























�Qu� pasar�a si los humanos fu�semos capaces de o�r como los murci�lagos y de ver como los gatos? �Qu� pasar�a si nos sumergi�semos en el subsuelo y nos adentr�semos en ese mundo que siempre ha permanecido oculto? �Qu� pasar�a si bajo tierra descubrimos una �f�bula ecol�gica� que avanza en otro tiempo y que suena en otra frecuencia? Hasta esa realidad que no ven nuestros ojos ni oyen nuestros o�dos, pero que late a un ritmo diferente a nuestro d�a a d�a superficial, baja el IVAM de Valencia con Tania Candiani (Ciudad de M�xico, 1974).
�En esa tesitura de la ilusi�n y las posibilidades de lo ficticio es donde sucede Radix�, afirma la artista mexicana, una de las figuras m�s reconocidas del arte contempor�neo latinoamericano. Radix es, de hecho, el t�tulo de una exposici�n donde nada es lo que parece, y donde los l�mites entre la ciencia y lo on�rico se difuminan hasta confundirse. Radix es tambi�n la sala de un museo donde afloran las ra�ces de las plantas y habitan seres h�bridos. Una instalaci�n con criaturas de vidrio soplado -a caballo entre lo animal y lo f�ngico- suspendidas entre la vegetaci�n para invitar al espectador a pensar otros mundos posibles en una experiencia sensorial.
Pero, sobre todo, en Radix hay que detenerse primero unos segundos nada m�s cruzar el umbral de la entrada. En este mundo subterr�neo imaginado todo es oscuridad. Y no por casualidad. Quien empuja la puerta para adentrarse en esta experiencia inmersiva no tiene m�s remedio que pararse antes incluso de comenzar a explorar. Imposible saber qu� hay m�s all� de un metro de distancia.
�La idea de que est� todo oscuro, adem�s de que remite a esa idea del subsuelo, es para crear un espacio para estos organismos latentes que vemos en los distintos grupos de vegetaci�n, y que tienen su propio pulso�, explica Candiani a EL MUNDO. �Si la sala estuviera m�s iluminada, ese pulso se ir�a diluyendo�. En palabras de la directora del IVAM y comisaria de la muestra, Blanca de la Torre, lo que Candiani muestra son �los territorios gaseosos que unen la ciencia con el territorio de la fabulaci�n�.
A�n hay algo m�s que busca expresamente Candiani: �La mirada tiene que ajustarse en la oscuridad durante unos minutos para poder empezar a ver todos los detalles�. Y, cuando por fin eso sucede, a�ade, es cuando lo que parec�a invisible se vuelve visible al ojo humano.
El ajuste de la mirada se produce en paralelo al ajuste sensorial. Porque la oscuridad de Radix no equivale a silencio. Hay vida bajo la superficie, atravesada a su vez por las ondas del sonido. En este caso, las de una composici�n sonora �octofot�nica� que envuelve de alguna manera el espacio, y que Candiani describe as�:�Es una composici�n multicanal con frecuencias que nosotros, los humanos, no podemos escuchar, pero s� sentir en el cuerpo�. Es algo as� como una vibraci�n que retumba en el pecho y que, de nuevo, invita a parar ante lo desconocido. �El sonido son ondas que no vemos, aunque las podemos sentir�.
�Ese momento de no saber, de no conocer qu� est� pasando, nos atemoriza�, a�ade la artista, que solo pide al p�blico �un poquito m�s de tiempo�. �La gente puede parar frente a una obra de arte apenas unos segundos. Yo pido un poquito m�s para poder sintonizar y conectar con otra cosa ajena a la realidad exterior que dejamos atr�s�. A Radix se entra, en Radix se para y con Radix se sintoniza.
Y, ahora s�, bienvenidos a un submundo al que cuesta acostumbrar el ojo, pero que no tarda en abrirse paso entre las coordenadas de lo sensorial. Solo hay que darle -darse- tiempo. Seg�n la comisaria, �Radix no busca representar la naturaleza tal como la conocemos, sino especular sobre sus posibles mutaciones, micromundos y futuros�. La obra invita as� a �reconsiderar las fronteras entre especies, disciplinas y estados de la materia, y a reflexionar sobre las fuerzas invisibles que sostienen la vida�.
�A lo que pasa en el subsuelo no se le ha prestado tanta atenci�n desde el mundo occidental�, apunta Candiani, para quien lo que ocurre bajo nuestros pies sucede como en una especie de red con v�nculos �casi neuronales�. �Hay un universo all� abajo que existe desde antes de los humanos y que seguir� cuando nos extingamos�.
Las ra�ces son parte de este microcosmos que, en el caso de Radix, se muestran salvajes gracias a un rizotr�n. Candiani tuvo claro desde el principio que las ra�ces ten�an que entrar en la sala. Descart� meter ra�ces muertas -todas las plantas est�n vivas- o incluso en forma de escultura, hasta que dio con el llamado rizotr�n, un dispositivo parecido a un �sandwich de vidrio�. Dos placas de vidrio en paralelo, separadas cinco cent�metros, acogen en su interior distintos sustratos en los que directamente se siembra. El artilugio, eso s�, debe colocarse con una cierta inclinaci�n, de forma que las ra�ces, con la gravedad, se peguen al vidrio y aparezcan desnudas ante nuestros ojos.
Lo t�cnico, lo tecnol�gico y lo cient�fico suelen formar parte del discurso de esta artista visual que no renuncia a experimentar con lo corp�reo. Su obra se caracteriza por repensar la relaci�n entre m�quinas, seres humanos y territorio. El telescopio, por ejemplo, fascina a Candiani en la medida en que se invent� porque quisimos ver �qu� hab�a m�s all� de esta atm�sfera y este cielo que vemos�. Ese v�nculo entre especulaci�n, arte y ciencia es lo que lleva a la mexicana a sostener que �los cient�ficos son tan creativos como los artistas�.
Al fin y al cabo, �lo que hacen los cient�ficos tiene que ver con imaginar c�mo ser� algo�. Cuando los cient�ficos del Centro Europeo de F�sica de Part�culas (CERN) se preguntan qu� es el tiempo, dice Candiani, �se hacen la misma pregunta que se hace un cham�n en Colombia�.
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