Errante en la Sombra
Nunca he llegado a tener un afecto verdadero por ni�os ajenos. En parte, ha sido por esta peque�a masa de frialdad con la que me ha tocado cargar. Y, en parte, porque los c�digos han cambiado.

Un concierto de Def con Dos en el estadio del Moscard�, en 1995.

Luis Alemany Madrid
Actualizado
Un mensaje de m�vil para mi madre.
-Mam�, cuando �ramos ni�os, �llegaste a tener cari�o a alguno de nuestros amigos? Cari�o verdadero, quiero decir; cari�o y naturalidad como nosotros con Roser y Juan. [Roser y Juan eran unos querid�simos vecinos barceloneses que ten�an un setter irland�s llamado �el Tim�, as� dicho, con art�culo, como hacen los catalanes].
Mi madre contesta con dos mensajes. En el primero dice que no mucho porque, en realidad, los dem�s ni�os le parec�an siempre criaturitas mal terminadas y sin inter�s. �Cosas de madre, supongo�, explica.
Para saber m�s
Despu�s, en el segundo mensaje, mi madre se corrige, escribe �bueno, s�� y nombra a un amigo de mi hermana, a un ni�o que recordaba a Manolito, el personaje de Mafalda, y que hablaba con la z, pero que ten�a un talento natural para las confidencias y los vericuetos del alma femenina. Un d�a, cuando ya �ramos adolescentes, aquel cr�o al que llamaremos Jim�nez telefone� al fijo de casa. Mi hermana descolg� y Jim�nez hizo sonar la introducci�n de una canci�n de Def con Dos en la que una voz de hombre declamaba algo as� como: �Sabemos d�nde vives, sabemos qui�n eres, vamos a por ti, no te escondas, tu suerte est� echada�.
Jo, la que se mont� con la broma. Hubo taxis que cruzaron la ciudad, hubo llamadas a la Polic�a Nacional, hubo palas de playa empu�adas como se empu�an los bates de b�isbol en las pel�culas... Luego se desvel� el asunto y dio igual: Jim�nez fue inmediatamente perdonado y readmitido en nuestro desvencijado hogar. Cuando pasaron los a�os y mi hermana y Jim�nez perdieron la costumbre de verse, su nombre sigui� apareciendo citado con alegr�a y dulzura.
El caso es que mi hija ya ha pasado la edad de las bromas telef�nicas y yo me doy cuenta de que nunca he llegado a tener un afecto verdadero por ninguno de sus amigos. En parte, ha sido por esta peque�a masa de frialdad y torpeza con la que me ha tocado cargar. Y, en parte, porque los c�digos han cambiado. El mundo ya no quiere que besemos a los ni�os ajenos y ay de aquel que vaya contra la norma porque ser� visto como un sospechoso. Los amigos de mi hija me saludan con media sonrisa inc�moda y se marchan. Probablemente no tengan ninguna opini�n sobre m�. Eso con suerte. Una vez prob� a hacerles una broma tonta: se fue la luz en el barrio y les dije �esto es cosa de Putin�.Recib� miradas de compasi�n. Vale. Si ese es el pago para que no pasen cosas raras con los cr�os, me parece bien. Pero tambi�n me da un poco de pena.
Lo pens� el viernes, en la exposici�n de Helen Levitt en Mapfre, repleta de ni�os retratados jugando en las calles de Nueva York en los a�os 40. Me di cuenta de que, pasada la crianza de los hijos y los sobrinos, la infancia se nos vuelve a los adultos un asunto ajeno y casi invisible.



























