Tras conmover en las redes sociales, la joven madrileña detalla su labor en hospitales y misiones de Kenia y Camerún, lejos de los focos digitales

María Bueno, una joven que compagina su fe con la enfermería .
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En el volátil archivo de las redes sociales hay una secuencia grabada. Una joven de veintitrés años, de rodillas, rota en lágrimas de alegría y devoción profunda durante la vigilia en Madrid ante el Papa León XIV. El vídeo, grabado y compartido por EL MUNDO, se propagó rápido, convirtiendo su oración en fenómeno de masas. "¿Por qué a mí? Si soy una pringada, una tía normal que la lía y no ordena su cuarto", confiesa María entre risas transmitiendo una humildad genuina que desarma cualquier cinismo mediático. Aquella profunda conmoción espiritual no pasó inadvertida, Marta Rivera de la Cruz, concejala de Cultura, Turismo y Deporte del Ayuntamiento de Madrid por el Partido Popular, compartió un mensaje de admiración ensalzando a esta madrileña como "una chica maravillosa".
Pero detrás de la pantalla no hay un personaje manufacturado para el algoritmo, sino una vocación encarnada en el cuidado de los que sufren. María es enfermera, scout y catequista. Su fe, madurada en una libertad absoluta otorgada por sus padres, quienes jamás la obligaron a ir a la iglesia, no se alimenta de abstracciones teológicas, sino de la acción pura. "Quiero vivir con sentido, estando presente, y sé que quiero vivirlo con Jesús. Soy fan de Jesús, me preocupan las cosas de las que él se ocupó", afirma tajante. Su brújula no apunta al confort, de hecho, mientras muchos contemporáneos se angustian por el mercado inmobiliario o el último bolso de Zara, a ella le conmueven profundamente las grietas de la sociedad.
Esa inquietud la empujó hacia la periferia geográfica y humana. A través de los scouts, cofundó un campamento humanitario en Kenia, país al que regresa por cuarto año consecutivo. Allí, entre cánticos litúrgicos y bailes desbordantes de alegría, descubrió que la verdadera generosidad consiste en "dar no lo que te sobra, sino lo que eres". Poco después, la Universidad Autónoma le brindó la oportunidad de realizar prácticas en Camerún. En la crudeza de los centros sanitarios africanos, la realidad la golpeó con fuerza. María experimentó etapas de incertidumbre y de dudas profundas que la emparentaron con las memorias de Santa Teresa de Calcuta. "Creí que Jesús me había abandonado en la dureza de Camerún, pero luego comprendí que él seguía allí, era yo la que no estaba sabiendo mirar", recuerda.
De vuelta en Madrid, compagina sus estudios de enfermería con su labor junto a las mismas niñas que la acompañaban en el vídeo viral. Escucha reguetón, a Rosalía, C. Tangana, pero también a Hakuna o Luis Fercán, encarnando a una generación capaz de disfrutar de la celebración y, al mismo tiempo, buscar espacios para la reflexión. En su labor hospitalaria, admite la lógica inquietud de cometer algún error al atender a los pacientes, un sentimiento humano que gestiona buscando la calma en la oración y pidiendo paciencia. No busca ser una "influencer religiosa", sino un altavoz de la acogida en un entorno a menudo acelerado. Para María, la fe es exigencia,sacrificio y, ante todo, un ejercicio cotidiano de amor y perdón. Una espiritualidad de lo cotidiano que reza por creyentes y ateos, convencida de que las obras hablan más alto que las palabras. Al final, el torbellino de su vida se refleja en su arrodillamiento, una alegría inquebrantable en un presente que sigue buscando razones para creer.











