




















Actualizado
La pregunta es siempre la misma: �c�mo representar la inmensidad de un horror por definici�n irrepresentable? Y el ejemplo m�s pertinente para ilustrar el callej�n sin salida al que conduce la cuesti�n de marras no es otro que Shoah, la pel�cula eterna m�s all� de la propia eternidad de Claude Lanzmann. Era �ste el que manten�a que ninguna imagen del Holocausto hace justicia con el significado profundo de su atrocidad, con aquello que lo hizo posible. Y de hecho en su pel�cula solo se ven testimonios. Y a trav�s de ellos se atisba, de lejos, el hueco que deja el ser humano cuando desaparece. No se trata de se�alar al villano, sino de identificar lo que nos hace malos. A todos en general y a cada uno en particular. L�szl� Nemes, el director de El hijo de Sa�l, intentaba resumir el asunto a su manera: "El problema es dif�cil de resolver. Por mucho que ense�es en tu pel�cula, al final tienes que ser consciente de que la realidad fue otra cosa. Y siempre mucho peor. Pero si, al contrario, no dejas ver nada, corres el riesgo de menospreciar lo que realmente fue".
Pues bien, Hangar rojo, del debutante en la ficci�n Juan Pablo Sallato, se sit�a exactamente ah�, en la pol�mica que tambi�n es paradoja del primer p�rrafo. Se trata de contar las atrocidades que siguieron al golpe de Estado de Pinochet en Chile, pero, y esto es lo importante, haci�ndose cargo de algo tan evidente como que nada de lo que se ense�e, se muestre o se cuente har� justicia, ni se acercara siquiera, al verdadero horror que fue aquello. Mientras el golpe tiene lugar, el protagonista al que da vida con una pulcritud fuera de dudas Nicol�s Z�rate recibe el encargo de transformar la Escuela de Aviaci�n que �l dirige en un centro de tortura. La duda no es otra que obedecer como el militar que es (desobedecer significa la muerte) o comportarse como el ser humano que siempre ha cre�do ser.
Como hiciera Pablo Larra�n en Post mortem (2010), la idea es contemplar lo inimaginable desde el otro lado de la pantalla y de la misma vida. En el caso de Larra�n, el golpe de Estado se retrataba desde la crueldad fr�a y funcionarial de una morgue donde se iban amontonando cad�veres. La estrategia no era otra que desnudar la mirada de prejuicios, im�genes ya rituales e iconos para as� alcanzar el verdadero significado de la voz del horror. No se ve�a el Palacio de la Moneda entre bombas, no se escuchaba la voz encendida y sangrante de Allende. Ni siquiera se insist�a en la mirada con gafas ahumadas de la bestia. La c�mara se deten�a en la parte m�s oscura de la parte de atr�s, en el �ngulo muerto de la misma vida.
Lo que hace Sallato es menos espectacular y, si se quiere, cruel, pero igual de radical. Ahora, la parte de atr�s es un enorme espacio vac�o donde en vez de aviones se refugian cuerpos asustados, cuerpos torturados. Como hiciera Nemes en El hijo de Sa�l, la c�mara se coloca a escasos cent�metros de la mirada del protagonista para, desde �l, contemplar un mundo por fuerza limitado, por necesidad incompleto y por obligaci�n fracturado. Vemos lo que ve, lo que intuye, lo que imagina el capit�n Jorge Silva (as� se llama el personaje) y desde �l acertamos a imaginar con todas las limitaciones, imperfecciones e incertidumbres no tanto una parte del horror como la imposibilidad misma de representar ese horror. No es lo que se ve, es lo que est�. De nuevo, lo que importa es el hueco que deja el ser humano cuando desaparece.
El resultado es una pel�cula fr�a, acerada, inmisericorde en su fotograf�a congelada en blanco y negro, tan precisa en la descripci�n de la mayor de las angustias como honesta. Importa, de nuevo, la claridad en la representaci�n de lo que, nos pongamos como nos pongamos, se antoja sencillamente irrepresentable, el �ngulo muerto de la vida misma.
—
Director: Juan Pablo Sallato. Int�rpretes: Nicol�s Z�rate, Boris Quercia, Marcial Tagle. Duraci�n: 81 minutos. Nacionalidad: Chile.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。