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Eric Clapton acaba su esperado concierto antes de lo prev...
@Paulhewsonrm / EL MUNDO · 2026-05-08 · via Cultura

A sus 81 años, sigue siendo el Dios de la guitarra. Han pasado más de cinco décadas desde que Badge, del legendario grupo Cream, llegó a oídos del público. Eric Clapton tenía entonces 24 años, una Gibson y un recorrido por distintas bandas que más tarde le daría el beneplácito para caminar por su cuenta.

Por su condición de pieza imprescindible de la historia del rock, por el virtuosismo de su guitarra o quizá por el lugar especial que ocupa al haber sido coescrita junto a George Harrison, Badge abrió la noche del 7 de mayo en la primera fecha española de la gira europea de Clapton. Una puesta en escena poco artificiosa y sin aires de grandilocuencia acogieron a la estrella del rock. Él, su banda y sus instrumentos. Luces apagadas, una reverencia a su público y un solo de Fender. Eric Clapton sobre el escenario y la noche se hizo blues.

Era de esperar que, una vez más, el acceso al recinto volviera a estar prohibido para los fotoperiodistas, algo que tantísimo se estila últimamente entre los gigantes de la música. Así que quienes mejor saben traducir melodías en imágenes se quedaron fuera. Y el relato, claro, ... es el que es.

Durante la velada -ataviado con camisa y americana, porque el rock, se ve, también viste de traje- el precursor del blues-rock que redefinió el sonido de la guitarra eléctrica conquistó la capital tras más de 20 años sin actuar en España. Lo hizo en un Movistar Arena lleno hasta la bandera, con un espectáculo de poco más de una hora y un repertorio que atravesó épocas, estilos y mares de nostalgia. La del jueves fue una noche que se desenvolvió raudamente, sin apenas respiro entre los temas, sin una sola palabra dicha y que, tal vez, cerró el telón antes de lo previsto por un desafortunado vinilo lanzado desde el público que impactó en el pecho del artista.

Concierto de Eric Clapton en el Movistar Arena de Madrid

Concierto de Eric Clapton en el Movistar Arena de Madrid.Pedro Ramos

De Badge a Key to Highway. Con esa intro de guitarra que se extiende, y se extiende. Y se extiende. Que araña el aire (¿o más bien lo baila?) y que hizo en tiempos setenteros de puente entre esa devoción absoluta tan suya por el blues tradicional y su posterior carrera como icono del blues-rock. Little Queen of Spadesofreció hacia el final de la noche una rendija a sus raíces más blueseras, terreno donde se hizo más que evidente que el británico se mueve en el gozo más puro. Un vistazo a esa expresión de éxtasis con cada solo de guitarra y lo sabes: ese es su mundo. Su rendición de Hoochie Coochie Man, del padre del blues moderno Muddy Waters, se elevó como uno de los temas más sensuales de la noche. Blues, blues, blues por los poros.

Slowhand, le llamaba Giorgio Gomelsky, manager de Yardbirds, allá cuando a mediados de los 60, era dorada del rock, Clapton formaba parte del grupo. Un mote irónico que hacía referencia a aquel aplauso burlón y ralentizado que el público británico solía ofrecerle mientras, sobre el escenario, se disponía a cambiar las cuerdas de las guitarras a las que mataba de amor, blues y rock n'roll. Un apodo que acabó calando hasta convertirse prácticamente en su alias artístico. De slow sus manos tenían más bien poco. Y mucho slow todavía les sigue faltando. Ni tiempo ni edad ni extenuación pueden con una leyenda del rock, y de eso precisamente alardeó el británico sobre el escenario. Un Alarde. Con mayúscula bien puesta. Unas manos mágicas, magníficas, magistrales que dominaron las cuerdas de dos guitarras que cobraron vida propia.

Tras una buena dosis de caricias, la Fender fue sustituida durante unos cuantos temas por una acústica. Con Nobody knows when you're downand outcoronándose como una de las joyas del set acústico de la noche. Aunque poco (o nada) pudo con el manantial de intimidad y delicadeza que Clapton destiló con Golden Ring. La que posiblemente fuera una de las ejecuciones más sencillas e íntimas, fue, también, la más sentida y con la que demostró, una vez más lo que ya se sabía; que cuando canta, Clapton cuenta.

Luego llegó Layla. Ay, Layla. Recogida por las palmas de un Madrid embelesado que marcaban el ritmo del tema, la canción se llevó una de las ovaciones más impetuosas. Pero claro, luego llega Tears in Heaven. Y luego Holy Mother. Pasa algo con Slowhand. Y es que cuando se hace pequeño, se hace gigante. Las baladas se sucedieron en un set vocalmente impecable y su voz brilló más que nunca con un Little Queen of Spadesabsolutamente desatado. Voz rasgada y fraseos cortantes acompañados de una guitarra eléctrica grandiosa. Ahí, momentáneamente, esa parte rockera del blues-rock devoró la Arena.

Como no podía ser de otra manera,Cocaine cerró la noche. Pero esta se hizo, tal vez, algo más corta de lo previsto, porque tras un trance casi interminable, el artista fue blanco de un disco lanzado al escenario. Apenas unos minutos más y la música cesa. Otra reverencia y... ya. ¿Ya? Dejando a un público visiblemente atónito, Clapton dio por terminado el espectáculo. Así, con un concierto breve y al grano, la noche madrileña del Dios de la guitarra supo a ceremonia no consumada. Supo a poco. Pero supo a blues, supo a rock y supo a leyenda. Y qué bien supieron.