
























El hombre se acercó tan lentamente como le dejaba la rabia y puso su rostro a unos 15 centímetros del rostro de la reportera. Tendría más de 50 años, una nariz algo aguileña y prominente, la piel curtida como corresponde a un ganadero entre animales de sol a sol, el pelo canoso y muy corto, una enorme hilera de dientes y el cuerpo fibroso. «Si quieres la paz, ¡¡¡fuera de aquí!!!», dijo en francés sin gritar, pero con contundencia, en tono alto, repetidamente. «Si quieres la paz, ¡fuera!», soltó llevándose por delante cualquier concepto sobre derechos y libertades. A un par de metros, permanecía su mujer, la alcaldesa, y unos cuantos vecinos, incluidas sus hijas, que rápidamente habían configurado una barrera de una hostilidad ciega, en plena carretera, que estaba a unos milímetros de volverse físicamente violenta. «¡Fuera!, ¡fascista!, ¡kanpora!», gritaban con una determinación absurda que, de no haber sido fruto de la intransigencia, hubiese resultado cómica. Todo esto ocurre el miércoles en Lexantzü-Lünharre, el lugar en el que acaba de saberse que el próximo día 15 tomará posesión como alcalde el ahora concejal Egoitz Urrutikoetxea, el hijo del dirigente de ETA Josu Ternera, condenado por su relación con la banda terrorista y exonerado después por los jueces franceses. Lexantzü se ha convertido, como en los cómics de Asterix, en la aldea gala de Egoitz, una burbuja que, en pleno siglo XXI, permanece ajena a cualquier cosa que no sea la imposición del pensamiento único.
El reloj de la iglesia marca las doce. A la llegada, un cartel en una bifurcación indica que el destino se sitúa a un centenar de metros a la derecha. Los nombres de los dos pueblos vienen duplicados pero la versión francesa (Lichans-Sunhar) ha sido tachada con una intensa pintura negra para que sólo se pueda leer el topónimo en euskera. Al fin y al cabo, la aldea de casas dispersas que albergan a unos 70 habitantes, según cuenta la propia población local, está ubicada en lo que la izquierda abertzale lleva décadas denominando Iparralde o Euskadi Norte, que, por el momento, no es más que el sur de la República francesa, extremadamente más tacaña en la concesión de las distintas versiones del autogobierno que el Estado español. Eso no impide que los abertzales utilicen la pintura negra para marcar territorio dibujando con ella el frustrado alcance de sus ensoñaciones sobre una Euskal Herria independiente a los dos lados de la frontera.
El muro imponente de los Pirineos separa los pueblos franceses del Roncal majestuoso. Ese miércoles, el sol confiere carácter de belleza inasible a las cumbres nevadas. Las carreteras despejadas ascienden como recién asfaltadas hasta lo alto de Pierre St Martin y después se desploman con rapidez transformadas en caminos mínimos e irregulares hacia los valles galos.

Las banderas palestinas cuelgan de las casas de la aldea donde Egoitz Urrutikoetxea va a ser alcalde.Leire MartínÁraba Press
Ya en el pueblo, a los pies del pequeño templo de piedra gris, se observa una estampa encantadora de puro bucólica. Un grupo de amigos en torno a una mesa se dispone a comer. En un lateral del patio, dos o tres palmeras se yerguen por sorpresa a contraclima. Una pareja se levantará para preguntar a los forasteros qué quieren. Derrochan amabilidad. «Ah, claro, Egoitz Urrutikoetxea», dirá él. «Es nuestro vecino y amigo». Se acerca a llamar a la puerta por si la familia estuviera en casa, pero, tal como preludia la ausencia de vehículos en la entrada, en el domicilio no hay nadie. Una bandera de Palestina, como en otras construcciones, cuelga de una de las ventanas. «Estará en la sede de Seaska... ¿Qué cómo es él como concejal?», repite la mujer en español con un acento marcadamente argentino, «es una persona que infunde confianza plena, una persona informada, que cohesiona a los vecinos y dinamiza mucho el pueblo con sus actividades culturales». «Pero antes de seguir hablando de él, ¿qué tal si te lo pongo al teléfono?», se ofrecerá el marido. Periodista y fotógrafo se han identificado y han informado de que trabajan para EL MUNDO. El hombre se aleja unos segundos. A su regreso, la transformación es brutal y repentina. «¿Le votan por sus ideas o por su gestión?», preguntaba en esos momentos la periodista a la mujer. «¡No vamos a decir nada más, si él no quiere yo no voy a contar nada, y él no quiere! Deja de hablarle. Y voy a avisar al resto del pueblo para que no hable con vosotros», informa el hombre notoriamente molesto, «allez, allez...»
En el lado opuesto de la calle, una mujer sale de su casa medio movida por la curiosidad, medio interpelada por las necesidades del ganado que pasta en el edificio adjunto. Es un pueblo ganadero este, unas vacas rubias toman el sol en los cercados próximos y casi todas las casas tienen un establo. «Soy la alcaldesa actual. ¿Pero qué es lo que les interesa de Egoitz? Es fantástico, vive con nosotros... Todos tenemos un padre. Y sí, somos de las mismas ideas que él», dice sin escuchar siquiera las preguntas e invitando a los forasteros a marcharse.
Las ideas. Egoitz Urrutikoetxea es allí concejal por EH Bai, que es el trasunto de EH Bildu. En Lichans no todos son de EH Bai, pero los lugareños explican que son tan pocos que a duras penas pueden completar una sola lista, de modo que desisten de presentar una por partido; y los de EH Bai son los más organizados y, como se verá, son una mayoría intensa. Al igual que Bildu, su objetivo es la unificación de una Euskal Herría independiente, consideran el euskera como elemento de cohesión del país y están en la batalla por la salida de los pocos reclusos de ETA aún en prisión.
Urrutikoetxea cumple con la ortodoxia abertzale en todo, y también en sus ocupaciones. Todas las mañanas sale hacia la sede de Seaska; es director pedagógico adjunto de la Federación de ikastolas del País Vasco francés, una institución nacida para fomentar en los niños la cultura euskaldún y que cuenta con 4.000 alumnos.Tiene aspiraciones privadas para desvincularse del centralismo galo pero, ante la imposibilidad de financiarse, recibe subvenciones y profesorado del gobierno francés, que sólo aprueba los exámenes si se escriben en la lengua oficial.
Un peldaño por encima de Egoitz en Seaska está su director, Hur Gorostiaga, ex periodista en el Egunkaria de la hoy diputada por EH Bildu Mertxe Aizpurúa, e hijo de Koldo Gorostiaga, ex diputado del Parlamento europeo por Euskal Herritarrok. Egoitz trabajó como asistente suyo. A su vez, Gorostiaga padre se dejó la piel buscando apoyos entre los partidos europeos para la negociación entre el Gobierno de Zapatero y ETA, en la que Ternera, entonces huido de la Justicia, fue protagonista. Nepobabys endogámicos en las dinastías abertzales.

Egoitz Urrutikoetxea y su padre 'Josu Ternera', después de que este saliese de prisión.EFE
La actividad política de Egoitz Urrutikoetxea en el pueblo le capacita para ser también su representante en la Mancomunidad de Iparralde, el organismo con aspiraciones autonómicas que gestiona algunas competencias.
De forma casi inevitable, el hijo de Josu Ternera creció a la sombra de su tristemente famoso padre, dirigente de ETA en una de las épocas más sangrientas de la organización, y, de diferentes modos, presente hasta el final. El nuevo alcalde, nacido en Bayona en el año que murió Franco, empezó su trayectoria claramente a favor de la banda, aunque al final adoptara una actitud calculadamente sinuosa.
En su juventud fue dirigente de Gazteriak, el semillero francés de ETA. Fue condenado por haber infligido daños a varias propiedades de agentes policiales con material incendiario y por agredir a un policía en una manifestación en favor de los presos, motivo por el cual pasó cinco meses en prisión. Entró a formar parte de la Mesa Nacional de Batasuna como coordinador de Lapurdi, una de las siete provincias de Euskal Herría y, en otoño de 2003, se le dio por huido de la Justicia. Tendría que ser juzgado en rebeldía en dos ocasiones y condenado por pertenecer a ETA y por haber alquilado con documentación falsa un piso en Vichy con el fin de cobijar a varios terroristas.
Su desaparición coincidió con la huida de su padre, parlamentario y miembro de la comisión de Derechos Humanos de la Cámara vasca hasta que el Tribunal Supremo le quiso juzgar por ser el jefe de ETA que ordenó colocar el coche bomba que mató a 11 personas, entre ellas ocho niños, en el cuartel de la Guardia civil de Zaragoza. A partir de ahí, sus trayectorias se cruzaron en varias ocasiones y esto se supo porque alguna de las veces en las que Ternera estuvo a punto de ser cazado, los investigadores dijeron haber encontrado rastros de la presencia de Egoitz en las casas clandestinas.
Cuando fue detenido en 2015, el Gobierno de Rajoy quiso difundir que iba a ser ascendido a jefe de ETA pero no era cierto. Había estado cobrando el paro, vivía en los suburbios de París y estudiaba en la universidad con su nombre real. Ya con él presente, fue juzgado por lo del piso alquilado para ETA y el tribunal no se creyó que su objetivo fuese dar cobertura a los etarras, encabezados por su padre, que preparaban las negociaciones con el Gobierno para el fin del terrorismo. Fue condenado pero exonerado porque había pasado mucho tiempo y se había reinsertado. En ese juicio aseguró que nunca había sido de ETA, que nunca huyó y que ETA había «desnaturalizado» reivindicaciones legítimas. Casualmente, a esas alturas ETA había sido derrotada operativamente y llevaba dos años disuelta. Egoitz, que siempre ha defendido que el atentado de la T-4, en plena negociación, constituyó una línea roja para su padre no explicó si, cuando hablaba de «desnaturalizar», se refería a todos los atentados o sólo a los perpetrados tras 2006.
La defensa que siempre hizo de su padre puede aclarar las cosas. Cuando éste fue detenido en 2019, Egoitz se descolgó con una exhibición de victimismo que pretendía librarle de las consecuencias «Durante mucho tiempo tuvimos que ignorar la verbalización de nuestros sentimientos, el impacto emocional del conflicto», dijo obviando que los etarras eran los asesinos y el impacto lo habían recibido las víctimas, «hoy nos encontramos atrapados en el pasado y, por política, se sigue pasando por alto lo sensible. Hay que tener en cuenta al ser humano, al militante y mirar hacia el futuro». Y después se alegró de que sus hijas iban a poder ya visitar a su abuelo.
Antes de enrolarse en su particular y reconfortante brigada antifascista, los vecinos de Lichans aseguraron que a Ternera, hoy confinado en otro departamento, no se le ha visto por allí. Tras el incómodo encuentro con la pareja y la alcaldesa, otro ganadero, en la otra punta de la aldea, accede a participar en el reportaje y acaba preguntando retóricamente: «¿Pero quién dice que Ternera es un terrorista?».
De regreso a la iglesia, el grupo ha crecido engorilado. Dos jóvenes golpean cazuelas nuevas y se apoyan en un bastón. «En Argentina llamamos ñoquis a los que realizan un trabajo vergonzoso e indigno», dice la mujer. «Nosotros no hablamos con fascistas», repetirá su marido en bucle.
—Yo, sin embargo, quiero saber lo que ustedes piensan.
«¡Txakurras!», gritará uno desde su casa. Txakurra, perro, es lo que ETA llamaba a los policías o periodistas cuando apuntaba para matarlos.
Los vecinos (también Urrutikoetxea) podían haber detallado la gran gestión de su amigo. Podían haber explicado templadamente que no tiene deudas con la ley y que no es responsable de lo que hizo su padre. Probablemente, se les hubiera repreguntado. Lo democráticamente saludable. Pero la suya es otra historia.
El grupo sigue gritando. El marido de la alcaldesa se acerca. Ella graba todo con su móvil porque dice que, como alcaldesa, también tiene funciones de policía y le da la gana grabar. «Si quieres la paz, fuera de aquí», dice él. En ese punto habíamos dejado el relato. La periodista sonríe bobamente y finge no saber francés: «Perdona, no te entiendo». El hombre balbucea. «La paix, la pix, la pace», se desarma pidiendo una traducción al resto. Quizás piensa que no se puede ser agresivamente eficaz si el objetivo no se entera. Un punto tragico. Un punto cómico. Francia, 2026.
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