Una vez vi en un bar de la calle Menorca a la primera amiga que tuve en la niñez. Bajo la capa de cordialidad estaba el mar de fondo del reproche.

'Tres hermanas', de Balthus (1955).
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El sábado salí a cenar con una amiga, una amiga antigua que me aguanta aún, y, como quedamos temprano y llovía, nos encontramos el restaurante vacío. Sólo había un hombre por allí. Se parecía a Irvine Welsh y cuidaba de una botella de Rioja medio vacía.
-No mires, pero el hombre de detrás nos hace gestos para que nos sentemos con él.
-No mires tú tampoco.
-Hasta los borrachos se dan cuenta de que no somos pareja.
Para saber más

Mulholland Drive
- Redacción: LUIS ALEMANY Madrid
Que conste que no había tristeza en la broma o eso creo. Si acaso había algo era un destello de conciencia: la amistad entre mujeres y hombres es un asunto central en nuestras vidas pero lo desdeñamos por la dura competencia de su tema-pariente: el amor. La gracia es que dos días después empecé a leer Burguesía y familia de Natalia Ginzburg, maravilloso relato de la amistad emponzoñada de una mujer y un hombre.
Ahora intentaré recordar: de niño tuve una primera amiga que entró en nuestra mundo de chicos. Jugaba al fútbol mejor que yo, leía los periódicos, vestía camisas vaqueras y se volvía loca por el Tour, pero, qué horrible es pensarlo, se quedó descolgada del grupo en primero de BUP. Los que fuimos sus amigos la olvidamos por su aire asexuado. En fin: una vez la vi en un bar de la calle Menorca. Bajo la capa de cordialidad estaba el mar de fondo del reproche-culpa.
Querida compañera, yo, al menos yo, tuve mi castigo. Durante los siguientes años no tuve ninguna amiga porque me pesaron horriblemente la timidez y el miedo al rechazo. Sólo en tercero, el curso en el que separaban letras y ciencias, cambiaron las cosas. En clase hubo un ambiente más íntimo, más propicio para la conversación (iba a escribir «conversación intelectual», pero no hay que pasarse) y, ahí, por fin, tras mil años en un colegio mixto, más o menos progresista, hice amigas en un sentido casi adulto. Fui consciente de ellas, de que su vida se parecía a la mía a veces sí y a veces no y me interesé por sus obsesiones.
No sé cómo lo vivieron ellas; para mí aquello fue como ampliar la vida, como salir de un cuarto cerrado a un espacio abierto. La frase no es mía. La leí en las memorias de Julián Marías y, si no recuerdo mal, lo que se contaba allí era que Marías también empezó a tener amigas en el instituto y que, para qué engañarse, se enamoró de todas, de las guapas y de las normales, de las simpáticas y de las siesas. Y que esa circunstancia del amor fue penosa, reconocía Marías, pero que en el fondo dio igual: tener amigas fue eso, fue ampliar la vida. Por mi parte, estoy de acuerdo en todo.
Bueno. Al cabo de un rato, el señor que se parecía a Irvine Welsh dirigió sus zalamerías a otra mesa, a un grupo de señoras de cincuenta y pocos maquilladas como si tocaran en Kiss. Puede que alguna hubiera apuntado en su agenda «noche de chicas». Bah.





















