
El papa León XIV bendice a un bebé a su llegada a la Abadía de Nuestra Señora de MontserratEFE
Álvaro Martínez-Echevarría*
Actualizado
Envuelto en el entusiasmo de centenares de miles de personas y con una atronadora presencia juvenil, León XIV vino a España. Durante décadas, las visitas a nuestra nación de los sucesivos pontífices de la Iglesia Católica eran algo habitual. Lo hizo, en numerosas ocasiones, el enérgico y carismático Papa nacido en la entonces maltratada tierra de Polonia; también el poderoso intelectual teutónico que le sucedió y finalmente lo ha hecho el bondadoso matemático norteamericano que hoy ocupa la Silla de San Pedro.
Se recupera así una tradición sólo interrumpida por el peculiar porteño que tan empeñado estuvo en mostrar el poco afecto que sentía hacia nuestro país. Este hecho no deja de ser peculiar. Constituye un notable fracaso español evangelizar la mitad del orbe y recibir el olímpico rechazo del primer Pontífice procedente de esa porción del mundo evangelizada por España. De todas formas, el fracaso es algo consustancial a la religión católica, pues el primer gran fracasado fue su fundador.
Eso no es un hecho habitual en las grandes religiones: Confucio, un poderoso pensador que vivió lleno de prestigio hasta el final de sus días; Buda -el bello Príncipe Sidharta- murió plácidamente entre aromas, suaves melodías y homenajes florales; también Mahoma, conquistador de tierras, almas y mentes, triunfó sin paliativos durante su azarosa vida. Sin embargo, Jesús de Nazaret murió ejecutado como un vulgar malhechor y abandonado hasta por sus más acérrimos seguidores. Precisamente a esa cuadrilla de cobardes fue a la que el nazareno encomendó la difusión de su increíble mensaje.
Y en la hedonista sociedad romana hablaron de castidad; defendieron que los patricios y senadores de Roma eran tan iguales como sus esclavos y predicaron el perdón de las ofensas y el amor a los enemigos entre multitudes acostumbradas al sanguinario espectáculo del Circo Romano y sus gladiadores. Sin embargo -con ese discurso radical- aquellos discípulos que fracasaron ante la Cruz cambiaron el mundo, convirtiendo los valores que proclamaban en el más noble de los fundamentos de la civilización occidental.
El éxito paradójico de esa doctrina conduce necesariamente a preguntarse quién era aquel que fracasó en el calvario. Lo cierto es que los brillantes y triunfales fundadores de las grandes religiones, se definían a sí mismos privilegiados portadores o profetas del mensaje de la divinidad; pero no así Jesús, pues cuando hablaba no lo hacía en nombre de Dios: se limitaba a afirmar que Dios era Él. Clamorosa afirmación en verdad. Y no se me ocurre explicación más plausible del inexplicable éxito de su exigente mensaje -difundido por sus más que mejorables seguidores- que confiar en la alta probabilidad de que sea veraz la tremebunda autoproclamación del crucificado.
Desde luego, continúa sin ser excesivamente pacífica la relación de la doctrina católica con la mentalidad de las distintas épocas en las que convive. Especialmente con la nuestra. La defensa de la indisolubilidad matrimonial, la oposición al aborto y la eutanasia, el celibato sacerdotal o el rechazo a los métodos anticonceptivos, constituyen un 'programa electoral' al que se le podría augurar un éxito análogo al de Custer en Little Big Horn. Muy probablemente por ese motivo, dentro del 'amplio menú' que ofrece el cristianismo, en sus múltiples versiones protestantes se presenta una visión más acomodaticia con la modernidad: divorcio, sacerdocio femenino, bendiciones de parejas homosexuales y aceptación de una moral más relajada que evite el conflicto.
Sin embargo, cualquiera que visite un bello templo protestante, tendrá que limitarse a contemplar la belleza, porque feligreses no va a encontrar ni uno. Por el contrario, con la firmeza de sus valores y su poca complacencia con los pendulazos morales de la historia, la iglesia católica continúa custodiando la más numerosa de las religiones y, aun padeciendo persecuciones y lamentables crisis internas, siempre resurge cual Ave Fénix.
Este hecho incontestable no impide que personas muy razonables consideren un fracaso de la doctrina católica su nula capacidad de adaptarse a la mentalidad de las diferentes épocas con las que convive y erróneo el empeño en mantener inalterable su contenido pese al transcurrir de los siglos. Tan respetable es esa crítica como comprensible es replicarla, pues una muestra importante de la vitalidad y vigor de una idea es su pervivencia a lo largo del tiempo. Para G.K. Chesterton "el mayor logro de un planteamiento es alcanzar el prestigio de poder denominarlo anticuado".
Los cientos de miles de jóvenes que estos días han acompañado a León XIV muestran el crecimiento de esa práctica religiosa que tanto escandaliza a los que la desprecian, sin recibir un desprecio análogo por parte de los despreciados. Es cierto que los millones de seguidores del rigor de esa doctrina son tan débiles y falibles como los Doce que en sus orígenes la difundieron y, al igual que ellos, en no pocas ocasiones fracasan cuando tratan de seguirla.
Fracaso éste compensado con el único tribunal del universo en el que confesar que un delito se sanciona con el perdón. Quizás por ese motivo habrá que dar la razón a Oscar Wilde cuando afirmaba que "el catolicismo es una religión para pecadores, porque para las personas decentes ya tenemos la religión anglicana". De hecho, el bueno de Óscar acabó sus días muriendo en el seno de la iglesia católica; probablemente porque fue un gran pecador y, sin duda -al igual que tantos como él-, hoy está disfrutando de la gloria que nunca termina.
*Álvaro Martínez-Echevarría es director del Instituto de Estudios Bursátiles (IEB).











