Jon Favreu confecciona una película que tiene en la sencillez, la falta de pretensiones y el encanto un muñeco de peluche su mejor y más disfrutable defensa

Imagen de The Mandalorian and Grogu.
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Hay una regla de oro que dice que antes fiarse de un asesino a sueldo que de un muñeco de peluche. El primero, si no cobra es inofensivo. El segundo te puede partir el corazón completamente gratis. Y si no que se lo pregunten a Naughty Bear. Grogu o, como se le conoció antes de salir del armario, Baby Yoda no es exactamente de peluche. En verdad, apenas hay diferencia entre el aspecto que presenta a las 50 y el que adquiere a los 900. Y sin embargo, y contra todo pronóstico, su más que serio problema de logopedia (incapaz como es de decir una palabra con medio siglo de vida), su piel semiescamosa y su afición a comer toda clase de bichos vivos no impide que se le aprecie, arrulle y quiera como se aprecia, arrulla y quiere a un muñeco de peluche. Y ahí, en algo tan sencillo como un personaje adorable secundado por una historia sencillísima, unos muñecos más cerca del stop-motion que del CGI y una melodía soberbia de Ludwig Göransson, ahí, decíamos, es donde no solo se hace fuerte The Mandalorian and Grogu, sino que adquiere la condición de imbatible.
Básicamente, y en un ejercicio inédito dentro de la saga Star Wars, Jon Favreau traslada a la pantalla grande lo que lleva ensayando en tres temporadas de la serie con una admirable devoción por lo idéntico. Si por algo se ha significado la historia del mandaloriano y su protegido y amigo Grogu ha sido por ese empeño casi ritual por la simplicidad unívoca, intransferible y perfecta. Y ahí se queda a vivir. Se diría que al contrario que el abigarrado y barroco galimatías de secuelas, ampliaciones, historias separadas y precuelas del mundo de Star Wars, los lacónicos paseos de esta extraña pareja se reciben casi como un bálsamo, como una eucaristía de reconocimiento donde el western y el mito sencillo del héroe protector se dan la mano. Con mucho cariño, además.
La cosa empieza (la película se ambienta en el periodo posterior a la trilogía original de Star Wars) con el cazarrecompensas Mando entregado a eliminar los restos de las fuerzas del Imperio que aún se encuentran dispersos por la galaxia. Vive de eso. Ya la primera secuencia contra los AT-AT (esa especie de elefantes de Atila acorazados) se encarga de cumplir las expectativas. Estamos en casa. Lo que sigue es una especie de misión más propia de una película de Bond, per extremadamente fácil de seguir: rescatar a Rotta el Hutt (hijo del difunto mafioso Jabba el Hutt) de las garras de un mafioso terrible y entregárselo a sus abominables parientes conocidos como los Gemelos aún más mafiosos que el anterior. Todo para lograr una información muy valiosa y necesaria para la Nueva República. De por medio, un mono-cocinero que habla como Martin Scorsese (lástima de versión doblada), una Sigourney Weaver que da órdenes como se espera que una leyenda las dé y mil peligros con una serpiente dragón a la cabeza.
Lo que sigue es el regreso de Mando en su más elemental apostura. Es un tipo duro, pero no hace poesía cansina de su desgracia; es implacable, pero atento a cada gruñido de su compañero que también es su hijo adoptivo; es un explorador, pero consciente de que el mayor descubrimiento no está al otro lado de la galaxia sino a su lado; es egoísta, pero sólo en la medida que entiende el significado de la palabra sacrificio... Ni siquiera está del todo claro cuál sea su sexo siempre oculto. Y no lejos, Grogu, nada más.
Sin sorpresas, siempre fiel a sí mismo, The Mandalorian and Grogu alcanza a recuperar no solo el motivo de por qué nos gustó tanto este universo antiguo perdido en un futuro sin tiempo, sino que devuelve al cine la virtud de lo idéntico, lo común, lo compartido. Tan sencillo.
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Director: Jon Favreau. Intérpretes: Pedro Pascal, Sigourney Weaver, Jonny Coyne. Duración: 132 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.






























