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El Mundo
Francisco Rodríguez Fernández · 2026-06-28 · via Actualidad Económica

El mundo no se acaba pero tampoco existe ya el que producía progreso en modo casi automático. Ahora la pregunta es qué clase de modelo construiremos

Adicción a 
la catástrofe

Actualizado

Hay algo casi adictivo en la catástrofe. Hay rotos que nos llenan la intención mientras nos vacían el alma. Los telediarios lo saben. Los algoritmos lo saben. Y el cerebro humano, tallado durante milenios para detectar amenazas antes que oportunidades, lo sabe mejor que nadie. Cada mañana abrimos el teléfono y el mundo parece una hoguera. Puede ser la guerra de Irán, la inflación que no cede, las democracias que se cuartean, el primer trillonario de la historia mientras ochocientos millones sobreviven con menos de tres dólares al día. La pregunta que pocas veces nos hacemos con rigor es si esa sensación se corresponde con los datos. Pero claro ¿quién controla los datos? La respuesta, incómoda para los profetas del apocalipsis y para los optimistas de salón por igual, es que nadie tiene del todo razón.

Empecemos por lo que es cierto y bueno, porque hay mucho. En 1990, el 37% de la humanidad vivía en pobreza extrema. Hoy ese porcentaje ronda el 10%, según los datos del Banco Mundial: de 2.300 millones de personas a 847 millones en apenas treinta y cinco años. La esperanza de vida global era de 65 años en 1990; hoy supera los 73. La mortalidad infantil se ha reducido a la mitad. La tasa de alfabetización alcanza niveles sin precedentes en la historia humana. Hace treinta años había 85 autocracias en el mundo y 23 guerras activas; el número de armas nucleares ha caído de 60.000 a menos de 13.000. Nada de esto es trivial. Es el mayor avance en bienestar humano jamás registrado, y ocurrió en su mayor parte en silencio, porque el progreso no tiene titular. Max Roser, el economista y estadístico de Oxford que fundó Our World in Data, lo formuló con astucia: los periódicos podrían haber publicado cada día durante veinticinco años el mismo titular, 137.000 personas salieron hoy de la pobreza extrema, y nunca lo publicaron. Esa historia no sangra. No lidera. Lo que ocupa su lugar es el ruido, la indignación como espectáculo, la angustia como algoritmo, la sensación permanente de que todo se derrumba justo cuando más cosas se sostienen.

Y ahora lo que es cierto y malo. El Uppsala Conflict Data Program acaba de publicar sus datos para 2025: 65 conflictos activos, el mayor número desde la Segunda Guerra Mundial; 244.600 muertos en combate, la cifra más alta desde el genocidio de Ruanda. El V-Dem Institute, un gran proyecto académico de medición democrática del mundo, con más de 3.700 expertos en 179 países, concluye en su informe de 2026 que la calidad democrática global ha retrocedido a los niveles de 1978. Freedom House lleva veinte años consecutivos registrando deterioro de las libertades civiles. Hoy solo el 21% de la humanidad vive en países catalogados como libres, frente al 46% de hace dos décadas. Italia, el Reino Unido y los propios Estados Unidos figuran entre los nuevos países en proceso de autocratización. El ritmo de reducción de la pobreza, extraordinario entre 1990 y 2015, se ha frenado dramáticamente, y el objetivo de erradicarla en 2030 es ya una quimera estadística.

La contradicción es solo aparente. Lo que estos datos describen conjuntamente no es el fracaso del progreso. Es el agotamiento del sistema que lo administraba. El crecimiento de las últimas décadas no fue un fenómeno natural, como la lluvia, las mareas o los amores desesperados. Fue el resultado de una arquitectura institucional deliberadamente construida tras 1945, fraguada sobre las cenizas de dos guerras mundiales por hombres que habían aprendido, a un precio inmenso, que la prosperidad no se sostiene sola. Se trata del orden de Bretton Woods, el multilateralismo comercial, la OTAN, el FMI como prestamista de última instancia global, las cadenas de suministro como red de interdependencia que desincentivaba el conflicto. Esas instituciones eran imperfectas -diseñadas en gran medida por y para Occidente- pero cumplían una función que ni los mercados ni los estados individuales pueden cumplir por sí solos: internalizar las externalidades globales y distribuir sus costes mediante reglas negociadas. Lo que se ha roto no es el mundo. Es el contrato de gestión del mundo.

Esto tiene una consecuencia económica precisa. Un sistema sin árbitro creíble produce lo que la teoría llama fallos de coordinación a escala global. Esto implica que cada actor actúa racionalmente desde su perspectiva y el resultado colectivo es subóptimo o directamente catastrófico. El free rider -ese personaje incómodo que aprovecha el bien público sin contribuir a su coste- se ha convertido en la figura dominante de la geopolítica. Trump aplica aranceles que erosionan el orden comercial del que su propio país se ha beneficiado durante décadas. Irán bloquea el Estrecho de Ormuz y exporta inflación a economías que no tuvieron voto en ese conflicto. China exige mercados abiertos mientras protege los suyos. El problema no es que estos actores sean irracionales. Es que son perfectamente racionales en ausencia de un marco que haga converger sus incentivos individuales con el bienestar colectivo. El egoísmo sin árbitro es una lógica impecable camino al desastre compartido.

¿Hay salida? Sí, aunque exige abandonar dos ilusiones simétricas. La primera es el catastrofismo, que confunde la crisis del sistema de gestión con la crisis del mundo mismo. La segunda es la nostalgia multilateralista, que sueña con reconstruir Bretton Woods en un mundo multipolar donde ninguna potencia tiene la hegemonía ni la disposición de pagar su coste. Dani Rodrik, uno de los economistas que mejor ha pensado la tensión entre globalización y democracia, propone algo más modesto y más realizable: un multilateralismo liviano, de geometría variable, construido sobre acuerdos sectoriales entre países con intereses convergentes. Coordinación fiscal mínima entre el G20. Reglas básicas para la inteligencia artificial y los mercados de datos. Mecanismos compartidos de respuesta ante shocks energéticos. No es la elegancia de la Carta de las Naciones Unidas. Es la fontanería que el mundo necesita cuando los grandes diseños se han roto.

Europa, en este escenario, carga con una responsabilidad que sus líderes no terminan de asumir. Es el único bloque político que ha demostrado capacidad para producir bienes públicos supranacionales con legitimidad democrática. Su talón de Aquiles no es institucional. Es psicológico y reside en la tentación de la comodidad, de esperar que otros paguen el coste del orden mientras ella recoge sus beneficios. Esa ventana lleva tiempo cerrándose. El mundo no se acaba. Pero el mundo que producía progreso casi en piloto automático porque alguien lo pilotaba, ese ya no existe. Y la pregunta que define esta década -la única que importa- es si seremos capaces de construir algo en su lugar antes de que el coste del vacío se vuelva insoportable.

*Francisco Rodríguez es Catedrático de Economía de la UGR y director del Área Financiera y Digitalización de Funcas. - En X: @franrodfe