
























Como una bisabuela suya curaba con las manos, Cristina Blanco heredó una serie de habilidades que le cambiarían la vida para siempre. Al igual que su ocaso a partir de 2007.
Nacida en Extremadura, tierra de conquistadores, la tarotista, vidente o bruja, según los ojos de quienes la mirasen, encontró su filón cuando Terelu Campos le dio una sección donde predecía el futuro de los famosos en su programa Con T de tarde (1997-2004) en Telemadrid.
Al poco tiempo, María Teresa Campos le dio espacio en su corrido, pero esta vez a nivel nacional con Día a Día (1996-2004). Así se gestó una íntima relación con el clan Campos. De hecho, hubo una temporada en la que Cristina y Terelu eran tan inseparables que llegaron a viajar a Londres para comprar zapatos, una de las pasiones de la presentadora.
El año 1997 fue el inicio de su lucrativa carrera como la vidente de los famosos, pero también democratizó sus dotes para el pueblo llano. De hecho, la revista Pronto la contrató de 1997 a 2001 para la sección Las predicciones de los famosos, que también contaba con un pequeño espacio el consejo de la semana. Su caché era desorbitado.
En su club de amistades figuraban Rocío Carrasco, Lara Dibildos, Ana Obregón y Belén Esteban, con quienes se paseaba por los saraos madrileños. Todos querían saber sobre su futuro.
Entre ellos surgían conversaciones íntimas en las que Cristina tiraba de otras dotes para obtener información con la que trapicheaba con periodistas y fotógrafos. Eso lo expuso sobre el tapete en el 2001 el equipo de investigación del área audiovisual de El Mundo que emitió en Telecinco el programa La gran mentira del corazón sobre los entresijos de la prensa rosa.
Más de una década más tarde, quien puso el dedo en la llaga fue Jesús Mariñas, íntimo de Blanco y padrino de una de las niñas que adoptó la vidente, quien en 2017 publicó en La Razón que "ella se enriquecía, salía, leía manos, echaba cartas y competía con nosotros en plan investigador preguntando, previo pago a criados, las peculiaridades de su variopinta clientela".
Hasta ese 2001, las celebridades se presentaban a la una de la madrugada en su casa para evitar que los paparazzi les cazaran. Incluso según llegó a confesar a Pronto,el mismísimo Bruce Willis llegó a llamar a su puerta.
En Marbella también encontró otro filón de rostros conocidos. Jesús Gil o Mayte Zaldívar acudían a su consulta. Rosa Villacastín, que hacía sus crónicas cada verano desde la Costa del Sol, la recuerda a LOC como "una mujer guapa, tenía mucha palabrería y cautivaba a la gente. Se movía fenomenal entre la gente bien y las televisiones".
Con el cambio de milenio, Cristina conoció a Belén Esteban, recién separada de Jesulín. Intimaron mucho, pero dicen que lo suyo se rompió porque amañó un supuesto romance de la 'princesa del pueblo' con un jeque que le había regalado un reloj de alta gama. Al final se descubrió que la joya la había comprado Belén en los mismos grandes almacenes donde Cristina terminaría trabajando cuando se alejó de la televisión y se fue a vivir al madrileño barrio de Usera.
Puestos en contacto con Belén, la respuesta de su audio de WhatsApp lo dice todo: "Hola Luis, ¿qué tal? Perdóname y discúlpame, pero no quiero decir nada, espero que lo entiendas. Te mando un saludo. Gracias".
Con la magia de la televisión, al igual que les ocurrió a Rappel o Esperanza Gracia, Cristina encontró un modus vivendi elevado echando las cartas. Una famosa cuyo nombre no quiere divulgar a LOC confiesa que "unas veces me cobraba 150.000 pesetas y otras 200.000".
La fama de Cristina compitió con la de los quehaceres de Octavio Acebes y Rappel quien años después de que salieran los tinglados de Cristina confesó a Look que "no quiero saber nada de esta señora, ni para bien ni para mal. Que Dios le de salud y suerte en su vida", confesaría Rappel en Look hace unos años.
Infundía tanto respeto que Jiménez Losantos reveló en De la noche a la mañana. El milagro de la COPE (2006) que José María García se enteró por su mujer, Montse Fraile, que alguien de la emisora había encargado a Cristina que hiciera magia negra para que muriera el locutor deportivo. Menos mal que la vidente habló con el gran jefe de la radio para comunicarle que ella no hacía esas cosas.
En privado, Cristina Blanco había formado una bonita familia. Con su esposo, Miguel Ángel Muñoz Martín tuvo a su primogénito, Miguel Ángel Muñoz (42), que se había convertido en niño prodigio del cine español con El palomo cojo (1995) antes de que ella se hiciera conocida. En un momento dado quiso tener más hijos, pero la única alternativa que le dieron los médicos fue la inseminación artificial.
Tras hablarlo con su esposo, se decantaron por la adopción. Después de tres años de trámites y esperas, en 1998 llegó Gabriela y dos años después, Nabila. Ambas son los ojitos derechos de Miguel Ángel. Tras su divorcio, y para evitar la exposición pública, los tres hermanos se fueron a vivir con el padre.
En 2007 empezó su caída a los infiernos. Le condenaron a 16 meses de prisión por robar tarjetas de crédito y móviles a los clientes de un hotel marbellí, pero no llegó a entrar en prisión al no tener antecedentes. Se echó un paso atrás para no entorpecer la carrera de su hijo y cayó en una profunda depresión.
Ingresó en la López Ibor y tras numerosas pruebas se le diagnosticó un trastorno bipolar que con el tiempo fue empeorando. Los últimos tres años de su vida estuvo ingresada en un centro especializado en Majadahonda (Madrid) ya que su salud empeoró también tras amputarle la pierna por la diabetes.
Cristina falleció de un ataque al corazón el 7 de junio a los 61 años. Miguel Ángel volvió inmediatamente de Los Ángeles. En su cuenta de Instagram ha publicado una emotiva carta donde le agradece haberle dado la vida, por sus consejos y por haberse apartado de su vida en público y rechazar suculentas ofertas. Ahí da fe de lo que le ocurrió: "Has vivido desde muy joven con un trastorno mental que fue diagnosticado demasiado tarde".
Sus amigos no tardaron en responder a su mensaje. Innumerables las muestras de cariño de Beatriz Luengo, Lydia Bosch, Antonio Velázquez o Paula Echevarría. "Era una mujer especial, cariñosa y superdotada. Su intuición no tenía límites", ha escrito Ana Obregón y, Aldo Comas, ha sido el más poético: "La muerte cierra los ojos del cuerpo, pero abre los de la memoria".
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