He vuelto a ver una docena de veces el vídeo que guardo como un botín de los días en que Curro Vázquez, el nuevo Premio Nacional de Tauromaquia, no se compró ni una ni dos fincas, sino algo mejor. Empezó a transformarse en leyenda

Curro Vázquez en Las Ventas
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Era abril. Hace un año, como si el mundo estuviera diseñado por una inteligencia artificial con afición a los toros, Curro Vázquez salió con un toque de intangibles del hotel rural donde había pasado la noche. Cargaba con una mano el equipaje, el bolsón distinguido por haber sido elegido entre miles de posibles candidatos para entrar y salir de los hoteles del toreo. En un mundo de trolleys, los vecinos del pueblo, empedrado por guijarros, agradecieron la simbiosis. El día anterior había caído un aguacero que había obligado a cancelar la corrida de la tarde. Así que la expedición, comandada por este torero de Linares moldeado en Madrid, puso rumbo a casa. En el camino de vuelta a la ciudad, el lugar donde reposta la torería urbana, un atasco sirvió de aula para que desgranara, desde el asiento del copiloto, tres o cuatro detalles sobre la manera en que un torero debe serlo.
Un mes después, todo se había ordenado. Ya había recibido el ofrecimiento de torear el 12 de octubre en Las Ventas. Rumió sus dudas en la cocina de la casa familiar de Antonio Ordóñez en Ronda. Caminar por los carriles de tierra transitados por los ciclistas, las trolleys del campo, sirvió para despejar las dudas. Había empezado a torear sin saberlo. Recordó la vez que volvió al pueblo en el que había toreado por primera vez cuando era un niño. Dos jubilados sentados en la terraza de la plaza mayor lo habían reconocido como el rubillo valiente que en pantalones cortos, cuando España era Rocinante, había nacido al toreo.
La perfección no existe. Ya lo ha contado Bermejo: no pudo redondear el festival que sufragó la estatua de Chenel con un ramillete de verónicas. Supongo que Curro Vázquez lo había encontrado en la piscina de Cayetano, cuando toreó de salón a El Duende, el primer therian. Es un hombre especializado en embestir. Tenía la espalda molida como secuela de haber sido el embestidor de cabecera de Rafael de Paula. He vuelto a ver una docena de veces el vídeo que guardo como un botín de los días en que Curro Vázquez, el nuevo Premio Nacional de Tauromaquia, no se compró ni una ni dos fincas, sino algo mejor. Empezó a transformarse en leyenda.























