesero.«Yo le hago un Bizum aquí y luego mi hija va a una casa o comercio y recibe el equivalente en pesos cubanos», explica Sayde Chaling-Chong García, músico exiliado en España y activista. «Es un contacto al que uno conoce por el boca a boca». Se trata de redes no oficiales que operan con colaboradores en España y en Cuba, y que es inconcebible que actúen sin el aval de mandos del régimen, explican los exiliados a Crónica.

Sayde Chaling-Chong García, músico cubano exiliado en España, envía dinero a su hija a través de "remeseros"Miquel GonzálezShooting
La hija de Sayde, a la que no pudo volver a ver desde que emigró en 2002, atiende en La Habana un puesto en el que pinta uñas y tiene un hijo de cinco años. «Ahora por los cortes de luz están cocinando con carbón, así que cada semana le envío dinero para que puedan comprarlo. Hay meses que hacen falta 200 euros, otros con 50 se arregla. Pero si no fuera por esta ayuda el niño no podría tomar leche», apunta.
Además de los remeseros, los tres millones de cubanos que viven fuera de su país, —287.000 de ellos en España— tienen una vía para mandar alimentos y otros artículos esquivando la aduana del dictador Díaz-Canel. Existen tiendas online como Supermarket 23 o Cuba Llama en las que el inmigrante cubano desde cualquier parte del mundo puede seleccionar los productos de la compra y que se los envíen al domicilio de sus familias.
«Cuba ha vivido y vive de las remesas de los que desterraron de su país y llamaron escorias. Pero, ¿cómo uno va a dejar de ayudar a su familia, de hacer que puedan comer un pollo?»
Lo indignante es que los pagan a un precio que para los habitantes de la isla donde mandan los Castro resultan exorbitantes: dos kilos de pechuga de pollo a 10 euros, 30 huevos a siete euros, un generador eléctrico a mil euros. Este último equivalente a 71 salarios medios.
Este suplemento también ha visitado la oficina madrileña de Cuba Llama, que ofrece una amplia gama de servicios que van desde recargas telefónicas, compras online y envíos de paquetería, hasta un portal de noticias.

Las oficinas madrileñas de la agencia Cuba Llama, que ofrece envíos de paquetería a Cuba y otros servicios.El Mundo
A algunas de estas empresas, que presuntamente mueven millones, se las ha relacionado con el régimen. Por ejemplo, según Diario de Cuba, Supermarket 23 está vinculada a los herederos del comandante de la revolución Guillermo García Frías.
«Las he usado alguna vez, cuando mi padre estaba enfermo. En las tiendas, para un cubano, no hay nada de eso. Da mucha rabia caer ahí, pero te gana lo humano», cuenta Dayana Prieto, que vive en Madrid como asilada política junto a su esposo, el dramaturgo Yunior García, desde 2021. «Mi padre falleció hace dos años y no pude despedirlo. Tengo a mis abuelos, un hermano de 15 años, el hijo de Yunior también de 15. Es horrible lo que están pasando. Ya no hablan de apagones sino de alumbrones, porque pasan 48 horas sin luz y luego la tienen por un rato», retrata.
Dayana integra, junto a otros cubanos que viven en España, una red que trata de enviar ayuda a la isla pero esquivando a los remeseros y a las plataformas, a los cuales considera «un chantaje» que beneficia al régimen. El mecanismo funciona gracias a las maletas de los pasajeros que viajan hacia La Habana. La mayoría son emigrados con nacionalidad española, que pueden moverse libremente entre los dos países.
«Es un corredor humanitario alternativo, sin respaldo institucional, entre amigos que se organizaron desde la pandemia y trasladan medicinas y alimentos», cuenta Dayana, de 40 años. En paralelo, en los grupos de Facebook de cubanos en España se pueden ver publicaciones que ofrecen traslados en maletas y cobran de acuerdo a la cantidad de kilos.
«No envío toda la ayuda que quisiera, no estamos en una situación económica como para que mi familia de Cuba pueda vivir enteramente de lo que les enviamos», se lamenta Dayana, que trabaja como dependienta. «Cuba ha vivido y vive de las remesas de los que desterraron de su país y llamaron escorias. Pero, ¿cómo uno va a dejar de ayudar a su familia, de hacer que puedan comer un pollo?», añade.

Dayana Prieto integrauna red de cubanos en España que seorganiza para enviarmaletas con comida y medicamentos a la isla.Cedida
Hace un mes, la desesperación por enviar insulina para su tío diabético la llevó a la fila del check-in de un vuelo a La Habana desde Barajas: preguntó a todos los pasajeros a punto de embarcar hasta que consiguió la solidaridad de uno que iba hasta la ciudad de Holguín, donde vive su familia.
Osiris Puerto, que llegó a Barcelona luego de haber sido baleado por la Policía en una protesta opositora en La Habana, ajusta sus gastos para poder hacer llegar 120 euros cada mes a su esposa, que quedó en la isla con sus hijas de 16 y dos años. «Me enferma llevar tanto tiempo sin verlas. Pero saber que desde aquí soy su sostén me da fuerzas», dice, mientras espera su cita en la Ciudad Condal para ser operado de una hernia que le quedó como consecuencia de las balas de la dictadura.
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