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Cuenta Mascha Schilinski que en el proceso de investigaci�n, que tambi�n lo fue de creaci�n, de su segunda pel�cula dio casi por casualidad con unas raras fotograf�as post mortem. Era costumbre en tiempos de la invenci�n del daguerrotipo que los familiares posaran con sus difuntos en un intento por fuerza fallido de inmortalidad. Dado que el lapso de exposici�n de las viejas c�maras se alargaba m�s de la cuenta, lo habitual era que los vivos (especialmente los ni�os), al moverse de pura y cotidiana vitalidad, adquirieran un aspecto espectral, y los muertos, en cambio, quedaran perfectamente n�tidos. El privilegio del instante por fuerza vivo y fugaz era as� de los que ya no est�n. Y, al rev�s, de los vivos solo quedaba la duda difusa de su quim�rica existencia. A su manera, es en esta contradicci�n en la que habita de principio a fin El sonido de la ca�da, una pel�cula que descansa y se justifica por su capacidad para aparecer y desvanecerse delante de los ojos del espectador; una pel�cula que cuenta con una precisi�n milim�trica la agon�a de un trauma (el de las mujeres) que pasa de generaci�n en generaci�n como los dolores fantasma de los miembros amputados: tan perfectamente reales como inexplicables.
El sonido de la ca�da se hace fuerte en lo que podr�amos llamar la consciencia de su m�s �ntima fantasmagor�a. Y, ya puestos, de su eternidad. Es cine transparente, intenso, claro y profundamente enigm�tico que cuestiona y discute el sentido del propio cine. Es cine que tematiza y convierte en su mismo argumento la capacidad del cine para convocar espectros y hasta almas, para crearlos incluso, para detener el mismo tiempo. Suena po�tico, quiz� demasiado, y, en verdad, es solo pol�tica.
La pel�cula narra la historia de cuatro ni�as que viven en una granja del norte de Alemania. Cuenta eso y cuenta c�mo la propia casa en la que viven se convierte a lo largo de los a�os, las d�cadas y hasta los siglos, en el escenario de todos los recuerdos de los (especialmente las) que all� vivieron. Schilinski se sirve de tres escenarios temporales (alg�n momento antes de la Primera Guerra Mundial, alg�n momento de la Alemania dividida de posguerra y alg�n momento de la Alemania actual) para trazar no tanto una genealog�a de mujeres y voces, que tambi�n, como un completo paisaje de sufrimientos, deudas, culpas y muertes que se entrelazan en un tr�ptico tan rigurosamente m�gico como terrenal, tan lejano como propio.
Un plano que se repite con una constancia y ritmo casi m�gicos es el de una mirada fugaz hacia atr�s, hacia el otro lado de la pantalla, hacia el patio de butacas. De repente, los ojos de los personajes se cruzan con los del espectador en una rotura de la cuarta pared que es a la vez provocaci�n y enigma. Las protagonistas miran a sus espaldas, contemplan su pasado, recuperan su memoria m�s �ntima y secreta, hacen suya la herencia que las acompa�a y persigue, y, por todo ello, nos miran a nosotros. Sus pupilas y sus dolores son los nuestros. Milagroso, sin duda.
Narrada siempre en primera persona con cada una de las voces de las protagonistas, la pantalla se ofrece al espectador como un sue�o, un espejismo, pero sin perder en ning�n momento su dureza, presencia y corporeidad. El excelente trabajo de fotograf�a de Fabian Gamper y de la m�sica de Michael Fiedler y Eike Hosenfeld colocan la pel�cula en todo momento en un lugar intermedio tan cerca del misterio como del m�s evidente sufrimiento. Y es en este �ltimo aspecto donde, a distancia de las tentaciones de transcendencia, El sonido de la ca�da adquiere el tacto rugoso, �spero y cierto de lo real. La realidad duele. En verdad, y en sinton�a con el lirismo (no contra �l ni a pesar de �l), se trata de un relato de mujeres sometidas que luchan a brazo partido por su identidad, su g�nero y, ya se ha dicho, su voz.
Y mientras, los cuerpos levitan como lo har�an en una pel�cula de Reygadas, la c�mara toca la piel de sus personajes como en un trabajo inspirado de Naomi Kawase y cada oraci�n que se escucha recita una a una las palabras del cine de Dreyer. Sin duda, toda una lecci�n de atrevimiento capaz de sobreponerse sin titubear a posibles y evidentes problemas como el amaneramiento, la premiosidad o una ligera tendencia al exhibicionismo. Al fin y al cabo, es casi una primera pel�cula.
Apenas inventada la fotograf�a, unos vieron en ella la forma casi definitiva si no de vencer, s� al menos de conjurar el olvido de la muerte. De ah�, las fotos post mortem del principio. Otros, en cambio, como Eadweard Muybridge, se empe�aron en detener al mismo tiempo. El ingenioso dispositivo, precedente del cine, dise�ado para capturar el movimiento de un caballo al galope no era m�s que otra forma de llamar a la misma eternidad de antes desde su unidad m�nima, desde ese instante que huye. Y luego lleg� el invento de los Lumi�re, por definici�n un mecanismo u oficio, antes incluso que arte, de fantasmas, de trampantojos, de sue�os y, ya que estamos, de eternidades. El sonido de la ca�da existe para record�rnoslo, para devolver a ese mismo cine de los pioneros la consistencia grave y profunda de lo que surge delante de la c�mara por primera vez. Y para siempre.
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Directora: Mascha Schilinski. Int�rpretes: Hanna Heckt, Lena Urzendowsky, Laeni Geiseler. Duraci�n: 149 minutos. Nacionalidad: Alemania.
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