
























Apenas llevaba hablando treinta segundos Asha Ismail y ya me estaba arrepintiendo de haberle pedido que intentara hacer memoria para relatar lo que le hab�a ocurrido en aquella ma�ana horrible de cuando ella acababa de cumplir cinco a�os. A veces, cuando se trata de dolor, instintivamente, preferimos no saber. �Recuerdo los espacios, los olores, los colores�, explica muy pausadamente a Cr�nica y en voz baja.
La b�squeda de Asha, y de mujeres que han pasado lo de Asha, tiene su origen en un detonante tremendamente eficaz, capaz de encender todas las alarmas. En las Terceras Jornadas de Tolerancia Cero con la Mutilaci�n Genital Femenina que se acaban de celebrar en Andaluc�a, organizadas por Solidaridad Enfermera Sevilla, se ha informado de que, en el �ltimo a�o, las matronas de la capital hispalense han atendido a 70 mujeres que hab�an sido sometidas a esa violencia atroz. S�lo en Sevilla.
Otras cifras, que permiten realizar c�lculos estimativos, indican que, en Espa�a residen 80.000 mujeres procedentes de zonas en las que la mutilaci�n genital es costumbre extendida, entre ellas hay 18.500 ni�as en riesgo potencial que, como comprobaremos, en ocasiones puede no ser un riesgo tan potencial sino real.
�Recuerdo que salimos de donde viv�amos en Kenia y emprendimos viaje para visitar a mi abuela en la frontera con Etiop�a, en la ciudad de Mozale. Pasamos dos noches en la carretera. Yo iba feliz porque iba con mi madre y ten�a toda su atenci�n, e iba a ver a mi abuela. Llegamos y las mujeres se arremolinaron en torno a mi madre. '�Es ella?', preguntaban. '�Es ma�ana?'. Me sent�a muy especial porque sab�a que algo extraordinario me iba a pasar. Despu�s he podido compararlo. Era como la ilusi�n que mis hijos tienen por Papa Noel en la v�spera de Navidad�.

Asha Ismail, fundadora de la organizaci�n Save a Girl, Save a Generation. Tambi�n superviviente de la mutilaci�n genital femenina.ANTONIO HEREDIA
�Quer�a que amaneciese. Fui yo quien despert� a mi madre. 'Despierta, ya es ma�ana', le dije. Mi madre me ba�� y me puso un vestido muy cortito. Era mi gran d�a. Yo segu�a siendo feliz. Me dio unas monedas para ir a comprar a una tienda que estaba frente a la casa. Yo no llegaba al mostrador. 'Dile que te de dos cuchillas', me dijo. Le di las monedas al hombre y me dio las cuchillas. Recuerdo el envoltorio y la marca. Regres� a casa y hab�an hecho un agujero en el suelo de una de las estancias, que era de barro. Me puse nerviosa. Mi abuela me sujet� de los brazos y una mujer desconocida se puso frente a m� con mi madre detr�s. El dolor que sent� ese d�a no lo puedo describir. Sent�a el sonido de mi carne�, describe, con generosidad y con precisi�n, su brutal p�rdida de la inocencia. Cuando lo recuerda, vuelve a ser aquella ni�a a la que rompieron la felicidad.
La ni�a Asha sigui� con su vida, lleg� al instituto y se mezcl� con otras ni�as procedentes de otros lugares y con otras costumbres. Una vez, en uno de los ba�os, vio que una compa�era estaba �orinando como una vaca�. �Yo no quer�a ser como ella, pens� que yo era m�s bonita: a m� me sal�an s�lo unas gotas cada vez�.
T�cnicamente, hay cuatro grados en la aplicaci�n de la mutilaci�n genital femenina. Cada una con sus nombres. A Asha le hab�an aplicado la m�s brutal de todas, llamada infibulaci�n, en la que no s�lo se corta para eliminar, sino que despu�s se cose y se deja s�lo un peque�o agujero.
Asha Ismail tiene una foto de su madre en su cuenta de WhatsApp. Es de un d�a en el que les dio por maquillarse juntas. Por sorprendente que pueda parecer al profano en estas vidas, la adora y no le guarda rencor porque considera que ella pensaba que le estaba haciendo un bien. En las sociedades en las que las mujeres son sometidas a la mutilaci�n genital —y hay 92 pa�ses en todo el mundo, sobre todo de �frica y Asia, en los que se inflige— est� extendida la creencia de que esa pr�ctica conserva la pureza de la mujer, la garant�a de que es virgen cuando �sta ha de casarse que, por lo general, es el �nico destino que las aguarda. Nada tiene que ver con la religi�n. Lo que hacen las madres y las abuelas es garantizar un futuro para sus hijas. Es una pr�ctica machista de violencia contra la mujer �por el hecho de ser mujer�, realizada por mujeres.
Cuando Asha pari� a su hija y jur� que nunca la someter�a a una tortura semejante, su madre le record� que aquella ma�ana, con apenas cinco a�os y su cuerpecito sobre el agujero, tambi�n le dijo, con determinaci�n y lucidez, que ella nunca se lo har�a a una ni�a suya. Y despu�s se pas� la vida deseando, infructuosamente, parir s�lo varones.
Asha Ismail se vino a Espa�a porque se enamor� de un espa�ol. Colaboraba en varias entidades de acogida y empez� a darse cuenta de la cantidad de mujeres que llegaban en su misma situaci�n y de las enormes dimensiones del problema. Y en 2007 comenz� una cruzada para combatirlo. Es la fundadora de la asociaci�n Save a girl, save a generation, con sede en Madrid, integrada en la Red Nacional Libre de Mutilaci�n genital femenina que, al principio se financi� con rifas y colaboraciones, y que ahora est� en los programas europeos. Lucha contra la terminolog�a. �No es una circuncisi�n, ni una ablaci�n. Ablaci�n es un t�rmino m�dico que indica que se extirpa algo sobrante y aqu� el cl�toris no sobra�, dice. �No es una pr�ctica. El deporte se practica, la mutilaci�n es violencia. Y no podemos emplear siempre siglas como MGF porque parecen la marca de una multinacional�, precisa.
Desde hace tres a�os ha desarrollado un proyecto en Kenia que incluye una casa de acogida, el programa Cosiendo grandes sue�os, en el que se ense�a a coser a 45 mujeres y en su graduaci�n se les regala la m�quina para que puedan alcanzar una independencia econ�mica que les ayuda a liberarse de las presiones culturales. Y organiza manifestaciones como la celebrada recientemente en Nairobi en la que las chicas gritaban, con todo el dram�tico sentido del mundo, lejos de frivolidades, ��libera tu cl�toris!�. �Quiero que mis nietas puedan decir con seguridad: estas son cosas del tiempo de mi abuela�, explica.
Su empe�o tambi�n es formar para que las propias v�ctimas, las mujeres, transformadas en supervivientes y activistas sean capaces de orientar desde los �mbitos social, educativo y sanitario, a los profesionales de estas �reas.
Sulekha Ismail es otra de esas supervivientes. Tuvo que salir de Somalia para escapar de una vida de violencia que descarta detallar porque, aunque es una mujer libre y reivindica este logro con orgullo, tambi�n tiene una familia. Siete hijos a los que ha sacado adelante trabajando como fuera desde que lleg� a Espa�a. Varios de ellos universitarios y uno que le hace la comida mientras ella regresa a su casa en Parla.

Sulekha Ismail, tambi�n superviviente, madre de siete hijos, el jueves en Madrid.ANTONIO HEREDIA
�Soy una campeona, soy una luchadora y una mujer fuerte, con poder, el poder de poder decidir�, afirma con una dulzura sorprendente y saboreando la felicidad de haber conseguido que sus hijas vivan en un lugar donde pueden vivir libremente y donde siempre se ha sentido respetada.
Su relato no es menos terror�fico. En su caso, comparti� aquellos momentos, en 1970, con un grupo de ni�as que se preguntaban por qu� la peque�a que las hab�a precedido lloraba desesperada. �Ella ya sab�a lo que estaba ocurriendo. No le hab�an hecho bien la intervenci�n y ten�an que repetir�, recuerda. Probablemente por eso, su propia madre instaba a la mujer que practicaba la mutilaci�n a que cortara m�s para que todo quedase perfecto. �Cose bien�, a�ad�a. Ella vio c�mo su padre se resist�a, pero acab� march�ndose sin salvarla al fin. Sulekha, con sabidur�a, precisa: �Es violencia no s�lo de mujeres contra mujeres sino contra ni�as�. Es perverso.
Sulekha est� convencida de que la informaci�n es la salvaci�n. �Gente formada ha de salir a explicar lo que ocurre en la radio, en la televisi�n, en las universidades, porque esa gente es escuchada�, dice pensando en si su pr�ximo proyecto, a sus 60 a�os de suave vitalidad, puede ser el de coger el petate y plantarse en Mogadiscio para hacer campa�a. Sulekha se duele de que la comunidad internacional, de que la comunidad m�dica, les desamparase y obviase, no s�lo la crueldad, sino la peligrosidad de unas intervenciones que dejan lastrada la salud de las mujeres para siempre.
�Los m�dicos, que informaban de la necesidad de ponerse vacunas para combatir enfermedades, no explicaban lo mala que era la mutilaci�n femenina. �Por qu� les pareci� l�gico ordenar que en Nigeria dejaran de sacrificar gente para que lloviese y nadie se�al� esa mutilaci�n como algo malo?�, se pregunta.
Hay una cuesti�n que Cr�nica ha planteado a todas las organizaciones con las que se ha puesto en contacto y que tiene que ver con la posibilidad de que la mutilaci�n genital femenina se pueda estar realizando en suelo espa�ol por demanda clandestina de quienes arrastran esa costumbre desde sus pa�ses de origen. Aparte de que est� perseguida por ley, a nadie le consta. A diferencia de Francia o Irlanda o EEUU donde se han detectado casos, en Espa�a no hay constancia. Es s�lo que Sulekha desliza una sospecha. �Van de vacaciones y vuelven... o hay mujeres que tienen ni�as peque�as y desaparecen por miedo a ir a la c�rcel�, se�ala vagamente.
Y en este punto, el testimonio de Marguerite, resulta quiz�s m�s terrible que los anteriores, si eso fuera posible, porque ella pudo burlar ese destino, pero no tuvo la fortuna. Marguerite naci� en la maternidad de Santa Cristina en Madrid hace 40 a�os y siempre pens� que ten�a una suerte enorme por poder disfrutar de su cultura y de la de sus padres. Estudiante en el Liceo franc�s, todos los veranos la familia marchaba al pa�s de origen paterno, una ex colonia en �frica.
Marguerite Ido, a diferencia de Asha y Sulekha, no pod�a aferrarse al hecho de que todas las ni�as a su alrededor hab�an pasado por lo mismo. Ella era madrile�a. Quiz�s por eso, su �nica forma de sobrevivir fue la de bloquear sus recuerdos. �El cerebro es muy sabio y mi mente lo borr�, explica. Durante a�os se resisti� a asistir a las citas con su ginec�loga sin saber por qu�. �No vayas�, le dec�a una voz interior. Hasta que, con 33 a�os, se atrevi�. �La primera doctora llam� a una segunda y auna tercera que, sin mirarme, comentaban, '�pero qu� crueldad es esta?' Fue humillante. Y fue en ese momento cuando me vinieron a la mente, vagamente, im�genes de sangre de cuando yo ten�a seis a�os. Pregunt� despu�s a mis familiares por qu� me hab�an llevado hasta aquel pa�s para hacerme aquello y qu� sentido ten�a cortar a las ni�as, pero no tuvimos esa conversaci�n. S�lo la mera pregunta se consideraba una falta de respeto�.
Una mediadora intercultural, Hodan, le tuvo que contar causas y consecuencias y encendi� en ella la necesidad de trabajar contra una violencia para la que no halla explicaci�n. �Le agradezco a ella, a M�dicos del Mundo y a Safe lo que han hecho por m��, perfila, consciente de lo impotente y pedida que se sentir�a sin su orientaci�n.
M�s adelante, Marguerite, militante, superviviente, pudo alcanzar un gran triunfo particular. Uno de sus familiares se estaba viendo presionado por el abuelo para que sometiese a una de sus hijas a la mutilaci�n. El abuelo era el jefe del pueblo y no quer�a quedar en evidencia ni contravenir la costumbre. �Cuando se casan las j�venes, a veces ni�as que se est�n viendo sometidas a matrimonios forzosos —otra forma de violencia—, esa es una forma de dote�, aclara.
Ella le mand� fotos, le explic� el da�o que le iba a hacer a la ni�a, tard� mes y medio en hacerle ver que tanto sufrimiento no compensaba el repudio social. �Lo convenc� y en ese pueblo no se ha vuelto a mutilar a m�s ni�as�, dice sin darle importancia.
Resulta curioso constatar c�mo, de distintos modos, las tres mujeres han desarrollado reticencias hacia la maternidad. Bien porque s�lo quisieran chicos, bien porque, su maternidad no fue elegida, bien porque han renunciado.
Asha Ismail fue una de las personas que intervino en las Jornadas que levantaron la liebre con esa cifra de 70 mujeres detectadas en un a�o en la capital hispalense que ha llamado la atenci�n. Su organizadora, la matrona Vanessa Mata, coordinadora de Solidaridad Enfermera Sevilla, lucha para que �el propio sistema p�blico pueda ofrecer una valoraci�n completa de la salud de estas mujeres, registrarla en su historia cl�nica y coordinar la atenci�n con el resto de del equipo sanitario�. Ha creado una aplicaci�n que permite cruzar datos con, por ejemplo, Guillermo Vel�zquez, un voluntario de M�dicos del Mundo que, desde 2021, en su oficina bajo el puente de El Cachorro, lleva la contabilidad de lo que ocurre en Sevilla.
Empez� �l solo con una camilla ginecol�gica desechada y ahora son seis m�dicos que se esfuerzan en no realizar gestos o comentarios de espanto como los que ofendieron a Marguerite. Aplican en sus informes el Protocolo de Estambul recogiendo la trayectoria sufrida por todas esas mujeres para conseguirles el asilo. Sus archivos recogen 7 mujeres tratadas en 2021, 7 en 2022, 13 en 2023, 51 en 2024 y 73 en 2025. En total, 151 procedentes de 10 pa�ses, con Mali a la cabeza de las estad�sticas. Es dif�cil centrar las cifras en Espa�a. Brutales en cualquier caso. Sobre una violencia inconcebible.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。