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El Mundo
Luis Mart�nez · 2026-06-18 · via La Lectura

Actualizado

Una película que recupera intacta (o casi) una película anterior que, a su vez, cuenta y celebra el hecho mismo de hacer una película. De otro modo, cine de cine sobre cine. O, apurando, cine que devora cine. O, por qué no, cine al cubo. Los ilusos 13 +13 no debería considerarse la nueva película de Jonás Trueba aunque, en puridad, lo sea. Y tampoco sería justo definirla como, simplemente, la recuperación o reestreno de la que fue su segunda película rodada en 2013 (es decir, hace ahora exactamente 13 años), aunque probablemente no quede más remedio que admitir que eso es.

«Siempre tuve la impresión de que le debía algo a Los ilusos (así se llamó originalmente) y que tarde o temprano volvería a ella. Cuando se estrenó, se hizo en salas de segundo recorrido porque éramos muy conscientes de las limitaciones de la distribución. Nos habíamos quedado sin recursos y mi impresión entonces es que ofrecíamos un material algo deficiente. Quedó como una asignatura pendiente», dice el director, se toma un segundo y sigue: «Y luego estaba la cuestión en ese momento del cierre de las salas. Había un clima de urgencia porque el modelo del siglo XX de hacer cine muere por esa época, tras la crisis del 2008». Nueva pausa. «La veo ahora y me sigo reconociendo en Los ilusos, aunque ya no esté en el momento en el que la hice. Pero hay algo del impulso de cómo hicimos la película, de cómo nos juntamos, de la confianza que se creó entre nosotros... que deseo no perder jamás. Al final, la nueva película es esencialmente un ejercicio de recuerdo, no de nostalgia sino de recuerdo, con todo lo ridículo que pueda parecer y ser». Queda claro.

Para situarnos, Los ilusos 13 + 13 es aquella película que fue entonces con el añadido de algunas imágenes del negativo original a color acompañadas de levísimas modificaciones. Si se quiere, se antoja una especie de versión propia de Pierre Menard del original completamente idéntico y, sin embargo, diferente. Y de este modo y de repente, lo que se ve adquiere una vida nueva y se alza en la pantalla como involuntario manifiesto lanzado al futuro. La historia del director de cine (Francesco Carril) que busca y se busca en la película por hacer y en cada uno de sus amores accidentales (aquí, Aura Garrido) se antoja contemplada desde ahora mismo como una declaración de principios a favor de un cine que se hace y deshace ante la mirada del espectador y en contra de un cine prefabricado del fórmulas, algoritmos y frases hechas.

«Siempre me ha gustado enseñar la artesanía, hacer sentir al espectador que estamos haciendo la película delante de él. No se trata de un ejercicio virtuoso de metacine, sino, más bien al contrario: la idea es compartir. Cuando leo siempre me ha gustado sentir al escritor mientras escribe. Es una cuestión de complicidad», comenta Trueba como preámbulo de todo aquello contra lo que se levanta. «Por eso creo que es importante recordar ahora mismo el momento de Los ilusos. Ahora, con todo eso de las plataformas, vemos muchas películas cuyo objetivo es ocultar el propio cine, la idea es crear una realidad alternativa que nada tenga que ver con nosotros. Se ve demasiado a menudo a cineastas cuyo único empeño es vendernos la moto. Y no es eso. El cine no debería engañar ni manipular ni esconder nuestro ridículo más íntimo».

Pese al entusiasmo por lo nuevo y la celebración de lo común, Los ilusos, los de entonces y los de ahora mismo, esconden las dos en su interior un cierto regusto amargo, una sensación de fin de época tan conscientemente trágica como, y por aquello de la ironía, cómica a su modo. Hay una cita del escritor Chusé Izuel que preside la película y que, a su modo, la condena a vagar por los terrenos siempre heridos y siempre melodramáticos de la adolescencia. En un momento dado, todo se interrumpe y se lee: «Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, sólo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aun, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo nada ni espero nada».

«Recuerdo», responde Jonás Trueba a su propia cita, «que por aquella época murió un gran amigo, Félix Romeo. Y toda la oscuridad del momento empapa la primera parte. Hay algo de duelo y de sanación en lo que sigue de la película, sin duda».

Sea como sea, si en algo se hace fuerte Los ilusos 13 + 13 es en la necesidad casi urgente de recuperar el cine como multiplicador de vidas («Como se escucha en Yi Yi, de Edward Yang, el cine multiplica por tres la vida, es un condensador de vidas», dice); en la obligatoriedad de recuperar la memoria («El cine solo tiene sentido como flujo constante desde figuras como Dreyer, Ozu, Chaplin o Renoir a nosotros», añade); en la certeza de que aún se puede hacer cine entre amigos, en ratos libres, con el espíritu de un cine compartido («Por cierto, maravilloso el texto del papa León XIV en defensa de las salas», concluye). Los ilusos 13 +13 acaba por ser así cine de cine sobre cine. Cine que devora cine y vidas.