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Crónica

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Cristina y Darya viven en rascacielos... ¿por qué la mayo...
Angélica ReinosaTexto Sergio Enríquez-NistalFotografías TextoFot · 2026-05-06 · via Crónica

Ellas no se conocen, pero tienen varias cosas en común. Ambas coinciden en el primer apellido (García) sin ser familia, conviven con mascotas y disfrutan de unos hogares de «lujo» sin ser millonarias. No es que residan en una mansión o en un piso de cientos de metros cuadrados. Sus viviendas son más bien pequeñas: 50 m² para Darya, su marido, su hija adolescente y su perrita Ginebra; 70 m² para Cristina y sus dos perros, Berlín y Lua. Pero los metros que les faltan se expanden en un horizonte infinito a través de sus ventanas. «Veo amanecer todos los días», presume Cristina desde la planta 15. «Lo mejor que tengo son los atardeceres», alardea Darya desde la planta 16 de otro edificio en Madrid.

Son pocos los afortunados que pueden gozar de impresionantes vistas desde sus casas en España, con excepciones como Benidorm, una de las ciudades con mayor concentración de altas torres del mundo. En urbes como Madrid, donde predominan los edificios de altura media o baja, el paisaje urbano da la impresión de estar aplastado si se compara con otras capitales internacionales.

Sin embargo, esta configuración responde a un modelo de planificación urbana que ha priorizado la expansión horizontal frente al crecimiento vertical, en función de factores históricos, económicos y sociales, así como de las necesidades habitacionales de cada momento. Ahora, ante la creciente demanda de vivienda, tanto el Ayuntamiento como la Comunidad de Madrid han anunciado nuevos proyectos de densificación de determinadas zonas residenciales, lo que implicaría un mejor aprovechamiento del suelo disponible... y la construcción de edificios de mayor altura.

Allí donde la normativa lo ha permitido, ya se han construido rascacielos o, al menos, edificios de más de 10 plantas. Es el caso de Darya García Píriz, madrileña de 43 años, que vive en un bloque residencial de 23 alturas, ubicado en el barrio Castillejos del distrito Tetuán, cerca del estadio Santiago Bernabéu. Allí residen 400 vecinos. Lleva siete años pagando más de 1.000 euros de alquiler por disfrutar de las vistas, de sus dos habitaciones, un baño y una cocina compartida con el salón. Unos pocos 50 m² bien aprovechados con un buen gusto en la decoración.

Igual de hermosamente decorado está el piso de Cristina García Ezquerro, nacida en San Sebastián hace 52 años. Su bloque se encuentra en el barrio de Argüelles, distrito Moncloa-Aravaca, cerca de la Plaza de España y a pocos metros de Gran Vía. A lo largo de 17 plantas se distribuyen 425 apartamentos. El de Cristina reparte sus 72 m² en dos dormitorios, un salón, un baño y una cocina. Paga alrededor de 1.500 euros de renta. Antes vivió en la quinta planta de la misma torre. «Daba a un patio y estuve allí confinada durante la pandemia; después me mudé a esta casa. Cuando entré y vi la claridad, ni lo pensé».

Entre los puntos negativos de vivir en un edificio tan alto, las protagonistas de este reportaje mencionan lo mismo: tener que subir las escaleras cuando fallan los ascensores. «En hora punta es complicado subir o bajar», asevera Darya. Pero para ser justos, al tener hasta seis ascensores, es casi imposible que todos se estropeen a la vez. Aquello sólo les ha ocurrido una vez, el día del apagón. «Hicimos pierna y glúteo. Le subimos la comida a la gente mayor, había gente que venía con carritos y tuvieron que dejarlos abajo y coger a los niños a pulso», relata la madrileña.

"NO CONOZCO CASI A NADIE DE MI EDIFICIO"

Entre las desventajas de sus hogares mencionan el ruido. Desmienten que la altura lo anule, sobre todo en las zonas tan animadas y recurrentes en las que se encuentran. Otro punto en contra —aunque para algunos sería a favor— es el no conocer a todos los centenares de personas con las que se comparte finca. «Hay vecinos con los que te cruzas y ni te saludas... Cada uno va a su rollo», cuenta Darya, y Cristina concuerda: «Conozco a algunos, pero somos todos muy discretos. No conozco casi a nadie de mi edificio, y si los conozco es porque los he conocido de fiesta y nos damos cuenta de que somos vecinos». Ambas agradecen, eso sí, su buena relación con los vecinos de su mismo pasillo.

Las ventajas están claras: una escena paisajística que es la decoración principal de sus viviendas. «Son más horas de claridad y gastamos menos en luz, además la ventilación es maravillosa», dice sonriente Darya, trabajadora de una multinacional americana dedicada al sector dental y estudiante de Nutrición enfocada en niños con autismo. Eso mismo destaca Cristina, modelo, empresaria y profesora de alemán. «A veces tengo que estar en casa con gafas por todo el sol que da en la mañana», asegura.

CASAS ALINEADAS Y SIN TAPARSE LA LUZ SOLAR

¿Qué impide que haya vecinos tan felices como Cristina y Darya? «No tenemos uniformidad de alturas porque sí, ni porque nos guste, sino fundamentalmente porque la normativa lo promueve», señala José María Ezquiaga, arquitecto, urbanista y sociólogo, que aprovecha para dar un vistazo al pasado. «El modelo urbano histórico en Madrid ha sido un crecimiento en mancha de aceite, en primer lugar, en torno al casco histórico», explica. Ese desarrollo ha estado condicionado por las ordenanzas de la ciudad. «Casi desde el Siglo de Oro se tenía en cuenta que la construcción de edificios no significara obstrucción solar». De esta manera, «el arquitecto mayor de la ciudad vigilaba que, en las calles, las casas estuvieran alineadas y que las casas vecinas no quitaran luz».

Por entonces se seguía el modelo parisino, en el que la altura de los edificios se configuraba en función del ancho de la calle. La normativa garantizaba así cierta uniformidad en la disposición de las viviendas. Europa se caracteriza por sus edificaciones de mayor tamaño, pues a finales del siglo XIX cuando se empezaba a construir más, las ciudades ya estaban consolidadas. Tras la Segunda Guerra Mundial, el continente optó por reconstruir de forma fiel a la versión original. Además, no había tanta necesidad de alojar a las personas en grandes ciudades. Esto explica por qué hay menos rascacielos residenciales en Europa que en América o Asia.

Cristina García, empresaria y modelo, en su vivienda cerca de la Plaza España, en Madrid.

Cristina García, empresaria y modelo, en su vivienda cerca de la Plaza España, en Madrid.

El profesor y sociólogo urbano Juan Andrés Walliser menciona que otra de las razones por las que históricamente se construyeron edificios de baja altura fue la limitación de los ascensores. A partir de los 70, cuando ya se incorporan, «implica que, en las grandes ciudades españolas (como Barcelona, Madrid o Valencia) y en sus áreas metropolitanas, se empiecen a construir más pisos en altura, de 8 o 10 plantas, y en lo que se llama manzana abierta».

Hacia finales de los 90, en la Comunidad de Madrid se preveía una extensión urbana de baja densidad y la normativa se ajustó a esa idea. El Plan General de Ordenación Urbana de Madrid (PGOUM) de 1997 establece un sistema de normas que regula tanto los usos del suelo como el tamaño de las edificaciones. Limita así la altura en función del ancho de la calle y de la edificabilidad permitida, lo que se traduce en edificios de entre cinco y ocho plantas.

Este sistema impide, en numerosos casos, la construcción de grandes torres residenciales incluso cuando el tamaño de la parcela lo permite. Todo ello con el fin de impedir que se rompa la imagen urbana de la ciudad y evitar un efecto muralla que limite la luz y la ventilación. «Esa normativa hace que haya más consumo de suelo, menor densidad y muchísimo más despliegue de servicios y de infraestructuras», según indica Walliser.

DUPLICAR LA OFERTA DE VIVIENDAS

El Plan Estratégico Municipal de Madrid (PEM), según señalan desde el área de Urbanismo del Ayuntamiento, busca sustituir al PGOUM para así duplicar el número de viviendas. «Existen 3.380 hectáreas de sectores de desarrollo en el sureste de Madrid en fases de gestión o urbanización con densidades alrededor de las 35 viviendas por hectárea que podrían repensarse bajo una lógica de ciudad compacta con densidades en torno a las 70 viviendas por hectárea», indica Borja Carabante, delegado de Urbanismo. «El PEM flexibiliza la normativa urbanística, pero cada actuación que se pudiera ejecutar tendría que desarrollarse posteriormente con todo lo que supone», aclara.

Desde Urbanismo aseguran que también han detectado oportunidades de mejora en algunos espacios de viviendas existentes. «Dentro del suelo urbano consolidado residencial, pese a que la capacidad de densificación es menor, se podrían adoptar estrategias de mejora de escala más reducida que combinaran la regeneración urbana con el incremento de la capacidad de vivienda, especialmente en zonas de alta edificabilidad remanente, baja densidad de conjunto y baja calidad de las viviendas», desarrolla Carabante. «Si Madrid tiene el 98% de su suelo consolidado, tenemos que crecer hacia afuera, pero también intensificando las viviendas, o generando operaciones de transformación que permitan intensificar el uso residencial», continúa.

Ezquiaga sostiene que el nuevo proyecto estratégico de la capital podría ayudar a paliar la demanda de viviendas. «Pero hay que cambiar los planes que, en general en la Comunidad de Madrid, son muy antiguos y fueron hechos con una mentalidad de baja densidad». El arquitecto aclara que incrementar la densidad no consiste sólo en aumentar la altura. «La densidad fundamentalmente se alcanza con la continuidad de los edificios, rellenando solares o descampados y ocupando suelos públicos no utilizados. Eventualmente, permitiendo más alturas o más ocupación de la parcela ya existente, pero eso tiene que hacerse siempre con cautela, porque puede deteriorar la calidad de ese espacio».

MAYOR DENSIFICACIÓN Y EDIFICABILIDAD

En este punto coincide el sociólogo Walliser. «El avance del plan estratégico de Madrid habla de mayor densificación y edificabilidad. Esto no quiere decir que se vayan a construir rascacielos; aunque sí se plantean elevar dos o tres alturas algunos edificios... También se está hablando de diversificar, de tener un mayor aprovechamiento del suelo en las ciudades más densas, pero bien densificadas».

El Ayuntamiento de Madrid reconoce que esa sería una gestión viable, aunque complicada. En esta línea, Ezquiaga señala que «al modelo de ensanche no se le pueden añadir más plantas sin que haya una merma de la calidad habitacional, porque la mayor parte de los inmuebles tienen patios de luces». Asimismo, advierte que «no siempre las viviendas están preparadas para soportar un levante, que así se llama cuando añades pisos», ya que, «pueden una estructura antigua, que no sea ni metálica, ni de hormigón y que, por tanto, limite su crecimiento en altura... So pena que pensáramos que se puede demoler entera una manzana». Esto último el arquitecto lo considera «inimaginable» porque la ganancia no merecería la pena.

Ambos sociólogos coinciden en la importancia de que las zonas residenciales cuenten con condiciones que faciliten la vida de sus vecinos. «Deben tener accesibilidad, buenos sistemas de transportes, que unos edificios no perjudiquen a otros, que no haya sombreamientos o insolaciones, que estén bien orientados y ventilados», describe Walliser. A su vez, enfatiza la necesidad de «un tejido comercial que proporcione no sólo la capacidad de comprar sino de socializar, de tener calles vivas que tengan un uso peatonal». Ezquiaga propone, además, «viviendas de distintos tamaños para que realmente pueda llegar a la gente y a los distintos tipos de familias que existen».

Darya y Cristina valoran que en el futuro exista una mayor oferta de edificios con más plantas. Al parecer, una vez que descubres las alturas, ya es difícil descender de ellas. «No le veo ninguna desventaja a vivir tan alto; al contrario, si pudiera vivir más alto todavía, lo haría. Es tan bonito esto que no quiero otra cosa», afirma Cristina mientras aprecia, con ojos brillantes, la ciudad desde su ventana. Madrid, sin embargo, sigue creciendo más hacia los lados que hacia el cielo. Y, por ahora, vivir entre nubes seguirá siendo una excepción.