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Tiene el último ensayo de Félix de Azúa, Un fraude monumental.Mil años góticos (Debate) la pasión de los que Stendhal dedicó a Mozart, Rossini o Roma: es uno de los suyos más inspirados. Se diría escrito en un rapto. Desde las primeras páginas. «Sin ambiciones eruditas o académicas», por «el placer literario y la curiosidad artística», confiesa él mismo. Como Serezade con el sultán, le favorece la atención y el interés del lector, pues ¿quién no ha entrado cientos de veces en una catedral gótica? Pero a poco que sea sincero reconocerá que apenas sabía gran cosa de este asunto, y que una historia es también, sobre todo, cómo se cuenta.
Se trenzan en este libro otros tres: el del gótico en iglesias y catedrales, el de «lo falso» y el de la muerte del arte. Ninguno se explicaría enteramente, claro, sin comprender la naturaleza espiritual con que el gótico nació a finales del siglo XI, cuando l’abbé Suger, su inventor, decidió vidriar los entrepaños de la abadía de Saint-Denis, panteón de los reyes de Francia, con el fin de que la luz vistiera sus sepulcros. Se basó Suger en cierto tratado de San Dionisio (Sant-Denis), «autor fundamental sobre la metafísica de la luz, que hoy se conoce como el Pseudo Dionisio Areopagita. Y aquí empieza», prosigue Azúa, «la historia del fake. Ambas atribuciones eran falsas, ni ese Dionisio había fundado la abadía ni escrito el libro famoso, pero el gótico nace y se desarrolla sobre equívocos, errores, malentendidos y falsificaciones hasta el día de hoy. Y este es el asunto de este breve escrito, la falsedad, el fraude (el fake) que forma parte ineludible del estilo monumental gótico a lo largo de diez siglos».
No sólo, diríamos, aunque Azúa cite a quienes se especializaron en hacer de las ruinas góticas, como Viollet-le-Duc, obras en las que resultara «imposible distinguir entre la verdad y la mentira, la honradez y el fraude», lo que es original y lo añadido, el pedacito medieval y la vidriera que acaban de colocar allí, recién soplada, dos honrados cristaleros de la Ugt. «Restaurar», dice Azúa citando al arquitecto francés, «no es mantener un edificio, repararlo o rehacerlo, sino restablecer su estado completo de un modo que quizá nunca haya existido en un momento dado». O sea, completarlo.
Este viaje por el tiempo le ha llevado a tener que hacer otro también por el espacio, es decir, turismo, lo que le da pie a sus a veces hilarantes comparaciones o sus hipérboles pedagógicas. Frente a «los historiadores profesionales que ya no trabajan sobre la historia del pasado, sino, ideológicamente, sobre el pasado de la historia», Azúa recurre al tono stendhaliano: apasionado y antirretórico (el libro se lee en una tarde).
Y no porque sea, como declara su autor, un reportaje. No pasa de ser esto una coquetería. En el fondo es un tratado sobre el espíritu, pues al fin y al cabo la luz, como intuyó Suger, es la parte visible del espíritu. También se indagan aquí las razones por las cuales la humanidad, entre el clasicismo y el gótico, eligió el gótico (lo sagrado), lo que le ha hecho sobrevivir diez siglos, hasta hoy mismo, para morir en edificios tan emblemáticos como Notre Dame de París o agonizar en otros muchos, como consecuencia de la turistización universal. Que la melancolía del autor procede de su lucidez no ofrece duda: la muerte sigue existiendo, pero nuestro vínculo con lo sagrado, con el espíritu, se ha roto.
Claro que quedan eslabones, señala Azúa, que aún nos mantienen unidos a él, obras cuya «verdad es un resplandor indemostrable que ilumina en cuanto se ve. (…) No es justificable, sólo se puede experimentar y aceptar en la intimidad». Aunque Azúa encuentre problemática la palabra «belleza», leyéndole parece que esta fuese, como para Keats, sinónimo de esa «verdad», algo, en efecto, que apenas se puede manifestar sin destruirse, a menos que medie un milagro.
Como sucede en la tumba de Felipe el Valiente o el Pozo de Moisés, de Claus Sluter, en Dijon, que tanto emocionaban al más gótico de nuestros escultores, Julio López Hernández, o en la iglesia de San Dionisio, que tanto ha conmovido a Azúa, «verdad» y «belleza» son sinónimos a su vez de «intimidad».
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