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De héroes patéticos y egoístas. Lorenz Hart tiene problemas con el alcohol y atraviesa un momento de su carrera como letrista. En cambio, su antiguo compañero creativo y amigo, Richard Rodgers, estrena esa noche el musical Oklahoma, que Hart considera mediocre, infantil y excesivamente complaciente, y que, para su desesperación, resulta ser todo un éxito. Ambos se encuentran en el bar de copas donde se celebra el triunfo de la obra y, a partir de ese instante, el espectador cree estar frente a una historia de rivalidad y duelo entre dos amigos marcados por el paso del tiempo, pero, en realidad, asiste a una batalla mucho más dura, íntima e interesante: la de Hart contra sí mismo.
Ethan Hawke repite con Richard Linklater, después de conquistar al público con la trilogía Antes del amanecer y con Boyhood, y en esta ocasión ofrece una interpretación brillante y llena de matices -por lo que fue nominado al Oscar a mejor actor- al ser capaz de encarnar a un Hart patético, egoísta y repulsivo, pero también profundamente tierno, divertido e inteligente en muchos momentos.
La película se presenta como un artefacto teatral, prácticamente con un único escenario y, sin embargo, funciona como una perfecta sinfonía gracias a unos diálogos ingeniosos y lúcidos, escritos con escuadra y cartabón por Robert Kaplow. Tras ver la película es imposible no pensar en lo efímero del éxito al escuchar los primeros acordes de Blue Moon, el gran hito en la carrera de Hart.

Ver lo absurdo en la lágrima de un astronauta. El magnífico Toni Servillo encarna al presidente de la República de Italia, que afronta sus últimos meses en el cargo y se plantea algunos conflictos morales, como la ley de la eutanasia y tomar una decisión sobre el indulto a una asesina confesa. Sorrentino, siempre lúcido, abre interrogantes en torno al paso del tiempo y al desafío que supone aprender a vivir con dudas.
La película es tan hipnótica como el protagonista, que simboliza al hombre regio y gris, viudo, obsesionado por la búsqueda de certezas y de la verdad. Su sentido de la justicia se compadece mal con unos tiempos que priorizan las respuestas rápidas y fotogénicas de los problemas, sumado al hecho de que ahora encara el mayor reto de su vida: llenar de sentido una existencia lejos del foco político y de las responsabilidades que hasta el momento han sostenido su día a día.
La curiosa y original banda sonora que atraviesa esta historia alimenta el constante juego de contrastes entre la belleza y la decadencia, y se convierte en un espejo perfecto a través del que vislumbrar nuestras propias grietas, esas que se van ensanchando con el paso de los años. El sentido del absurdo asoma aquí y allá en la lágrima de un astronauta o en el chaparrón que empapa a un envejecido presidente portugués, y nos recuerda que es posible que lo sublime y lo grotesco convivan armoniosamente.
Ver una película de Sorrentino equivale a aceptar algunas estridencias en el argumento y en la puesta en escena, pero a cambio ofrece al espectador una mirada limpia, conmovedora y aguda sobre la condición humana que deja poso e invita a la conversación al salir del cine.

Explorar el fondo del abismo moral. ¿Tiene sentido una historia nihilista en estos tiempos en los que predomina el culto al individualismo? Abandonarse a la propuesta de François Ozon obliga al espectador a revisar algunas de las marcas de la sociedad actual y entreteje una historia que cuestiona sin piedad el sentido de la vida, llevando a su personaje hasta el abismo moral.
Benjamin Voisin, un actor desconocido para el público español, interpreta a Meursault con maestría, haciendo suya la frialdad y la absoluta falta de empatía que tiñe la historia más existencialista de Albert Camus. Cuando Meursault tiene que justificar las motivaciones del asesinato que ha cometido, su respuesta estremece al espectador por su enigmática simplicidad: «Hacía sol». Esa declaración nos coloca en el absurdo y la deshumanización, los dos temas principales de la película.
Ozon retrata la historia en un blanco y negro implacable, con una bellísima y delicada fotografía que contrasta con la subterránea crudeza que sustenta la historia. Entender al personaje se convierte en un reto, a menos que uno sea capaz de situarse frente al vacío más absoluto y despojarse de los afectos, el propósito y todo aquello que nos define y nos dota de una identidad propia. Pero no está de más recordar esta historia nihilista en tiempos ingenuos con tendencia a la homogeneidad.
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