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El Mundo
Juan Marqu�s · 2026-06-15 · via La Lectura

Actualizado

Si Ramón Gómez de la Serna definió alguna vez sus greguerías como una fusión de metáfora y humor (más bien de ingenio, matizaríamos), las dos key words esenciales para entender los diarios de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) serían la poesía y la gracia, que es el mejor modo de referirse al humor del bueno.

Sobre el espíritu primario de la buena poesía y entre el aire, tan indescriptible como insuperable, de lo primitivamente divertido (y junto a otros ingredientes necesarios como el amor, la cultura, la amistad, los libros, los viajes, la malicia, la Historia, la tipografía, la vida en el campo, Madrid, el Rastro, la prensa, la crítica, la familia, el pasado, la urbanidad, el dinero o últimamente, por desdicha. la actualidad política...) se está levantando poco a poco, año tras año, tomo a tomo, nuestro Quijote, nuestro Moby Dick: esa novela que, a falta de gigantes y de ballenas, da cuenta de nuestra vida, nuestro presente, nuestras expectativas, nuestro tiempo, nuestras ciudades, nuestra grisura y, entre todo eso, de nuestra modesta gloria.

Tengo la sensación de que ya he escrito sobre el Salón de pasos perdidos de Trapiello casi tantas páginas como las que ocupa el propio Salón, pero no me importa repetirme ni desde luego me gustaría parecer tibio o titubeante ante algo que, con la bocaza bien abierta, ya vengo diciendo desde hace mucho, cuando parecía un disparate afirmar algo que, con el paso del tiempo (que por culpa de los poetas tiene muy mala fama pero que es un gran crítico literario, y un gran apoyo para la buena literatura) lleva ya unos años imponiéndose no sólo como una posibilidad sino casi como un clamor: el diario de Trapiello es la mejor novela que se está escribiendo en nuestro idioma en este tiempo.

Hay otras más sofisticadas, o mucho más difíciles y meritorias, o que, más inspiradoras o «estimulantes», han tenido mayor descendencia, o más vistosas, o más ambiciosas... pero el Salón es la mejor y más completa y más rica y más asombrosa en lo que tiene de totalidad, de sencillez compleja y de complejidad sencilla, de perseverancia, de ritmo, de temas y de tonos, de estribillos, de guiños, de audacias y de sorpresas. Como dije en otra ocasión, el salón sólo puede aburrir a aquellos que no lo leen. Los que sí lo hacemos no podemos cansarnos.

De todo tiene: salón de pasos perdidos

Andrés Trapiello

Ediciones del arrabal. 448 páginas. 32,90 ¤

Se acaba de publicar De todo tiene, que supone la vigésimo quinta entrega del asunto. Pensémoslo bien: este hombre ha encuadernado un cuarto de siglo de cotidianeidad, de observación, de conyugalidad, de atención hipersensible (tanto en lo bueno como en lo malo) a la literatura, de sutiles cambios sociales... En este tiempo ha cambiado la voz del diario mucho más de lo que tal vez se note: ha cambiado el narrador, se han reequilibrado sus filias, fobias y preocupaciones, se han atemperado algunas fijaciones, han nacido otras y, en fin, lo que al cabo tenemos no es una novela de formación al uso, de la infancia a la madurez, sino un monumento a ese segundo tramo de la vida, desde los 33 años de El gato encerrado hasta los 58 de estas nuevas páginas.

Y el cervantino título de este año, que se retrotrae a 2011, sirve para todo el proyecto, pero también, en efecto, para casi cada una de sus piezas. Trapiello siempre dice que hay que empezar a leer el diario por su último tomo y después, si eso, empezar por el principio: nunca he estado seguro de que fuese buena idea pero es verdad que esta nueva entrega sí parece ideal para quien quiera entrar en este eje fantástico que hay entre Las Viñas y la calle del Conde de Xiquena. Está todo medido, todo dispuesto, lo cual no quiere decir que sea todo justo. No están los hornos del tiempo para esos bollos, pero conviene hacer pedagogía: la literatura es esa región de la realidad en la que algo injusto puede ser bueno. Y en todo caso lo inexacto es anecdótico: no cuenta mucho si Trapiello tiene o no razón, lo que importa es que todo lo que aquí se dice es verdad.