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Los Javis, milagro
EFE · 2026-05-30 · via Cultura

Nos llegan voces críticas que meten en un mismo cazo su cine, su casa, su aspecto, su vida sentimental y, por supuesto, su orientación sexual

Los Javis, en el festival de cine de Cannes, donde fueron reconocidos

Los Javis, en el festival de cine de Cannes, donde fueron reconocidos

Actualizado

De todo lo que he leído sobre La bola negra y su pase fulgurante por Cannes me quedo con esta frase de la crítica de Richard Lawson en The Hollywood Reporter: «A última hora, esta austera y sombría competición nos entregó algo vívido y vertiginoso, un aviso de que la exuberancia no es privilegio exclusivo de los blockbusters de Hollywood». Y añado este tuit del periodista David Opie: «Los Javis son los únicos jueces de Drag Race que han ganado el premio a Mejor Dirección en Cannes».

Llevo tiempo poniendo bajo sospecha por igual a las normas que le imponen tanto al cine comercial como al que se diseña con el ojo puesto en los festivales de prestigio. Dos automatismos diferentes que condicionan el género, el casting, la fotografía y la distribución de silencios. Dos mercados donde se consiente y hasta se fomenta la imitación. Todos los cineastas vivos amenazados a punta de pistola sabríamos imitar las señas del cine palomitero y festivalero. Pero ninguno hubiésemos rodado nada parecido a La bola negra, que precisamente parece ser las dos cosas a la vez.

Los escépticos y los despectivos, otra tradición también predecible, están obligados a reconocer el mérito de Ambrossi y Calvo de inventarse lo suyo, de descubrir y asfaltar por su cuenta el sendero que va de Paquita Salas a La bola negra. Uno puede mirarse en muchos espejos si quiere ser cineasta, pero la hazaña de conquistar el gusto popular y elitista por igual ha exigido en cada ocasión resolver una ecuación nueva en la que se exigen toneladas de personalidad propia. Nunca habrá dos Wes Andersons, dos Sorrentinos ni cuatro Javis.

Nos llegan voces críticas que meten en un mismo cazo su cine, su casa, su aspecto, su vida sentimental y, por supuesto, su orientación sexual. En realidad es un efecto secundario del mismo fenómeno. Una nueva forma de ser cineasta incluye, en su caso, una nueva forma de ser famoso. La cultura japonesa lleva décadas haciendo patria con figuras como Takeshi Kitano o Hitoshi Matsumoto, que son a la vez humoristas cochinos de éxito masivo y directores de primera categoría a escala internacional sin que una identidad invalide la otra. En Occidente seguimos prefiriendo que todo nos resulte familiar y nadie se salga del tiesto. Nos tranquiliza que las mansiones sean para los futbolistas, los políticos y sus amigos. Que los gays se conformen con cierto trozo de la parrilla televisiva. Que los autores respetables no tengan cara de famosos y viceversa. Para más de uno sería más fácil celebrar estos dos años consecutivos de triunfo español en Cannes si los directores galardonados no fuesen, además, guapísimos.