
Pedro Sánchez observa al Papa, en la puerta del Congreso.Europa Press
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Su frase quedó flotando en la maraña de una rueda de prensa tenebrosa. Fue el día que Pedro Sánchez visitó al Papa en el Vaticano, para preparar la visita a Madrid y, justa y casualmente, poco antes de que Isabel Díaz Ayuso también acudiera al Vaticano, un viaje anunciado mucho antes que el del presidente del Gobierno, interesadísimo de repente por el Obispo de Roma.
Aquella mañana se le torció el plan al líder del PSOE por culpa del escándalo Zapatero, protagonista de la rueda de prensa que ofreció al terminar su reunión con León XIV. Mandíbula apretada, sombras a la espalda y su híper sonrisa pantojil (dientes, dientes). En un momento, al One, tras recibir varias preguntas sobre la llegada del Papa a la capital de España, se le escapó un «no solamente Madrid», recordando que el viaje tendría paradas también en Barcelona y Canarias.
¿Un apunte informativo? ¿Un recordatorio geográfico? Ser inocentes en la interpretación de P. S. a estas alturas cuesta incluso a sus trovadores más hooligans. Su «no solamente Madrid» surge de los intestinos, del resquemor con su propia ciudad, donde no ha recibido estos años el cariño que él cree merecer por sus enormes méritos como gobernante.
Madrid le molesta, le enfurece cómo vota, a quién vota y lo que sospecha que piensan las calles de él. Allí sólo asoma en el desfile del 12 de octubre, que lo haría a puerta cerrada si pudiera. En la entrada a la Nunciatura, el lunes, cuando acudía a la recepción con el Pontífice (tras no conseguir que fuera él a Moncloa, su deseo) algún improperio se llevó, y eso que fue sólo un instante el que su vehículo pasó por delante de unos pocos fieles de Chamartín.
De buena gana se llevaría la capitalidad a Barcelona, donde hoy hará lo que no ha hecho en Madrid: asistir a un acto público, en este caso una misa en la Sagrada Familia. En su ciudad, cero. Sólo se puso a la sombra de León XIV a cubierto, sin público, en el Palacio Real, en el Congreso o en la Terminal de Autoridades de Barajas. Nada más.
No estuvo en la vigilia de la Castellana, ni en la eucaristía de Cibeles del domingo ni en el Bernabéu, el lunes, en el espectacular acto que la iglesia madrileña preparó en el templo del club blanco. Un estadio al que no fallan sus ministros, ya sea Champions o Liga, con una fidelidad inquebrantable. Se perdió el patrón socialista la ejemplar organización y el despliegue que Madrid ha ejecutado en honor al Papa.
Pero Sánchez no se deja ver porque quizá no se crea las encuestas de Tezanos, las que le siguen dando líder de intención de voto, y tema la reacción de la masa, en una postura cobarde difícil de encontrar en ningún punto del planeta. En Barcelona, sí, todo bien, y hasta se viste la chupa vaquera para subir al Falcon e ir al Primavera Sound a que le agradezcan la presencia y le aplaudan su resistencia ante la amenaza del fascismo.
El famoso festival pasó por Madrid una vez, un año, cosechando un estrepitoso fracaso. Aún recuerdan en el recinto donde se celebró las pegas que ponían los organizadores a que fuera la Guardia Civil, ese cuerpo maldito para el mundo independentista, la que gestionara el tráfico de las entradas y salidas. Lo mismo querían a los Mossos en Arganda. En el Mad Cool no se espera a Sánchez este julio.
¿Qué presidente del Gobierno de un Estado no se atreve a pisar las calles de su capital? Pero los amigos barceloneses no deberían pensar que su amor es franco, sino pura estrategia electoral mirando siempre hacia el semillero de escaños de Cataluña.










