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Pietro Marcello: "Gabriele D'Annunzio es la prueba de que...
Laurent Kofeel · 2026-06-11 · via Cultura

Actualizado

«Lo peor que le puede ocurrir al cine, al arte y a la cultura en general es perder su relación con la realidad. El arte siempre es un ejercicio social, o, mejor, socialista; es un ejercicio militante. En cuanto se pierde ese vínculo, se pierde todo». Pietro Marcello (Caserta, 1976), director de cine y autor de la frase precedente, lleva años convencido de que la única respuesta posible a lo que nos pasa pasa necesariamente por analizar lo que nos pasó. El tiempo, en su ideario, antes que solo pasar, pesa. Por ello, en su cine la imagen de archivo se mezcla con lo filmado y la ficción se confunde con la realidad, convencido como está de que el presente no es más que otra forma, quizá imaginaria, de nombrar al pasado. «Con el tiempo he aprendido que la ficción solo es relevante en la medida en que se convierte en archivo. Por mucho que un cineasta se empeñe en recrear el pasado jamás alcanzará el grado de autenticidad y verdad de una imagen de archivo cualquiera. Si el cine existe, existe como memoria. Nada más». Conclusión: «La realidad, que es el único compromiso de verdad de un creador, solo es comprensible desde la memoria». Queda claro.

Su último trabajo, Eleonora Duse, la divina, es a su modo el ejemplo más evidente de todo lo anterior. Si en 2019 fue la novela de Jack London Martin Eden la que guió los pasos a una especie de biografía íntima que también lo era social y política de la Italia de Entreguerras, ahora es la gran dama del teatro que da título a la película, y que encarna con una furia desusada Valeria Bruni Tedeschi, la que se convierte en el mirador desde el que contemplar la deriva de Europa en general desde el final de la Gran Guerra. En el fondo, de nuevo, el nacimiento del fascismo aparece retratado como la respuesta a un periodo de crisis, transformación y caos que tanto se parece al actual.

«Quiero pensar que vivimos un periodo parecido en muchos aspectos a aquél. Y no solo en Italia. Entonces como ahora, estamos en un tiempo que podríamos llamar intermedio. Hay más miedo que esperanza. Mi padre proviene de una generación que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Creció en un país destruido en el que estaba todo por hacer. El suyo fue un momento de grandes esperanzas. La generación de Entreguerras, como nosotros, se despertó de repente en el peor de los sueños víctima del nacionalismo desaforado que consumió a Europa. Todo se parece tanto que se diría que es lo mismo: Nadie hace 20 años se habría imaginado en un momento como éste», dice por aquello de justificar el argumento de su película y, por qué no, hasta de su lugar en el mundo.

Valeria Bruni Tedeschi en Eleonora Duse, la divina.

Valeria Bruni Tedeschi en Eleonora Duse, la divina.

La cinta, en puridad, es lo contrario a un relato biográfico. Centrada en los últimos años del último gran mito del teatro italiano, la propuesta de Marcello antes que recrear nada, fabula la profundidad de la mayor de las derrotas. «La única historia que me interesa es la de los derrotados, la de los que perdieron. Y Duse fue esencialmente una mujer que vivió el éxito más descomunal en un mundo enteramente de hombres para entregarse al final de su vida a la mayor de las derrotas, una derrota que compartió enteramente con su país», dice. En efecto, la película tiene su momento cumbre al pie de todos los abismos. Todo en ella es una ficción exagerada de una mujer y de un país dirigiéndose hacia el fascismo a pasos agigantados, con el episodio de la ocupación de Fiume como punto de inflexión decisivo. Y en el centro de aquel episodio crucial, la figura de Gabriele D'Annunzio, como antítesis de su protagonista.

«A él, desgraciadamente, le debemos mucho. Le debemos la estética del fascismo que luego se expandió por toda Europa, España incluida. Él es la prueba palpable, además, de que se puede escribir bien, ser incluso un gran poeta, y ser a la vez un perfecto imbécil. El arte de verdad nos hace mejores, nos ayuda a crecer espiritualmente, conecta lo divino con lo humano. Lo que hizo D'Annunzio es justo lo contrario. La suya fue la obra, repito, de un cretino», afirma.

Marcello está convencido de que Europa vive ahora una crisis no tan diferente a la de entonces. Y que el problema de fondo sigue siendo el mismo: el olvido de la obligación del arte, del cine, del socialismo. «Vivimos una época de disolución moral. Aquel impulso de los 90 de un Estado europeo común, no solo económico, se ha diluido. Y eso es un drama. El fascismo de entonces es el de ahora», concluye.