El historiador británico, que se nacionalizó alemán tras el Brexit, reflexiona sobre una Europa en jaque años después de publicar el monumental 'Los europeos' (Taurus), un clásico moderno que analiza cómo los ideales de la Ilustración y los artistas forjaron la identidad europea en el siglo XIX

El historiador británico Orlando Figes.
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¿Qué es lo que nos hace europeos? Leer a Flaubert, a Tolstói o a Byron; escuchar a Verdi, a Berlioz o a Wagner; tener en la retina los cuadros de Monet, de Friedrich o de Sorolla... Lo que hoy consideramos alta cultura -en un canon forzosamente incompleto en el que faltan nombres en femenino: Suzanne Valadon, Hilma af Klint y tantas otras...- fue una incipiente cultura de masas en el siglo XIX, cuando se admiraba a los intelectuales y las obras de los artistas viajaban de París a San Petersburgo gracias a la gran revolución tecnológica de la época: el ferrocarril. La impresionante red ferroviaria que se extendió por el continente conectó las ciudades europeas en un tiempo récord: los 30 kilómetros por hora de los primeros trenes de vapor suponían una velocidad de vértigo frente a los viajes en carruaje.
Así se forjó una identidad compartida del Mediterráneo a los Balcanes, de la Mitteleuropa a los fiordos: esa es la tesis que el historiador británico Orlando Figes (Londres 1959) desarrolla en su monumental ensayo Los europeos (Taurus), convertido ya en un clásico moderno aunque lo publicara apenas pocos meses antes del Brexit.
Tras el referéndum de salida de la Unión Europea, para mantener su libertad de movimientos por el continente y, sobre todo, su alma europea, Figes se nacionalizó alemán: tenía derecho de ciudadanía como descendiente de una familia judía expulsada por el nazismo. En un momento en que la UE -y la propia idea de Europa- está más cuestionada que nunca, Los europeos devuelve la fe en los valores universales del Renacimiento y los principios de la Ilustración, en lo que nos hace europeos: la literatura, la música, el arte... la Cultura, con mayúscula.
Licenciado en Historia por la Universidad de Cambridge y doctorado con una tesis sobre el campesinado ruso durante la Revolución, Figes se inscribe en una tradición profundamente humanista y es uno de los grandes expertos contemporáneos en Rusia. Sus ensayos se leen como novelas -como el exquisito y también monumental El baile de Natasha. Una historia cultural de Rusia- y es capaz de sintetizar los grandes procesos geopolíticos a través de las pequeñas historias humanas, de los zares a los presos del gulag, de Turguénev al olvidado tenor y compositor sevillano Manuel García, que no solo asentó la ópera en España sino que fue el primero en introducirla en Nueva York, en un lejano 1825. Pero no hace a García protagonista de Los europeos sino a su hija, la maravillosa mezzosoprano Pauline Viardot, que mantuvo un largo affaire con Turguénev a lo largo de media Europa y de varias décadas.
Desde un recóndito rincón italiano, en su residencia con vigas de madera, un bronceado Figes continúa investigando y escribiendo sobre la idea de Europa.
- Hoy resulta muy significativo el subtítulo de 'Los europeos': 'La creación de una cultura cosmopolita'. La palabra 'cosmopolita' estuvo muy de moda en los años 90 y los primeros 2000 pero ya hace tiempo que ha caído en desuso. ¿Qué dice este olvido sobre la época en que vivimos?
- Es cierto que se emplea cada vez menos. Creo que se debe a un cambio: hemos pasado de las ciudades a los Estados-nación como instituciones que crean símbolos e ideas de identidad nacional. Son los Estados los que han impulsado relatos nacionales que han demostrado ser más fuertes o que se han impuesto con más eficacia que las identidades urbanas. Las ciudades, por su composición demográfica, suelen ser espacios más diversos, multiculturales y cosmopolitas. Uno de los temas centrales de mi libro es que las redes entre ciudades son las que realmente importan y creo que eso sigue siendo válido en gran parte de Europa. Probablemente haya más conexión entre Viena y Milán que entre Milán y Sicilia. En ese sentido, las ciudades siguen siendo fundamentales, aunque actualmente apenas pensamos en Europa como una red de ciudades conectadas, más bien de países. A todo esto se suma un auge muy fuerte del nacionalismo impulsado por movimientos populistas de derechas, lo que ha desplazado la idea de identidades cosmopolitas, que han quedado asociadas, como decía Stalin, a personas sin raíces, gente que no se identifica con ninguna nación, que parece marginal o cuyas lealtades son internacionales en lugar de nacionales. De algún modo, el cosmopolitismo ha adquirido una connotación negativa.
- Abre su libro con una cita de Henry James y su novela 'Los europeos': «Hay personas incapaces de decir con exactitud cuál es su país, o su religión, o su profesión». ¿A usted le sucede lo mismo? Nació en Reino Unido, se nacionalizó alemán y pasa largas temporadas en Italia...
- La verdad es que sí... Escribí el libro después del Brexit, no fue una reacción directa, pero sí lo convirtió en algo más personal. Soy nieto de una familia que huyó de la Alemania nazi y pensó que había encontrado un hogar en Reino Unido. El Brexit fue una gran desilusión: sentí que los ideales y esperanzas que mis abuelos depositaron en Inglaterra como refugio ya no estaban justificados. Además, el aumento del antisemitismo, no solo en Reino Unido sino en otros países, ha sido impactante y muy deprimente. Tal vez por eso el libro es quizá excesivamente lírico o nostálgico: un intento de resucitar esa idea de una identidad europea con la que podamos sentirnos cómodos en cualquier lugar de Europa.
- Es ese concepto del filósofo Edmund Burke que también cita: «Ningún europeo puede ser eternamente un exiliado en ninguna parte de Europa». ¿Cree que sigue siendo válido hoy? ¿O suena un poco a utopía, a nostalgia por una Europa que no hemos vivido?
- El libro es nostálgico en el sentido de que trata de recrear un ideal que nunca existió plenamente, algo que está en el corazón de toda nostalgia. Ya ocurría con las memorias de Stefan Zweig: una evocación melancólica de una Europa de la que él se sentía parte y que, al mismo tiempo, veía desintegrarse trágicamente. Las tecnologías que analizo en el libro, como el ferrocarril, la imprenta moderna o los sistemas de comunicación crearon una movilidad inédita y un sentimiento de pertenencia a una cultura continental compartida. También contribuyeron a la formación de un mercado cultural europeo protegido por el copyright y los derechos de autor. Esa idea de Europa fue retomada después de 1945 por la Unión Europea, que hizo de la herencia cultural uno de los pilares de su identidad. Todo eso estuvo en el centro de la identidad europea. Aunque es cierto que está desapareciendo por diversas razones... Sin embargo, es evidente que hoy ese sentimiento se está debilitando. Y también se debilitan nuestra unión política y la conciencia de lo que deberíamos defender colectivamente. En cierto modo, el libro habla de una civilización que tal vez ya no exista.
- Su tesis plantea que la identidad europea se forjó a través de la cultura y la revolución del ferrocarril, que la expandió por todo el continente, más allá de las élites. Sin embargo hoy, con la revolución digital parece que el efecto es el contrario. ¿Estamos perdiendo la identidad europea a cambio de una identidad global y abstracta?
- Creo que sí. La revolución digital globaliza nuestra cultura. Para George Steiner la definición de Europa era el café vienés: un lugar de socialización donde se leían periódicos, se charlaba, se debatía, la gente se encontraba... Hoy, el equivalente es un Starbucks donde la gente mira el móvil. Y eso no tiene nada de europeo, se puede hacer en cualquier parte del mundo. Por eso, especialmente entre las generaciones más jóvenes, el sentimiento de pertenencia a lo europeo ha desaparecido en gran medida. Pero también hay una reacción, porque las ciudades se están gentrificando y perdiendo aquello que las hacía únicas o distitnas. Quizá Europa tenga que empezar de nuevo reclamando espacios concretos que tengan significado para las personas. Las ciudades son el punto de partida obvio. Y de ahí puede surgir algo nuevo, impulsado por los jóvenes. Europa siempre puede reconstruirse. Pero si ha de reconstruirse como identidad, necesitará las mismas bases que lo hicieron posible en el siglo XIX: protección para los creadores y un mercado interior viable. No se puede inventar una identidad europea en un comité de Bruselas e imponerla. Eso no funciona y genera rechazo. Tiene que construirse desde abajo.
- ¿La Unión Europea ha fracasado al centrarse en el mercado y la economía en lugar de promover la cultura y la identidad compartida?
- En Reino Unido fracasó, claramente. En Italia y en la mayor parte de Europa los edificios municipales suelen tener la bandera de la UE junto a la bandera local o nacional, pero en Reino Unido eso nunca ocurrió... Muchos de los que votaron a favor del Brexit luego se dieron cuenta de que el país estaba recibiendo mucho dinero europeo. La UE tiene razón al destacar lo que aporta a los ciudadanos. Pero es difícil imponer una identidad europea, la gente tiene que sentirla por sí misma. Donde la UE está fracasando de forma abismal es en la protección de los creadores. Ahora se pliega ante las grandes empresas de inteligencia artificial y eso es muy perjudicial. Europa corre el riesgo de convertirse solo en un gran mercado de consumidores; rico, pero sin capacidad de creación original. Si Europa quiere ser algo más que un mercado o un destino turístico, necesita preservar su capacidad creativa. Su gran legado ha sido actuar como un crisol cultural donde convivían y dialogaban distintas tradiciones. Sin protección para los creadores, ese legado corre peligro.
- ¿Qué queda de esa «República de las Letras basada en los ideales de la Ilustración» que describe en 'Los europeos'? En la era de las políticas identitarias y la polarización los valores universalistas de libertad, igualdad, razón o progreso están en retroceso...
- Los hemos olvidado en gran medida. La mayoría de las sociedades están mucho más divididas que hace 10 ó 20 años. En esa división se pierden los principios básicos que deberían sustentar cualquier sociedad democrática. Hay más intolerancia hacia las opiniones ajenas y más odio hacia quienes se perciben como amenaza. Vivimos en un mundo donde los líderes autoritarios pisotean estos principios. Trump ha destruido el orden creado en 1945. Ahora imperan la ley del más fuerte, la mentira y las fake news.
- En el panorama geopolítico mundial, con unos Estados Unidos totalmente impredecibles y una China autoritaria, ¿qué papel desempeña Europa? Parece que como continente o bloque político ha perdido toda relevancia...
- Desde luego, Europa no tiene el poder ni la influencia que debería. En parte porque Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, se ha retirado de Europa. YEuropa necesita afirmarse: primero protegiendo sus intereses mediante leyes como las de copyright, y también en su propio patio trasero. La guerra de Ucrania es un asunto europeo. La UE debe apoyar a Ucrania con mucha más firmeza, porque si no la influencia rusa se extenderá. Europa está en guerra con Rusia, aunque se esté librando en territorio ucraniano. Es una guerra híbrida: los ciberataques, la batalla financiera, la cuestión energética, la infiltración electoral, el apoyo a partidos populistas y el uso de migración forzada. Todo ello amenaza directamente los valores de los que deberíamos estar hablando. Alimenta la intolerancia hacia los inmigrantes y favorece que cada vez más ciudadanos voten movidos por cuestiones que los hacen vulnerables a líderes populistas que prometen soluciones basadas en mentiras o que explotan los miedos. Sin embargo, existe muy poca conciencia de ello. Hace poco Reino Unido reconoció que estaba comprando petróleo ruso de forma indirecta. ¡No hubo una sola protesta! Nadie salió a la calle. Apenas recibió atención mediática. Cuando comparas eso con las manifestaciones relacionadas con Israel que se celebran constantemente en Londres, da la impresión de que la gente ha perdido el sentido de cuáles son las cuestiones fundamentales para Europa.
- Resulta llamativo que dos de los extremos de Europa, Reino Unido y Rusia, se hayan alejado tanto de ella. Eso nos lleva a la vieja cuestión: ¿dónde empieza y dónde termina Europa? El primer capítulo de 'Los europeos' empieza en la ópera de San Petersburgo... porque Europa no se entiende sin la cultura eslava, ¿verdad?
- Sin duda. En ese sentido, Europa podría extenderse hasta Vladivostok. Europa es, ante todo, una idea. Geográficamente no es más que una prolongación de Asia, así que solo puede existir como un conjunto de valores compartidos. Por eso Rusia fue una parte integral y muy importante de Europa en el siglo XIX. De hecho, para muchos especialistas en Rusia, parte de su fascinación reside precisamente en eso: en cómo un país situado en los márgenes formaba parte de la civilización europea. Lamentablemente, eso ha cambiado con Putin. Ya ocurrió bajo Stalin, pero hoy, mientras Putin, o cualquier régimen putinista bajo otra forma, permanezca en el poder, Rusia seguirá siendo hostil hacia Europa: la considera una amenaza. Al no poder controlar sus territorios fronterizos occidentales como hacía en la época soviética, hará todo lo posible por debilitarla y dividirla. Así que podría decirse que hoy Europa termina en Ucrania. Queremos defender a Ucrania no para explotarla económicamente ni para amenazar a Rusia, sino porque los ucranianos parecen valorar profundamente los ideales europeos. Si entendemos Europa como una comunidad de valores, es allí donde hoy se encuentra su frontera.
- ¿Y entonces, qué ocurre con Reino Unido?
- Los británicos nunca fueron especialmente buenos europeos [y sonríe con esa ironía tan británica]. Nunca estuvieron plenamente comprometidos con Europa como proyecto político ni se percibieron a sí mismos como europeos. Se veían más bien como habitantes de una pequeña isla con un imperio. Hoy Reino Unido se enfrenta a las consecuencias de esa visión de una manera casi existencial. Se consumó el Brexit y ahora creo que dos tercios de los británicos consideran que fue un error. El país se ha quedado sin una dirección clara. No existe esa relación privilegiada con Estados Unidos que se prometía, ni tampoco los beneficios comerciales anunciados. ¿Cuál es ahora su lugar en el mundo? Reino Unido es una potencia en declive, en gran medida porque ya no forma parte de un gran bloque comercial como la UE. Es una tragedia para el país. Pero eso no significa que Reino Unido se esté alejando culturalmente de Europa. Fue una ruptura política. Durante años, la única imagen de la UE que aparecía en gran parte de la prensa británica era negativa: burocracia, regulaciones absurdas y poco más. No sorprende que acabara produciéndose el Brexit... Pero ahora muchos británicos están comprendiendo que están mucho más conectados con Europa de lo que pensaban. Europa significa más para ellos y probablemente, ellos también significan más para Europa de lo que imaginaban. Quizá algún día, empujados por la geopolítica del siglo XXI, Reino Unido y Europa vuelvan a acercarse. De hecho, creo que debería ocurrir. La experiencia británica en muchos ámbitos puede ser muy útil para la defensa y la seguridad europeas.
- Tras tantos años estudiando Europa y Rusia, ¿se siente optimista o más bien pesimista sobre el futuro?
- Vivo como un ermitaño en el campo italiano, a cinco kilómetros del vecino más cercano. Eso quizá responda a la pregunta. Es difícil ser optimista en este momento. Pero los ciclos políticos pasan y tenemos instituciones democráticas. Hay que seguir aprendiendo de la historia. En mi pequeño ámbito, como historiador, trato de contribuir a esa conciencia. Aunque es una batalla cuesta arriba. Quienes buscamos la verdad somos una minoría. La lucha empieza protegiendo a los creadores y no tirándolos bajo el autobús de la inteligencia artificial.
























