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Los 90 años de Beiras, el "enfant terrible" que repensó e...
EL MUNDO · 2026-04-24 · via Crónica

Irreverente con convicciones y disidente con brújula propia -su Galiza "abajo y a la izquierda, donde el corazón"-, Xosé Manuel Beiras (Santiago de Compostela, 1936) alcanzó los 90 años el 7 de abril. Sigue a ser uno de los rostros más reconocibles e indómitos del nacionalismo gallego contemporáneo y figura clave de dos de sus mayores cauces: el BNG, del que se apartó en 2012 y Anova, dónde aún milita. No resulta sencillo apresar del todo su figura como tampoco lo era, como advertía el escritor Álvaro Cunqueiro, contarle los pies al gato galaico siempre escurridizo, porque cada intento por fijar a Beiras lo desmiente o lo desplaza.

Para la memoria quedaron los dos zapatazos jrushchovianos -en 1993 y 2013- frente a los populares Fraga y Feijóo, como para sus detractores su figura de radical reconocible y carácter volcánico. Pero incluso ellos habrán de admitir que, a pesar de su lengua de bisturí, nunca renunció del todo al diálogo, acaso por una disciplina política a la antigua y que le llevó a una tregua con Fraga. "Aquello se dio porque comprendía que había uno enfrente al que escuchar, aunque no se compartieran las mismas ideas", señala Martiño Noriega a Crónica, hijo político y compañero de viaje en Anova. "Y hay algo en él, en su manera de hacer política que es cómo si leyera una partitura".

Con Fraga se enfrentó hasta el límite, en un pulso bronco y constante que solo en sus últimos compases aflojó. Hubo entonces una escena insólita cuando, tras las 40 propuestas del BNG en 2001, el veterano dirigente del PP cruzó el hemiciclo del Parlamento gallego para acercarse al escaño de Beiras y tantear una serie de reuniones con la intención de incorporar parte de ese programa al rumbo de la Xunta. "Fraga quería que yo fuera su sucesor en la Xunta porque sabía quién le rodeaba dentro del partido", manifestó en más de una ocasión Beiras.

Antes de que el tiempo le cincelara ese aire de druida celta, de ojos azules y melena plateada, Beiras fue niño en la calle del Vilar, a la sombra de la Catedral de Santiago. Su infancia atravesada por la posguerra, como el reconoció sin aspavientos a O Ferrado en 2025, tuvo algo de intemperie contenida por la red de complicidades que su padre (militante del Partido Galeguista) tejió con los últimos faros de la Generación Nós y las Irmandades da Fala. "Mis recuerdos con Otero Pedrayo son tan antiguos como mi memoria, así como con Carvalho Calero o Paco Del Riego", señalaba. En esa "burbuja" de clandestinidad luminosa -"fuera estaba el fascismo", resumía- se educó en un "privilegio" de escuela-cooperativa levantada a contracorriente donde un profesor republicano de la Institución Libre de Enseñanza aleccionaba a unos pocos rapaces.

Aunque se asomó a un París en ebullición mientras se formaba en Derecho, Ciencias Económicas y Lengua y Literatura Francesa en La Sorbona, y pisó después un Londres que ya afinaba los acordes de su inminente revolución cultural, ampliando estudios en la London School of Economics, regresó a Galicia para repensar la estructura económica de la región y evidenciar que lo suyo no era un nacionalismo de verborrea. Vió en el atraso una herencia de dependencia -"la emigración como renuncia a volver", la fuga del ahorro- y diagnosticó, influenciado por Robèrt Lafont, a una "colonia interior" a la que le extraen la savia (trabajo, energía y futuro) debido, en parte, a una pequeña burguesía convertida en "soporte local" del poder central.

La líder del BNG, Ana Pontón, saluda a Beiras en el mitin de cierre de campaña en febrero de 2024 en el Multiusos do Sar (Santiago de Compostela)

La líder del BNG, Ana Pontón, saluda a Beiras en el mitin de cierre de campaña en febrero de 2024 en el Multiusos do Sar (Santiago de Compostela)Rosa Gonzalez

Para él, como señala Noriega, "la radicalidad es un bien genuino, no acomodado" por eso, como tantos otros, en la noche larga del franquismo militó en la clandestinidad. Se midió con distintas corrientes hasta aprender, sobre todo, lo que no aceptaría: una izquierda que olvidase la "alienación" porque estarían, decía, "perdidos". Fundó su primer embrión político, el Partido Socialista Galeguista (PSG), pero no dejó de interpelar al socialismo de Estado con la misma puntería incómoda. "En el PSOE, ¿alguien se atrevería a decir que una mujer oprimida no tiene derecho a divorciarse?", señalaba, "entonces, ¿por qué un pueblo machacado, que no puede respirar, no tiene derecho a divorciarse?".

Para Beiras, la política solo tiene sentido si nace abajo. "Se hace primero en la sociedad y luego se proyecta, si no es así nace en el aire y le falta conexión". En su esquema, los partidos cumplen una función instrumental, "el puente entre la sociedad y las instituciones para vehiculizar las dinámicas que se dan en la sociedad"; cuando ese vínculo se rompe, advierte, queda "suspendido en el aire como le pasó a Podemos". De ahí su crítica a los giros tácticos y pérdida de anclaje social. "Podemos asumió la plurinacionalidad por oportunidad política", señaló, "ya renunció a mucho de lo que era, a su ideario y diseño programático iniciales, los del 15-M, las plazas, etc. No estamos ante el Podemos que hablaba de una alternativa de gran coalición de izquierdas en las elecciones de diciembre de 2015".

"Este no es un Gobierno de izquierdas. De hecho, Pablo Iglesias habla de Gobierno progresista. El progresismo es una cosa y la izquierda otra. El objetivo de la izquierda es transformar a fondo el sistema, ir a la raíz de los problemas y para ello está la vía revolucionaria o la vía de la socialdemocracia de, por ejemplo, Olof Palme", apuntaba en enero de 2020 sobre el Gobierno de coalición.

Su "particular cosmovisión" de su mundo lo convirtió en un insurrecto constante ya sea en la calle -donde fue detenido en 1982 siendo decano de la Facultad de Ciencias Económicas, durante una protesta en favor de los presos independentistas- como en el propio Parlamento de Galicia. Precisamente, en la sede de la soberanía gallega conoció de cerca las porosidades del entonces presidente gallego y "macarra", como lo describió, Feijóo. La escena más elocuente de esa tensión la protagonizó en 2013 el propio Beiras, encaramado al estrado y con la voz quebrada, exigiendo la dimisión de Feijóo por su supuesta relación con el contrabandista Marcial Dorado y reclamando respeto para las familias golpeadas por "esa peste [el narcotráfico]" que dejó una generación en blanco con más de 600 muertes por sobredosis. Aquella intensidad no cayó en saco roto ya que, en sesiones posteriores, Feijóo ironizó sobre el episodio, provocando un nuevo cara a cara con Beiras en el que, frente a frente, el de Os Peares no mostró la misma bravura. "Si Fraga resucitara le daría una hostia a Feijóo", apuntó Beiras hace tiempo.

En todos estos años, Beiras caminó entre pieles dispares, del "esquirol" Felipe González al "jacobino" Errejón, pasando por Yolanda Díaz que le abandonó en medio de un proyecto político de izquierdas para irse a Madrid a hacer carrera. Siempre ha defendido que dejará de ser nacionalista, "cuando Galicia tenga y ejerza su propia soberanía y tenga un Estado con la configuración que desea lagente, sino sería puro chovinismo". En ese empeño ha roto con los suyos, abandonado el BNG tras tres décadas, levantado siglas nuevas -AGE, Anova- y transitado alianzas fallidas, como aquella con Izquierda Unida y En Marea con la que consiguió desplazar al BNG a la cuarta posición política en 2012. Y aún así volvió de manera simbólica, en 2024, a pedir el voto para Ana Pontón e intentar lograr un Gobierno gallego a los "intereses nacionales y de clase" .

Una de las últimas estampas de Beiras lo muestra al piano en su casa de Brión. Dentro de ella, un reloj suena ruidosamente a las y media y en punto, y un druida del galleguismo sigue pensando. Afuera, un mundo volátil -"con el crecimiento de la ultraderecha", apunta Noriega- que devuelve ecos de tiempos ya vividos. Y él, todavía, como un "enfant terrible", "de espíritu y de cabeza", "con exceso de lucidez" consciente de "sus melancolías". Nueve décadas de amor a una tierra (la de Breogán), de pérdidas (también la de su compañera de vida), "de traiciones", pero "sin rencor". Noventa años de Beiras, lucero de generaciones gallegas que aún buscan un norte.