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Almodóvar se reconcilia con Cannes siete años después y r...
CLEMENS BILAN · 2026-05-20 · via Cultura

Actualizado

Antes los aplausos se escuchaban más. Y no es la típica apreciación viejuna, aunque un poco sí, sino la constatación de que ahora mismo faltan manos. Da lo mismo el acto, hay siempre más móviles grabando que personas haciendo lo que quiera que hagan las personas cuando no miran el móvil. Acabada la proyección de Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar, en el Gran Teatro Lumière, el público arrancó a grabar y a aplaudir, por ese orden, y aquello se prolongó durante 10 minutos. "Sé que cuando ya solo lo pueda ver en la televisión en casa echaré de menos esta sensación. No existe un calor como el del público de esta sala", dijo micrófono en mano para agradecer tanto fervor. Lo dijo emocionado y muy consciente de la entrega de una audiencia que llegó a interrumpir la proyección con una andanada de aplausos tras la canción de Chavela interpretada por Amaia Romero en la película.

Para hacerse una idea, el año anterior, muy cerca del récord, Valor sentimental, de Joachim Trier, alcanzó 19 minutos de atronadora ovación como preámbulo probablemente de todo lo que vino después. Si se mira con un poco de distancia, hay que reconocer que hay algo impúdico en eso de medir ovaciones. No en ofrecerlas, sino en coger el móvil y poner el cronómetro (también para eso sirve el aparato) mientras los demás se explayan a palma batiente. Pero estamos ahí. La democratización de todo (incluida la estupidez) no conoce ni límite ni desafuero ni suficientes redes sociales.

Sea como sea, y a un lado las mediciones olímpicas, lo cierto es que el director manchego es querido, admirado y respetado en Cannes como en pocos lugares de La Mancha y el mundo entero. Eso es una certeza que quedó demostrada, de nuevo, el martes, pese a algunos errores asumidos sobre Pedro Almodóvar. No es verdad, por ejemplo, que el director manchego haya sido descubierto aquí, en Cannes. A la Croisette solo llegó en 1999 con Todo sobre mi madre después de que el festival francés rechazara una a una algunas de sus películas más celebradas. Mucho antes, en 1989, ya había sido nominado al Oscar por Mujeres al borde de un ataque de nervios. Y poco después, en 1993, ganó incluso el Cesar a la mejor película internacional por Tacones lejanos. Es decir, le costó desembarcar en la Riviera francesa. Una vez aquí, eso sí, ha competido hasta en siete ocasiones (incluido el año que nos ocupa) y una vez, con La mala educación, inauguró el certamen fuera de competición. Tampoco es verdad que una vez en Cannes haya sido insistentemente ignorado en los sucesivos palmarés pese a lo que digan David Cronenberg y Wong Kar-wai (ellos fueron los presidentes del jurado los que, contra todo pronóstico, privaron de la Palma de Oro a Todo sobre mi madre y Volver). Sí es, en cambio, verdad que probablemente él sea el único cineasta contemporáneo relevante que no luzca tan preciado galardón en su currículo. Pero, por otro lado, suyos son los premios de mejor dirección (Todo sobre mi madre) y guion (Volver), y sus intérpretes han sido insistentemente reconocidas (todo el plantel de Volver) y reconocido (Antonio Banderas en Dolor y gloria).

Por todo lo anterior, por lo verdadero y por lo falso y por todo lo contrario, la ovación sonó a reencuentro. O a reconciliación incluso. El crotorar (como hacen las cigüeñas) de las palmas dejaba poco espacio a la duda. Pedro Almodóvar, en efecto, ha vuelto a Cannes con todos los honores. Lo ha hecho después de dejar pasar dos películas que prefirió enviar a Venecia, y tras hacerse con el León de Oro con La habitación de al lado (de por medio, no se olvide, paseó por aquí el cortometraje y western Extraña forma de vida en 2023). Quién sabe si, como los amantes ligeramente despechados, el manchego haya querido darse un tiempo tras la ligera decepción con Dolor y gloria (¡qué cerca estuvo antes de la irrupción como un tornado de Parásitos, de Bong Joon-ho!). El tiempo lo cura todo menos la propia herida del tiempo.

Y más aplausos. Es difícil saber qué es exactamente lo que se aplaude cuando se aplaude. Desde hace tiempo, desde Hable con ella probablemente (o desde la muerte de la madre del cineasta) el cine de Pedro Almodóvar es cada vez más hondo, más personal, estilísticamente más desnudo, más perfecto, más autorreflexivo y quizá hasta más necesitado de cariño. El director que mejor ha celebrado la vida, la vida plena, la vida democrática, la vida fuera de la sinvida de una dictadura brutal, se diría que ahora es un director al encuentro de la finitud, de la muerte misma. Así ha sido de manera explícita en La habitación de al lado y de forma mucho más elaborada y barroca en la reivindicación de la creación misma en esta Amarga Navidad contra precisamente lo inerte, lo dado, lo que muere. Y todo ello, sin duda, merece aplauso, y mucho cariño. Aunque sea francés. 10 minutos se antojan escasos para tanto, pero, ya se ha dicho, con los móviles no dan las manos.