











"Rosas en un balcón / a la vuelta de una esquina, / calle de Válgame Dios. // Amores por el atajo, / de los de ‘Vente conmigo’… / Que vuelvas pronto, serrano. // En el mar de la mujer / pocos naufragan de noche; / muchos, al amanecer". Al leer estas coplas siempre me acuerdo de aquello que escribió el poeta del 27 Porlán y Merlo, en su Pirrón en Tarfía: "Cuando llega uno a casa al amanecer y dice que viene de la Adoración Nocturna, no siempre es mentira" (Adoración nocturna, qué buen título para un libro sobre "la briba, la manfla y la berlanga").
Los biógrafos de Antonio Machado, a cuyo Cancionero apócrifo pertenecen estos versos enigmáticos, han ubicado en la calle madrileña de Válgame Dios la casa de la mujer a la que Machado, y otros hombres, visitaban discretamente. A Alfredo Marqueríe, que fue alumno suyo en Segovia, debemos una de las estampas más emocionantes (y desoladoras) del poeta, subiendo de madrugada, en invierno, tras haber estado bebiendo en las tabernas a orillas del Eresma. Ascendía por aquellas cuestas, nos dice Marqueríe, penosamente, serpenteante y solo, camino de la heladora pensión donde vivía.
La calle de Válgame Dios, sobre tener uno de los nombres más bonitos que haya podido llevar nunca una calle, es muy corta. En otra de sus modestas casas murió el pintor Eduardo Rosales como recuerda una discreta placa. La de la visitada por Machado debería tener la suya propia, recordando que en ella trataba el poeta de sobrellevar su insondable soledad. También cuenta Marqueríe cómo lo vio un día en compañía de una de esas mujeres de la vida en un bar próximo a Gran Vía.
Cuando su Leonor murió tenía Machado treintaisiete años. No volvió a casarse. El sexo que se declinara fuera del matrimonio (amancebamiento, relaciones venales y adulterio), la sociedad lo condenaba moralmente, cuando no advertía a la justicia para que lo persiguiera. El matrimonio, indisoluble, se convertía para muchos en un infierno: las esposas administraban el lecho conyugal y muchos maridos hacían de vez en cuando una visita al burdel. Javier Rioyo refiere al respecto mil historias en su ameno y documentado Burdeles, picaderos y lupanares (Almuzara), puesto al día de su Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir, de 1991. Anecdótico, pero también un libro más serio de lo que parece. El tema se presta a chanzas libertinas, pero su fondo es triste y a menudo trágico.
La novela española nace, precisamente, con la Tragicomedia de Calisto y Melibea, que de comedia tiene poco y sí mucho de una sórdida tragedia conocida como La Celestina, y celestina fue desde entonces el nombre de todas las alcahuetas, la gran aportación de nuestra lengua, junto al donjuán y a al quijote, a los veinte arquetipos universales. De La Celestina a los diarios de Cansinos, pasando por Cervantes y tantos, la literatura española está plagada de obras que tratan los amores… irregulares. En parte porque en ellos anidaba el verdadero amor más que en los nidos bendecidos por el sacramento y la Ley. Parece algo sarcástico, pero, sí, esas mujeres, más libres que la mayoría, encarnaron como pocas la pasión amorosa, se llamaran Manon o Fortunata.
El catálogo es extenso, y Rioyo da cuenta muy literariamente de él desde los orígenes hasta como quien dice ayer, en capitulillos de lo más granados y sin moralismos, quiero decir que, hablando de estos temas, sobrevuela su texto el diálogo de Jesús y la ramera: «–¿Nadie te acusa? –No. –Pues yo tampoco. Vete, y no peques más» (Juan 8:11). Sin dejar de citar, por supuesto, aquello que le dijo una joven a la anarquista barcelonesa que trataba de incluirla en uno de sus liberatorios para apartarla de la prostitución: «Para que tú seas decente, yo soy puta». O sea, sin meterse tampoco a redentor.
Tres eran hasta hoy los clásicos sobre el tema: Hampa (1898), de Rafael Salillas; Los malhechores de Madrid (1889), de Gil Maestre y, el mejor, La mala vida en Madrid (1901), de Llanas Aguilaniedo y Bernaldo de Quirós. Ha de sumárseles ahora este de Rioyo, tanto por lo que hace sonreír como por lo que da que pensar.
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