
Los poceros despiden (con seis velas a punto de apagarse) a Ra�l del Pozo
- Redacci�n: MART�N MUCHA (Texto)
- Redacci�n: CARLOS GARC�A POZO (Fotograf�as)
























Actualizado
Hemos bajado a las entra�as de Madrid. Hemos recorrido los pasadizos dantescos de la infraciudad para ver y hablar a los hombres que trabajan en la matanza de las ratas. En el fabuloso zafarrancho morir�n tres millones de ratas, que amenazan la salud de los madrile�os.
Nos hemos metido un pozo de la calle Duque de Rivas, precedidos de un equipo de poceros. El Madrid subterr�neo, habitado por topos, ratones y ratas, seiscientos cincuenta kil�metros de alcantarillado, camino de g�ngsters y fantasmas, est� poblado ahora por estos soldados desconocidos de la batalla urban�stica. Los poceros tienen la m�s desagradable tarea que tiene hombre alguno; son mineros de ciudad; crecen bajo el asfalto. Los nuevos y desconocidos flautistas de Hamelin nos preced�an con l�mparas de carburo y las linternas. El fot�grafo y yo hemos seguido, equipados con monos, cascos y botas de goma, a los m�s humildes y heroicos de los obreros. Son guerrilleros an�nimos tapados con un Madrid �op� y primaveral, que pierden el sol y el ox�geno por nosotros.
Los nuevos y desconocidos flautistas de Hamelin nos preced�an con l�mparas de carburo y las linternas
Catorce equipos se mueven en este suelo resbaladizo, sucio, maloliente, negro y angosto. Un centenar de hombres han iniciado la matanza de las ratas.
—�Cu�ntas horas est�n bajo el asfalto?
—Cuatro o cinco. Salimos de vez en cuando a respirar, como las focas. Ser�a imposible resistir abajo toda la jornada.
—�Cu�ntos kilos de raticida se han instalado en esta zona?
El que me habla es un hombre amable, que nos va guiando por las alcantarillas. �Le han echado ustedes mucho valor nos dijo-; se van a pringar.�
—Hemos puesto 430 kilos de raticida, con 1.800 cebos.
Los cebos est�n colocados en latas y amarrados a las esquinas de los alcantarillados. El raticida hace el efecto a los cinco d�as. As� que somos los primeros en ver cad�veres de ratas.
Vamos pisando las ratas muertas. Tengo el caf� con leche en la boca. Me tapo las narices. Seguimos al hombre de la linterna.
—El raticida hace efecto tard�o, con el fin de que las ratas no desconf�en. Si empiezan a ver compa�eras muertas se retiran de los cebos. De esta manera, cuando quieren darse cuenta han ca�do todas en las garras del veneno.
Han aprovechado el momento de gestaci�n de los roedores. En estas condiciones son m�s vulnerables a la agresi�n del t�xico.
—Desde el d�a 13 se han instalado 5.450 estacionamientos de cebo; unos 2.700 kilos de raticida.
Los poceros, auxiliados por dos expertos en sanidad por equipo, han dejado la muerte en latas en todas las alcantarillas de Madrid. A ambas m�rgenes del rio Manzanares, desde el Puente de los Franceses hasta el Puente de la Princesa est�n muriendo las ratas.
Uno de los poceros nos ofrece tabaco. Tenemos las manos sucias, pero es necesario fumar para olvidar d�nde estamos...
Los poceros han merodeado por los mercados, los grupos escolares, los parques de bomberos, las bibliotecas. En la Jefatura de Sanidad hay un alto estado mayor de la operaci�n. Los vecinos marcan el tel�fono y los soldados de la �operaci�n rata� se lanzan al ataque para su exterminio.
—El rat�n —me dice el hombre— es m�s dif�cil de exterminar que la rata. La labor m�s dif�cil de esta campa�a es coordinar el movimiento de los equipos, que se mueven en condiciones dif�ciles en el subsuelo. Hay que precisar con toda seguridad y detalle las rutas a seguir, los lugares de abastecimiento de material y los puntos de salida a la superficie.
La campa�a de desratizaci�n est� planteada como una batalla. Desde el estado mayor, m�dicos y t�cnicos mueven en planos el material y los soldados.
Con el barrillo que tapiza la base de las alcantarillas nuestro paseo por los subterr�neos se interrumpe por las ca�das. Tenemos porquer�a en los codos y en las manos. Para conseguir fotos de las ratas vivas tenemos que trasladarnos a alcantarillados donde a�n no se ha depositado veneno. Las ratas se deslumbran por los disparos del flash.
Para saber m�s

Uno de los poceros nos ofrece tabaco. Tenemos las manos sucias, pero es necesario fumar para olvidar d�nde estamos, para olvidar que huele de una condenada manera.
—F�jese usted, cada rata hace un perjuicio anual de 120 pesetas. Si hay casi cuatro millones de ratas, multiplique.
A algunos de los corredores —donde Madrid est� m�s deteriorado: alcantarillado antiguo por la parte Oeste— no se puede llegar o hay que llegar a gatas. En esta parte dif�cil se han estacionado, sin embargo, 2.438 estacionamientos de cebo (unos 1.500 kilos de raticida).
Le pregunto a uno de los esforzados poceros:
—�Cu�nto ganan?
—El salario normal y algo de gratificaci�n. Poca cosa para lo que es este trabajo. Bueno, ya lo est�n viendo.
Ya lo estamos viendo. Hemos bajado para esto. Otros d�as a estas mismas horas esperamos en Barajas a la �starlette� de turno. Ahora estamos con los obreros que bucean en las interioridades de la ciudad; la ciudad del sol, de las flores, de los ni�os y de los descapotables. Es como morir. Es peor que nada en el mundo. Estos son mineros sin descubrir. �Poceros con linternas y cascos, nuevos flautistas que est�is salvando a la ciudad de las ratas, vaya en este reportaje de urgencia un abrazo!
(*) Este reportaje fue originalmente publicado en �Pueblo�, el 21 de abril de 1966, en la p�gina 12
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