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El Mundo
Lucas de la Cal · 2026-06-24 · via Actualidad Económica

"Tarde o temprano llegará el día en que los repartidores ya no sean necesarios". La frase la pronunció hace unos días Richard Liu, fundador y presidente de JD.com, uno de los gigantes chinos del comercio electrónico. Delante de una audiencia de empresarios reunidos en Shenzhen, Liu puso palabras a una inquietud que lleva tiempo creciendo en la superpotencia asiática: qué ocurrirá cuando la segunda economía del mundo consiga materializar su gran proyecto tecnológico y millones de trabajadores descubran que una máquina puede hacer su trabajo mejor, más rápido y más barato.

JD.com emplea a unos 700.000 repartidores. Liu aseguró que la compañía ya trabaja con alrededor de 120 escuelas para formar a esos trabajadores en nuevas ocupaciones, como el mantenimiento y reparación de robots. El mensaje pretendía ser tranquilizador. Pero la advertencia era imposible de ignorar. Si una de las mayores empresas privadas del país asume públicamente que sus mensajeros acabarán siendo sustituidos por máquinas, muchos chinos se preguntan quién será el siguiente.

Esta cuestión llega en un momento delicado. China atraviesa una desaceleración económica prolongada, el desempleo juvenil continúa siendo elevado y el mercado laboral se ha vuelto cada vez más precario. Según estimaciones de centros de investigación chinos, alrededor de 320 millones de personas trabajan en los sectores más amenazados a corto plazo -repartidores y taxistas- por la automatización.

Liu Qiangdong, también conocido como Richard Liu, CEO de JD.com

Liu Qiangdong, también conocido como Richard Liu, CEO de JD.com

Mientras Estados Unidos libra la carrera de la inteligencia artificial a golpe de modelos lingüísticos y chips avanzados, Pekín parece obsesionado con llevar esa inteligencia al mundo físico. El objetivo es que los algoritmos abandonen las pantallas y se conviertan en brazos mecánicos, vehículos autónomos y robots humanoides capaces de transformar fábricas, almacenes, hospitales y hogares.

La robótica ocupa un lugar central en el nuevo plan quinquenal chino. Para las autoridades, representa la siguiente fase del desarrollo industrial y una herramienta indispensable para compensar el envejecimiento de la población. Pero mientras el Gobierno impulsa agresivamente la automatización, los tribunales estén empezando a poner límites a algunas de sus consecuencias.

En mayo, un tribunal de Hangzhou dictaminó que una empresa tecnológica había despedido ilegalmente a un empleado después de sustituir sus funciones por un sistema de inteligencia artificial. El trabajador supervisaba tareas de control de calidad hasta que un software asumió gran parte de su trabajo. La empresa le ofreció un puesto alternativo con una reducción salarial. Cuando rechazó la oferta, fue despedido.

Los jueces fallaron a su favor. En una declaración poco habitual, señalaron que "el desarrollo de la inteligencia artificial debe servir para liberar trabajo y mejorar el bienestar de las personas, no para erosionar sus derechos". Este no fue un caso aislado. En los últimos meses, varios tribunales chinos han respaldado a trabajadores desplazados por la IA, estableciendo que sustituir empleados por algoritmos constituye una decisión empresarial orientada a reducir costes, pero no una justificación automática para despedir personal.

El equilibrio entre la nueva revolución robótica y la estabilidad social se puede medir especialmente en las calles de Wuhan, la ciudad que se ha convertido en el mayor laboratorio mundial de robotaxis. Allí, los vehículos autónomos de Apollo Go, la filial de conducción sin conductor de Baidu, forman ya parte del paisaje urbano. Coches sin conductor circulan por avenidas abarrotadas, recogen pasajeros y completan trayectos enteros sin intervención humana. Pero detrás del escaparate tecnológico, los taxistas han organizado protestas denunciando que los vehículos autónomos están reduciendo sus ingresos.

Este episodio ilustra el dilema chino. Por un lado, el país quiere convertirse en líder mundial de la movilidad autónoma. Por otro, las autoridades temen que una sustitución demasiado rápida de empleos provoque inestabilidad social.

La automatización avanza también en un terreno menos visible pero igual de importante: el entrenamiento de robots. Uno de los mayores cuellos de botella de la industria mundial es la escasez de datos. Los robots necesitan observar millones de movimientos humanos antes de aprender tareas tan aparentemente sencillas como doblar una camiseta, colocar objetos en una estantería o recoger fruta. Ahora, China está intentando resolver ese problema a una escala difícil de imaginar en otros países.

En Suqian, la ciudad natal de Richard Liu, JD.com colabora con las autoridades locales para recopilar millones de horas de datos destinados al entrenamiento de robots. Residentes, trabajadores agrícolas y empleados de centros asistenciales utilizan cámaras instaladas en la cabeza que registran cada movimiento de sus manos. El objetivo es construir enormes bases de datos que permitan a las máquinas aprender cómo interactúan los humanos con el mundo físico.

La iniciativa forma parte de una estrategia mucho más amplia. Empresas tecnológicas y fabricantes están desplegando sensores, cámaras corporales y dispositivos de captura de movimiento en fábricas, almacenes y hogares. Miles de trabajadores participan involuntariamente en lo que podría describirse como el mayor programa de aprendizaje robótico del planeta.

Desde la perspectiva de Pekín, el cálculo es sencillo. El país necesita aumentar la productividad, mantener su ventaja manufacturera y prepararse para una sociedad cada vez más envejecida. Los robots aparecen como la solución perfecta. Pero la pregunta que recorre hoy China no es tecnológica, sino social. Nadie duda ya de que los robots terminarán repartiendo paquetes, conduciendo taxis o realizando tareas administrativas. La incertidumbre gira en torno a qué ocurrirá con las personas que hoy viven de esos empleos.

Por eso las palabras de Richard Liu resonaron mucho más allá del sector logístico. Fueron una advertencia sobre el futuro que China está construyendo: un país donde la próxima gran revolución industrial ya no se mide en fábricas o líneas de producción, sino en la velocidad con la que las máquinas aprenden a hacer el trabajo de los seres humanos. Y donde el verdadero desafío para un país donde viven más de 1.400 millones de personas no será fabricar más robots, sino encontrar un lugar para quienes acaben siendo reemplazados por ellos.