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Julian Barnes, novelista adelantado a su tiempo, gana el ...
VICTÒRIA ROVIRA · 2026-06-10 · via Cultura

En las primeras líneas de El loro de Flaubert (1983), la novela con la que miles de lectores españoles supieron por primera vez de Julian Barnes, el personaje de Geoffrey Braithwaite se hacía tres preguntas seguidas: "¿Por qué la escritura nos hace perseguir al autor? ¿Por qué no podemos dejarlo en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros?". Después de unas líneas, Barnes/Braithwaite retomaba el hilo: "¿Cómo es que las reliquias nos ponen tan cachondos?". 42 años después de la publicación de El loro de Flaubert (traducida al español en 1986 en edición de Anagrama, como todos sus libros), Julian Barnes está al otro lado de la reliquia. El jurado del Premio Princesa de Asturias ha elegido al escritor inglés ganador del galardón de las Letras de su edición de 2026 en reconocimiento a su obra: 15 novelas firmadas con su nombre, un par de historias de detectives publicadas con seudónimo, tres colecciones de relatos y 10 ensayos. Suficientes para dejar un impacto verdadero en la cultura europea.

Barnes es, según el fallo del Premio Princesa de Asturias, un "extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un 'optimismo melancólico y un pesimismo alegre', según sus propias palabras. Barnes ofrece una visión lúcida, cálida y compasiva del género humano y emplea la memoria como configuradora de identidad sin renunciar a la imaginación, con el amor como principio esencial. Su obra reelabora, con mirada europeísta, la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía, hasta alcanzar un estilo único, que lo singulariza dentro de una generación de autores británicos especialmente brillantes, que ha marcado la literatura contemporánea", afirma el jurado, presidido por el director de la RAE, Santiago Muñoz Machado, y del que ha formado parte el periodista de EL MUNDO Antonio Lucas.

La Fundación también ha publicado unas declaraciones de Barnes, tomadas en Londres en la mañana del fallo:«Estoy encantado de recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras, del que tenía conocimiento desde hace muchos años. La valía de un premio siempre reside en la calidad de quienes lo han recibido anteriormente, y me siento sumamente honrado de unirme a este listado de tan distinguidas personas de todo el mundo».

El mundo no ha dejado en paz a Julian Barnes desde aquellas líneas casi inaugurales en las que estaban muchas claves para entender su obra. Ahí estaba Francia, el país con cuya cultura ha dialogado siempre el autor, y ahí estaba el muy londinense dettachment, el desapego de sí mismo un poco guasón que le hacía preguntarse al narrador ¿qué haces aquí, qué sentido tiene esto? Ahí estaba también la literatura como tema de la literatura: Barnes se preguntaba por Flaubert que, como el título de El loro de Flaubert indica, era el escritor al que Braithwaite no podía dejar tranquilo. Flaubert, el monstruo del realismo burgués, el escritor más odiado por Sartre, el novelista más novelista que podría imaginarse... Barnes elegía a aquel que fue el villano intelectual de su generación para escribir una novela postmoderna, basada en una anécdota (el loro que Flaubert mandó disecar) y en un personaje que tendía al delirio obsesivo. El loro de Flaubert era la biografía de un ídolo que se convertía en la crónica de un viaje a la locura. En los mismos años en los que Paul Auster luchaba por sacar adelante la Trilogía de Nueva York y Roberto Bolaño escribía poemas y fanzines en un cámping, Barnes ya había roto el hielo.

Algunos datos biográficos: Julian Barnes nació en Leicester en 1946, hijo de dos profesores de francés con los que tuvo una relación distante durante muchos años. La familia se mudó en seguida. En 1947, los Barnes se instalaron en Londres y en 1957, en Northwood, un suburbio casi rural de la capital del Reino Unido que puso el escenario de la primera novela de Barnes, Metroland (1980). Antes, Julian pasó por Magdalen College, en Oxford, donde estudió Filosofía, Francés y Ruso. Llegó a pasar el examen de barrister, de abogado litigante, pero se decantó por el periodismo. En 1977, empezó a trabajar como asistente de Martin Amis en la dirección de la revista New Statement. Pronto empezó a escribir críticas gastronómicas y de televisión. Barnes ha dicho que la idea de escribir fue una conquista muy paulatina en su vida. Primero quiso ser un buen lector, porque pensaba que escribir era un derecho que tenían otros. Después, la revista le dio permiso para tantear con sus propios textos. En 1979, se casó con Pat Kavanagh, una agente literaria que le dio la autoestima necesaria. Y en 1980, apareció Metroland, su primera novela. Barnes tenía 34 años y su nombre apareció en seguida en una lista de los mejores escritores jóvenes del Reino Unido: McEwan, Rushdie, Ishiguro, Boyd, Amis...

Metroland era una historia de iniciación que viajaba de las afueras a la ciudad y que ligaba a dos personajes, Christopher y Toni. El destino de Christopher tendía a la madurez o, quizá, al conformismo; el de Toni, hacia lo sublime y el narcisismo. No había una respuesta correcta en el dilema de los dos personajes. Metroland, en ese sentido, llevaba hasta Inglaterra, Inglaterra, otra de las grandes novelas de Barnes, protagonizada por Martha, una joven que incapaz de decidir si prefería ser como Christopher o como Toni. En Inglaterra, Inglaterra, el paisaje era una distopía irónica. Martha trabajaba para un aristócrata que había tenido una idea que hoy nos parece profética: como la vieja Inglaterra había dejado de existir, el patrono convertía la isla de Wight en un parque temático que recogía todo lo que se perdió con el mundo global: la arquitectura tradicional, las viejas cortesías, el alcoholismo a la antigua... Barnes, el escritor que hablaba de Flaubert y de los novelistas rusos del siglo XIX, escribía antes del final del siglo XX fábulas que dejan a Black Mirror en un entretenimiento.

Más novelas: Inglaterra, Inglaterra hacía sociedad con Metroland pero también con El puercoespín (1992), otra sátira política ambientada en la caída de las repúblicas socialistas. Hablando del asunto (1993) y Amor, etcétera (2003) eran otro dúo, hecho con variaciones del viejo tema flaubertiano del triángulo amoroso. Arthur & George (2005), en cambio, tenía que ver con El loro de Flaubert, porque redescubría a Arthur Conan Doyle y lo convertía en su héroe extravagante. Doyle salvaba el caso de George Edalji un parsi inglés, más inglés que nadie, acusado injustamente de un crimen. Aquel libro de 528 páginas, casi una superproducción, fue la plenitud de Barnes como narrador pero no su final.

Desde entonces, la obra del novelista ha girado hacia registros más íntimos y reflexivos. En 2008, murió Pat Kavanagh. Ese año, Barnes escribió Nada que temer, una memoria familiar tierna, irónica y dirigida a la reconciliación, famosa por una frase: "No creo en Dios pero lo echo de menos". En 2014, El sentido de un final fue un regreso a la novela hecho para explicar el sentido de la amistad en la hora del adiós. Niveles de vida (2017) también tenía la apariencia de una novela histórica pero hablaba de la muerte y de la pérdida... Cada obra era más delicada y preciosa que la anterior.

Y así, hasta Despedidas (2026), otro texto híbrido entre la ficción y el ensayo, confesional y poético, gracioso y crudo al nombrar al cáncer «incurable pero tratable» que Barnes sufre y de sus visitas al hospital. «En mi país nos tomamos las cosas mucho más en serio cuando son divertidas. Nuestro mayor escritor, Shakespeare, nunca falla: incluso en las obras más serias o trágicas, siempre hay un personaje cómico o un bufón que termina diciendo la verdad. Ser gracioso es, en el fondo, una forma de ser serio. Esa es para mí la gran innovación», dijo Barnes en su última visita a Barcelona. «Hay últimas frases famosas. Mi favorita es la de un aristócrata inglés que, muriéndose, le dijo a su mujer: 'Estamos muy bajos de mermelada'. Me parece maravilloso tener un pensamiento tan banal en el momento en que se te apaga el corazón. Espero que mis últimas palabras sean algo como '¡Hemos ganado el Mundial!'».