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Después de doce años de silencio, Thomas Pynchon, escritor sin rostro conocido, al menos desde la adolescencia, celebrado autor de culto, ha entregado su novena novela, quizá la de despedida, a sus 88 años: A oscuras, curiosa traducción del original Shadow ticket, es una novela fluctuante, entretenidísima y en la que los devaneos y veleidades del autor -el coqueteo con el género, la inclusión de canciones, relatos de películas, la trama disparatada y a la vez quizá metáfora de algo geopolítico, como un personaje sugiere- se mantiene gracias al estilo: vivo, rápido, ocurrente y capaz de hacer convivir los inicios del fascismo en la Europa de los años treinta con el fraude del queso, centro de una de las tramas de la novela que implica a Bruno Airmont, que se llama orgullosamente a sí mismo el Al Capone del Queso.

Traducción de Vicente Campos. Tusquets. 400 páginas. 23,90 ¤ Ebook: 12,99 ¤
La trama es más bien irresumible, además como a ratos es también una novela de espías, no sería de buen gusto destriparla completamente. Situada en Milwaukee, 1932, o sea, Ley Seca vigente, Hicks McTaggart, exmatón a sueldo para reventar huelgas, ahora reconvertido en detective privado, recibe el encargo de traer de vuelta, primero a la ciudad, después al país, a Daphne Airmont, heredera del imperio del queso, que va detrás de un músico de jazz, y a la que Hicks está unido, según una maldición chippewa (pueblo nativo americano), de por vida: como se la salvó una vez adquirió una especie de responsabilidad para siempre sobre ella.
Por mucho que Hicks preferiría no aceptar el caso, no le queda otro remedio, y en cambio no paran de surgir motivos: además del asunto de la heredera, resulta que la policía local planea endilgarle a Hicks la autoría de la bomba en un camión de un contrabandista local; su novia, April, está siendo cortejada con insistencia por un mafioso local y, para culminar, agentes del FBI le piden amablemente su colaboración en el caso, que va más allá de la heredera del queso, en caso de que se niegue, le ofrecen una condena en una prisión de alta seguridad.
Así emprende Hicks el viaje, sedación mediante, en un transatlántico, el Stupendica, rumbo a Europa. Hicks llegará a Budapest, donde se sigue desarrollando -aunque en este caso sería mejor decir enredando- la trama con moteros paramilitares, un poco de magia, videntes, objetos que aparecen y desaparecen, nazis y simpatizantes de, mafiosos, agentes dobles, mujeres, gigolós embaucadores, etc., etc., ¡ah, y personajes que reaparecen! Hay también un submarino, quizá fantasma.
La novela tiene algo de película clásica, Hicks se aparece con las maneras de Bogart (o sea, que en realidad quizá de quien tenga algo A oscuras sea de Chandler), y el cine aparece también cada vez que Hicks baila, se le compara con Fred Astaire, y hay referencias al cine sonoro ("las películas sonoras llegan exactamente al mismo tiempo que la Depresión. Menuda coincidencia, ¿eh?", se queja Thessalie, mentalista discreta), sin olvidar esa película que se cuenta bien avanzada la novela, casi como un inserto dentro de la novela.
Resulta más disfrutable la primera parte, antes del barco, cuando el héroe trata de evitar el caso y, aunque hay nazis, tiene un tono de comedieta de enredo con personaje central pringadillo al que ojalá le fueran las cosas mejor. El billete a la oscuridad es, claro, el que le lleva a Budapest, en la novela, sede de lo sobrenatural, luego Fiume, ligada al fascismo desde D'Annunzio. Las tramas se van complicando y enredando, aparecen nuevos personajes y nuevas tramas, no todo queda cerrado al final del libro, ni siquiera queda claro si Pynchon está hablando de nuestro mundo de hoy o somos nosotros los que nos reconocemos en los modos del pasado, sea en la estupidez, sea en la violencia, o incluso en las teorías conspiranoicas.
Las razones por las que seduce este libro están en el humor, siempre al acecho ("Siempre me la dan con queso, es mi destino", se lamenta la heredera del imperio del queso al descubrirse engañada), diálogos trepidantes, historias tristes, como la de la madre de Hicks, que abandonó a su marido por un domador de elefantes. A oscuras es una novela que contiene muchas dentro, un prodigio de pulso narrativo que hace pensar en Thomas Pynchon la versión en escritor del pirata Roberts de La princesa prometida.
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