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Cultura

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�Y si la sical�ptica, inclasificable y genial 'Adolescenc...
Luis Martíne · 2026-05-14 · via Cultura

El cine como experiencia, disciplina, oficio, arte incluso, es en esencia trans. El cine se busca y no siempre se encuentra entre su facilidad para duplicar lo dado y esconderse detr�s de la ficci�n. Inventa tanto como simplemente reproduce. Miente en la misma medida que se acerca peligrosamente a la verdad. La m�s clara de sus certezas consiste en su firme voluntad de dudar; en -como dir�a Pasolini- su empe�o en faltarle el respeto a todo sentimiento establecido. Su talento para replicar lo que aceptamos como dado discurre en paralelo a su capacidad para desmontar la propia realidad y volver a juntar las piezas. Es decimos trans en su m�s amplio sentido. Es trans de transformaci�n, trans de tr�nsito, trans de transcendental, trans de transexual y hasta trans, por qu� no, de transiberiano.

Se dir�a que pocos directores tienen ahora mismo tan claro este credo fronterizo y siempre inestable como Jane Schoenbrun. Recuerden este nombre. Suyo fue el honor de abrir la secci�n Un certain regard y suyo el privilegio de sorprender como pocas veces antes se hab�a atrevido nadie. Se esperaba (algunos con ansia) la siguiente pel�cula de la responsable de El brillo de la televisi�n (2024). Y lejos de defraudar, la nueva propuesta que cierra lo que la propia directora denomina "La trilog�a de la pantalla" se convirti� en el primer motivo para el entusiasmo del festival que ahora da sus primeros pasos.

Se trata b�sicamente de una nueva exploraci�n entre los intersticios, que dicen los poetas, que deja cualquier ficci�n al convertirse en materia misma de lo real. Esto si se opta por la met�fora, la elipsis o la explicaci�n adornada. Si no se quiere tanto, baste con decir que Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, as� se llama la pel�cula, cuenta el rodaje de una nueva versi�n, la en�sima, de una pel�cula de terror (slasher para m�s se�as) donde la que la directora vive obsesionada con la enigm�tica actriz original.

Lo que sigue tiene mucho de farsa, de parodia incluso o de metapel�cula porque s�, pero sobre todo se antoja una brillant�sima exploraci�n tanto de la identidad como de la propia conciencia en tiempos de pantallas m�ltiples. Se dir�a, dos pasos m�s all�, que la identidad trans es convertida y ofrecida al espectador como met�fora de las formas cambiantes y por fuerza l�quidas de un mundo al borde mismo de todas las crisis (la econ�mica, la ambiental y la pol�tica). De forma m�s radical, no solo se trata de explicitar un modelo de an�lisis para lo que nos pasa, sino de entregar una gu�a de escape y hasta salvaci�n.

En la primera pel�cula de la triada alucinada, We're All Going to the World's Fair (Todos vamos a la feria mundial), se narraba la historia de un adolescente que participa en un juego ocultista en l�nea. Poco a poco, el sue�o ocupaba el lugar de la vigilia hasta que la superficie de la pantalla adquir�a el aspecto de los laberintos hipn�ticos. El brillo de la televisi�n se entreten�a en el relato de dos adolescentes enganchados a un programa de televisi�n que, en la tradici�n misma de Arrebato de Iv�n Zulueta, acaban por ser abducidos por la fantas�a cat�dica-pop, que no solo cinematogr�fica, que los dominaba. Era alegor�a de disociaci�n entre lo real y lo imaginado y radiograf�a genuina de la adolescencia queer en su estado de indefinici�n m�s pleno y son�mbulo.

Ahora, con sus caracter�sticos tonos azules y rosas envenen�ndolo todo en un universo tan cercano a Lynch como a los rituales del nuevo terror de los 90, Schoenbrun revive la obsesi�n de una directora de cine empe�ada a traducir a los c�digos de hoy las viejas fantas�as rancias, gore y muy machistas del pasado. Se trata de prolongar la saga del m�s terrible de los asesinos sin rostro que el tiempo ha convertido en mito olvidado. Y hacerlo con la estrella de la pel�cula original que, como una Norma Desmond de serie B, vive detenida en sus recuerdos de sangre y horror. Una es Hannah Einbinder (Hacks) y otra, atentos, la desmesurada Gillian Anderson de Expediente X.

Pero no es tan sencillo. Poco a poco, la ficci�n se ha ido apropiando de la realidad hasta hacer desaparecer las fronteras que separan la cordura de la m�s terrible de las locuras. Nadie cuenta ya historias, son las historias las que nos cuentan a nosotros. Y lo hacen sin el menos amago de piedad. Cre�amos que en Cannes se celebraban a los autores que hacen cine y, en verdad --queda ahora demostrado-- es el cine el que nos hace a nosotros. Ni siquiera el cine, son las pantallas las que nos forman, conforman y subyugan. Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es una comedia de terror y, a la vez, la m�s brillante refutaci�n y salvaci�n, todo a la vez, del cine mismo. Jane Schoenbrun es una directora no binaria y, desde hoy, mes�as de estos tiempos ni no binarios ni lo contrario.

Shizuka Ishibaschi, Koji Fukada y Takako Matsu en la presentaci�n de Nagi Notes.

Shizuka Ishibaschi, Koji Fukada y Takako Matsu en la presentaci�n de Nagi Notes.EFE

Nagi Notes: La tragedia callada de la artista y su modelo (***)

En lo que respecta a la secci�n oficial a competici�n, el Festival arranc� con el aliento suspendido en el cine meticuloso y con un profundo aroma rohmeriano del japon�s K�ji Fukada. Nagi Notes cuenta la historia de dos mujeres que se reencuentran en la id�lica poblaci�n de Nagi. Una es escultora y la otra, arquitecta. Fueron cu�adas y ahora, por azares del mismo azar, son artista y modelo. Las dos, cada una a su modo, arrastran un dolor profundo que tiene que ver con un amor se rompi�. Desde aqu�, sin m�s explicaciones, el director de pel�cula de una tragicidad profunda como Love life construye un drama pausado, emocionante sin estridencias, sabio sin avasallar, pero, y esto es lo importante, lo suficiente detallista y humano para dejar espacio a ese �ntimo rid�culo que nos asiste y desnuda. Es tragedia, pero callada; es tragedia, pero muy atenta las fisuras que provoca en la pantalla una delicada puesta en escena por la que se cuela la misma vida. Tal cual

Melanie Thierry y Lea Drucker en la presentaci�n de La Vie D'une Femme.

Melanie Thierry y Lea Drucker en la presentaci�n de La Vie D'une Femme.EFE

La vie de'une femme: Un ejercicio de cine tan vibrante como, lo peor, autoconsciente (**)

Si por algo destacaba la directora de Los amores de Ana�s (2021) es por su sentido del cine vibrante, fresco, esencialmente iluminado (y luminoso tambi�n). Digamos que esas constantes se mantienen en el que es su segundo largometraje. Se cuenta la historia de una mujer (magn�fica L�a Drucker), cirujana para m�s se�as, empe�ada en ser libre en todas y cada una de sus esclavitudes. Decidida a no dejar encerrar en ninguna identidad heredada, se esfuerza en ser la inmensa profesional que es en cada segundo de una vida completamente absorbida por su trabajo. En una rancia y tradicional distribuci�n de papeles, se dir�a que ella es el hombre en todas y cada una de sus obsesiones absurdas y diminutas. Por supuesto, no quiere hijos y, pese a su falta de tiempo, ama como quiere a quien quiere. Nada que objetar a una forma de entender el cine completamente ajenas a ninguna otra regla que no sea la naturalidad, la sencillez y, por qu� no, la misma vida.

El problema, que lo hay, es esa nada disimulada tendencia a la exhibici�n, al subrayado y, lo peor, a la ampulosidad disfrazada de sencillez. Hay dos momentos que arruinan buena parte de lo logrado hasta entonces: el baile como met�fora de un encuentro y el discurso final en una especie de simposio cient�fico en el que la directora, de la mano de su muy protagonista, cae en la torpeza de explicarnos punto por punto lo apenas visto. L�stima.