
























«Encontré gente con más códigos dentro de la cárcel que en el mundo de la política», dice Tristán Chucho Mozimán, un entrenador de rugby que ostenta el pasaporte argentino, el carné de Vox y apenas el Número de Identificación de Extranjero (NIE) aunque lleva 25 años en Santander. Es el principal asesor de la portavoz del partido en el Parlamento de Cantabria y también el pionero en España del proyecto Espartanos, que busca la reinserción social de los presos a través de «los valores del rugby». Su historia incluye tres quiebras económicas, dos décadas como profesional del deporte, una pistola en la cabeza y 300 jugadores que pasaron por su equipo del penal de El Dueso, al que va a entrenar todos los viernes desde hace ocho años.
Chucho, como lo llaman todos en Santander tras más de 20 años como jugador y entrenador del Independiente Rugby Club, se reconoce parte de una minoría en Vox. «Puede haber gente que diga que el extranjero que delinque se tiene que ir. Yo creo que cualquiera merece una segunda oportunidad si demuestra que quiere cambiar. Defiendo las segundas oportunidades, pero no las terceras. En Espartanos hubo un chico que volvió a caer en la cárcel con un delito muy feo y no lo aceptamos. Habrá mucha gente que piense que lo que hago no vale la pena», apunta. A su lado, en el bar del Centro Botín, asiente Johny, uno de los internos de El Dueso que ha formado parte del equipo y que gracias al proyecto consiguió un trabajo formal.
Chucho y Johny posan para las fotos con un balón por el centro de Santander y después llega la hora de las empanadas junto a Verónica, la esposa con la que el rugbier llegó a la capital cántabra desde Rosario en 2001. Ella pide dos, él se zampa cinco y complementa con dos alfajores, pero, desde sus 200 kilos (sí, 200), aclara que podrían haber sido una docena de cada especie.

"Los valores del rugby son los que intentó inculcarme mi madre toda la vida", dice Johny, que cumplió condena por tráfico de drogas.Nacho CuberoAraba Press
De 52 años, formó parte del éxodo argentino de la crisis de 2001 (la de los cinco presidentes en una semana). Jugaba en la liga más importante del país, pero estaba sin trabajo, entonces su agente le consiguió una oferta en Independiente. Se quedó como jugador y en 2007 pasó a ser entrenador, cargo que ejerció durante 17 años, junto a otras actividades. Primero, una empresa de construcción que reventó por los aires junto con la burbuja inmobiliaria y le dejó deudas con Hacienda. Entonces aceptó una oferta para ser portero de discotecas y terminó montando una agencia valiéndose de sus jugadores. Además, probó con una parrilla argentina. Pero ambos negocios encontraron su fin con la pandemia.
Sin embargo, la agencia de porteros-rugbiers fue la que lo llevó a la cárcel. En 2018, cuando iba a buscar la caja de recaudación a una discoteca, detectó a un hombre armado. «Me puse en medio y me dijo: "No es contigo, pero si te tengo que volar la cabeza te la vuelo"», recuerda y exhibe la imagen de la cámara de seguridad que lo muestra sacando pecho frente al delincuente armado, que luego escapó y fue detenido por la Policía.

El momento en que Mozimán fue amenazado con una pistola en la cabeza; el agresor luego formaría parte de su equipo.
«Ahí me cayó la ficha de que si este pibe hubiese conocido el deporte, no hubiera terminado así de mal con las drogas», relata con su acento, que va mezclando el tú con el vos, el giliposhas con el boludo. Se decidió a tocar los contactos que tenía en la política cántabra para replicar en El Dueso el modelo de Espartanos, que nació en Argentina y él seguía por las redes. El director de la cárcel aceptó una charla informativa y una prueba piloto.
En el primer encuentro, escoltado por dos guardias, llegó Iván, el que lo había apuntado con el arma. «Cuando me vio, me abrazó, se puso a llorar y me pidió disculpas. Nadie entendía nada, salvo el director del penal. Yo lo miré a los ojos y le pedí que me ayudara a montar el equipo. Y así fue. Iván fue uno de los 11 espartanos que empezó conmigo el martes siguiente. En el primer entrenamiento se cayó y se quebró una costilla. Pero nunca dejó de venir hasta que salió a un centro de recuperación de drogas», resume Chucho, con la segunda Coca-Cola Zero de la jornada.
Dice que lo principal para formar el equipo fue generar sentido de pertenencia: que los jugadores eligieron su nombre, sus colores «carnavalescos», su escudo y, principalmente, sus valores. «Ellos decidieron que nos iban a caracterizar el respeto, el compañerismo y la disciplina. La nobleza del rugby se da porque la gente va al contacto, pero nunca a hacer daño. Y en ocho años no tuvimos una sola pelea. Una vez se picaron un ucraniano y un español, que en otro contexto se hubieran matado a hostias, pero gracias a los valores del equipo supieron contenerse».
Más escenas tensas. En un partido fuera de la cárcel, un espartano tuvo un choque fuerte contra un rival. «Y el boludo este, que era de Madrid, se picó y despectivamente le dijo: "Vuélvete al chabolo". Pensé que lo iba a matar, porque era un marroquí muy picante y hasta yo tenía ganas de darle una hostia... Pero con la mente muy fría le pidió "respeto, que hemos venido a jugar al rugby" y no pasó nada».
Otra. Por error, le dio una camiseta que tenía una bandera de España a un condenado que había sido miembro de la banda terrorista ETA. «Me la tiró y me faltó el respeto delante de todo el equipo», relata. Tras una charla grupal, uno de sus compañeros, también ex etarra, volvió al entrenamiento siguiente con la camiseta de España «para dar un mensaje a todo el equipo». «Era para filmarlo y mostrarlo en todo el país», narra con orgullo.
A lo largo de estos ocho años, los Espartanos de El Dueso pasaron por diferentes etapas. Llegaron a tener 60 jugadores y a competir en un nivel alto, y el proyecto surgido en Buenos Aires se replicó en otras cárceles españolas. Pero recientemente el penal cántabro redujo su capacidad de 600 a 200 internos. Con menos integrantes, sigue vigente y mantiene el vínculo con empresas para ayudar a los jugadores a conseguir empleos en el mundo libre.
Ejemplos de ello son Johny, Jorge y Singa. Todos hablan de Chucho como una especie de pastor que les cambió la vida y del rugby como la religión que los encauzó. «Los valores del rugby son como los que me quiso inculcar mi madre toda la vida», define Jonathan Azcue, de 49 años. Cayó en El Dueso, en 2019, con 60 kilos y cuatro años de condena por delante. Ahora está orgulloso de su trabajo como gruista en una fábrica de hélices para barcos.
«Cobro 1.700 euros», responde. Y acepta que esa cifra la podía ganar «y también gastar» en un solo día en su trabajo previo como traficante de drogas (y adicto). Pero ahora tiene como mayor satisfacción la tranquilidad de su madre, de 72 años, con la que vive. «Yo he cometido errores, pero si ahora estoy bien es porque ella me transmitió el respeto, la humanidad, la humildad. Y gracias al rugby y a Chucho me reencontré con todo eso».
Desde Singapur habla Norizafi Bin Abdul Kadir, Singa. De 49 años, había llegado a España en los 2000 como mano de obra de una mafia china con participación en actividades como drogas y prostitución. En su tercera condena (la tercera oportunidad en la que Chucho dice que no cree) se encontró con Espartanos. «Trabajamos mucho en el respeto, por nosotros, por el rival, por el árbitro», repasa. Tenía un trabajo en Santander tras recuperar la libertad, pero recibió el llamado de la sangre.

"Singa", uno de los internos que formó parte del equipo en El Dueso.
«Mi hijo fue detenido y quise ir para que deje el delito y para ayudar a mi nieto», comenta Singa, que tiene una cuenta de Tiktok con 60 mil seguidores (en un país de seis millones de habitantes) y que, con su aspecto intimidante, está consiguiendo pequeños papeles en películas.
En León, Jorge Berzosa Castro, de 50, reconoce que, por su obesidad, nunca tuvo chances de jugar con el balón ovalado. Pero cuando desde el programa de radio de la cárcel entrevistó a Chucho, este logró ficharlo como delegado. Se encargaba de la hidratación, la ropa, la comida para los terceros tiempos y las gestiones de permisos ante el director del penal, con el que dice que ahora se llaman en cada Navidad y cumpleaños.
«Me ayudó muchísimo porque empecé a estar más activo e hice amistad con gente con la que antes no me saludaba», destaca Jorge, que cumplió una condena de 12 años por haber participado de un asesinato que una mujer cometió contra su ex pareja. Y añade: «Íbamos a los partidos fuera de la cárcel y nos trataban como si fuéramos personas, como si nos conocieran de toda la vida, sin importar lo que hubiéramos hecho. Es otro mundo, en cualquier otro lado me daban la espalda».
A ninguno de los tres espartanos les importa demasiado la política ni que el entrenador sea la mano derecha de Leticia Díaz, la figura de Vox en Cantabria. Apenas Jorge lo critica: «Creo que se volcó demasiado a la política». Chucho, en cambio, reconoce que perdió algunos contactos por su filiación al partido de Abascal.
«Pero todos los zurdos que me dejaron de saludar son españoles, no inmigrantes. Solo me pasó con un marroquí que cuando salió de la cárcel me dijo que lo había decepcionado. El resto, sobre todo los hispanoamericanos que vienen de sufrir a los zurdos, son los que más me apoyan», se jacta, con una pulserita de España apretándole cada muñeca.
Dice que conoció a Abascal por las redes y se acercó a un primer encuentro en 2015. «Y pensé: "Joder, este flaco dice lo mismo que yo pienso desde siempre". Es sentido común. Hablaban de unidad nacional, en contra del separatismo, de que la inmigración tiene que ser controlada, de los símbolos patrios... No puede ser que haya gente que se tapa la bandera por miedo a que le digan facha. Eso me parece una gilipollez. En Argentina, se puede ser de izquierda o derecha, pero la bandera la tenemos todos», explica.
De simpatizante pasó a político en 2023, cuando se sumó a la campaña de Díaz. Aunque su esposa y sus cuatro hijos tienen la ciudadanía española, él se mantiene con la tarjeta de residencia, asegura, en parte para no generar sospechas de apetito político en Vox. También dice que nunca lo maltrataron por su condición de argentino: «Al contrario, siempre lo valoraron». Pero, con oficio de portero, amenaza: «Ojo, puede haber alguno que piense diferente y no tenga los cojones de decirlo en la cara».
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