Alejandro Polo es protagonista a diario en San Isidro, lleva casi tres décadas al cargo de la tablilla que anuncia los datos de cada astado

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Su presencia genera una curiosa paradoja: pocas figuras parecen tan observadas y, al mismo tiempo, tan invisibles en la Monumental de Las Ventas. Se llama Alejandro Polo, el hombre que convierte en ceremonia la salida de cada toro en la Feria de San Isidro y que, tarde tras tarde, al menos seis veces por festejo, emprende el camino desde toriles hacia los medios con gesto serio y aire ausente, sosteniendo sobre los hombros un cartelón de aluminio que parece resistirse al paso del tiempo.
En él viajan, colocados a mano, la ganadería, el hierro, los colores de la divisa, el peso, el número, la fecha de nacimiento y el nombre del toro que está a punto de saltar a la arena. Una especie de DNI ganadero que Alejandro exhibe ante las 24.000 personas que abarrotan la Monumental, girando sobre sí mismo varias veces, con parsimonia y compás, como parte de uno de los rituales más reconocibles de esta plaza.
Así, antes de que el astado asome por toriles, nuestro protagonista ya ha cumplido su misión. Y aunque apenas permanece unos segundos en el centro del ruedo, siente sobre sí la presión de estar expuesto a miles de personas. «Está todo el mundo mirando y, como te equivoques, te llevas una pitada», dice. Porque su labor exige precisión, serenidad y reflejos. Más aún en una plaza a veces tan ventosa como Las Ventas, donde no resulta sencillo mantenerse firme sujetando la tablilla como si fuera un estandarte. Una dificultad que, sin embargo, despacha entre risas con una frase tan espontánea como contundente: «Tranquilo, yo tengo fuerza».
Lo suyo puede parecer una rutina sencilla, pero detrás de ese gesto hay una historia de sacrificio y constancia. Para poder estar cada tarde en Las Ventas, Alejandro enlaza las noches de trabajo en Mercamadrid con apenas unas horas de sueño antes de emprender, desde Fuenlabrada, su particular peregrinación hacia la plaza, siempre con margen suficiente para llegar a tiempo a la Cátedra. Allí, en una pequeña sala habilitada bajo el tendido 2, se enfunda su ya inconfundible traje azul eléctrico de solapas granas, convertido desde hace años en una imagen familiar. «Para mí es un orgullo formar parte de la familia de Las Ventas. Realizo esta labor con la ilusión de quien hace el paseíllo», asegura quien siente esta plaza como una segunda casa.
No es para menos. Este año Alejandro Polo cumple 28 temporadas al mando de la tablilla. Todo comenzó por una casualidad. Aficionado desde niño gracias a su abuelo, creció viajando con su cuadrilla de amigos a Madrid para acudir al apartado, a comer y a terminar la jornada en los toros. Hasta que un día apareció una oportunidad inesperada. «En el sorteo nos dijeron que la persona que sacaba la tablilla se había lesionado una mano y me ofrecieron salir. Lo hice durante dos domingos», recuerda. Después llegó San Isidro y una nueva lesión del titular, esta vez en el pie, volvió a abrirle la puerta de este singular oficio. Ya nunca la cerró.
Detrás del solemne paseo existe mucha más responsabilidad de la que parece, especialmente cuando se produce una devolución de toro y todo debe resolverse en cuestión de segundos. «Hay que actuar rápido y saber si rellenar la tablilla con el sobrero o si hay que correr turno». Las órdenes le llegan de los alguacilillos, del delegado gubernativo o del mayoral de la plaza, con cuya familia -Florito padre e hijo- mantiene una estrecha amistad después de tantos años compartiendo tardes.
Mientras avanza la Feria, la rutina de Alejandro adquiere tintes casi heroicos. Un ritmo agotador que se hace especialmente duro en la recta final de San Isidro. Este año, de hecho, ha tenido que reservar fuerzas. «Me he cogido una semana de vacaciones en Mercamadrid porque los últimos días de feria pesan mucho».
Por sus manos han pasado los nombres de toros de grandes triunfos y tardes históricas. Sin embargo, no presume de anécdotas y ningún torero le ha brindado todavía un toro. Quizá, cerca de cumplir tres décadas anunciando miedos en el ruedo, Alejandro ya lo merezca.





















