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Mi querida señorita: El género como castigo y la celebrac...
Luis Martínez · 2026-04-17 · via Cultura

Actualizado

En sentido estricto una película solo es un remake cuando es mala; es decir, cuando nada tiene que aportar o decir del original más allá del cambio de actores, de decorados y de colores.Mi querida señorita (2026) no es tanto remake de la película (ya obra maestra) de 1972 firmada por Jaime de Armiñán como actualización o, apurando, separata. Y, pese a su ligera proclividad por la sobreexlicación, brillante. Se diría que la motivación y sentido de la nueva adaptación firmada por Fernando González Molina según el guion de Alana S. Portero, que reescribe el original del propio Armiñán y José Luis Borau, anda cerca del esfuerzo no tanto de corregir --que un poco también-- como de hacer justicia y, llegado el caso, ampliar el significado. De otro modo, la intersexualidad, que en la película original era casi invisibilizada o usada simplemente como metáfora de un cambio político inminente en una dictadura que se resistía, ahora es la protagonista y, a su modo, también metáfora de otra revolución siempre aplazada: la del derrumbe de un heteropatriarcado machista, violento y cerril que igualmente se niega a desaparecer. Dictadura por dictadura. Y como bandera de este cambio, la actriz, ella misma intersexual, Elisabeth Martínez.

Como reconocía el director no hace tanto, la película cobra de repente actualidad "en un momento en el que el elogio de lo diferente, de lo distinto vuelve a ser revolucionario y significativo". El argumento que la justifica pues es ése y, de forma radical, su protagonista. El hecho de que ella misma sea, como se ha dicho, intersexual (es decir, una mujer nacida con características sexuales biológicas que no encajan en las definiciones típicas binarias de masculino o femenino) no obedece a un exceso de celo por aquello de evitar acusaciones de apropiación. La nueva Mi querida señorita quería y eligió una actriz intersexual por varios motivos: a) por poner al descubierto una realidad siempre oculta; b) por discutir en su radicalidad el concepto mismo de género, y c) por simple decoro o buena educación.

La historia es conocida. Una mujer, Adela, crece en una ciudad con la certeza de una duda. Todos a su alrededor, de un modo u otro, le hacen saber que, pese a sus esfuerzos, nunca será del todo como los y las demás. Y ella, claro, duda. Y así hasta que un día el médico le diga que las dudas de unos y de ella misma derivan de que en un mundo habituado el número dos a ella le ha tocado ser el tres. El facultativo es menos críptico, eso sí. Lo que sigue es un viaje de reconstrucción, que también es de descubrimiento, empeñado en dar con el sentido por fuerza infinito de los números. Es decir, donde hay uno, dos y hasta tres formas de ser, puede que haya 2.000 y más. No se trata tanto de llegar a certeza alguna como de convertir la duda en un lugar habitable, agradable, liberado de las imposiciones de los géneros y, por todo lo anterior, libre.

Digamos que la nueva lectura se hace fuerte en esa duda, que, de alguna manera, es heredera directa del impulso revolucionario y creativo que anima la cinta original. La nueva Mi querida señorita vive y se alimenta de la posibilidad, que también es un derecho, de no tener claras las cosas y, dos pasos más allá, traslada las ansias de libertad individual de la protagonista a todos: intersexuales, monosexuales, bisexuales, furiosos normativos, académicos de la RAE (o RAO, por aquello de no ofender) o mediopensionistas del frenesí. Todos sin excepción.

Bien es cierto, que el exceso de rigor en las explicaciones lastra en buena medida una película que, como su propio argumento, exigía más libertad, menos esquematismo, nada de ese didactismo que, por momentos, nubla la vista y la narración. Nos pongamos como nos pongamos, el personaje del cura gay que interpreta Paco León no solo es excesivo, sino que roza lo impertinente, de puro irreal. Pero toda esa tendencia al exceso queda compensada por una visceralidad, una claridad y una emoción tan cruda como solo bella. Al final, se impone el riesgo y la voluntad de, con respeto y hasta devoción, releer los clásicos sin caer, ya se ha dicho, en la impostura del remake; de releer la cinta de Jaime de Armiñán desde sus fracturas, porque es por ahí, a través de cada una de sus grietas, desde donde se cuela la luz, la luz del futuro.

Director: Fernando González Molina. Intérpretes: Elisabeth Martínez, Anna Castillo, Paco León, Nagore Aramburu. Duración: 112 minutos. Nacionalidad: España.