
La expresión de Ábalos al escuchar a Jésica mencionar a su gato.
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Algunas pequeñas fans de Santiago Segura andan tristes porque, según susurran los expertos del cine, el director parece convencido de clausurar su exitosa saga familiar de Padre no hay más que uno. Dicen que se centrará en Torrente, en continuar con más capítulos del popular comisario, y es lógico que así sea. Los guiones se los está haciendo gratis el PSOE de Pedro Sánchez.
Antes, en las primeras películas, las estrenadas en el cambio de siglo, el cineasta y humorista tenía que tirar de clichés casi siempre antiguos para presentar al grasiento policía: actitudes, tics y detalles casposos que ya no se veían por la calle, salvo en Carnavales o en algún taxi o taberna friki. Ahora le basta con poner el telediario o acercarse dando un paseo a la plaza de las Salesas para apuntar el desfile de personajes e historias más propias de sus cintas.
Algunas incluso superiores, entre cabelleras turcas, coches de segunda mano por pagar, outfits vertiginosos, abogados cómicos y declaraciones con aroma a gags de José Mota. «Iba a la biblioteca a leer libros sobre trenes», confesó la amiga miss asturiana, demostrando cierta profesionalidad dentro del toco mocho de su puesto regalado. La empresa era ferroviaria y, pudiendo leer otras cosas o cotillear el Instagram, empollaba sobre la materia. Hasta los más golfos y golfas tienen su punto de ética. Como el hermano de Koldo y su pudor a la hora de abrir sobres de pasta ajenos. Él no es de esos, faltaría más.
Toda una fauna amparada bajo el Gobierno de un presidente que llegó para limpiar de corrupción la política española, aunque tuviera que hacerlo sobre los siniestros lomos de Bildu y Junqueras. Una filosofía entonada en voz parlamentaria -para aumentar la guasa (y el drama) de la cosa- por el propio José Luis Ábalos, ese súper ministro y compadre máximo de Sánchez, expulsado por su mala vida y recuperado para las listas antes de ayer (2023) por si se iba de la lengua.
El mismo que dejó un gesto histórico el pasado martes cuando su Jésica mentó en el Supremo a la mascota, en teoría, común. «¿¡¡Un gato!!?», se le escapó a Ábalos frunciendo el ceño, como si de repente descubriera que en aquel piso vivía alguien más que su amante. El clásico despiste masculino cuando se va a lo que se va.
Quiere empatar a casos escandalosos el PSOE, igualando a Ábalos (primer capítulo de la profunda trama) con la Kitchen, pero parece olvidar la consecuencia política que tuvo el primero: la caída del Gobierno. En la capital, el enviado del sanchismo, Óscar López, intenta estos días sacudir el tema del aborto para dibujar una región reaccionaria, de ayatolás, donde se impiden los derechos fundamentales. Sin embargo, no hay una comunidad autónoma que practique más interrupciones voluntarias de embarazo que Madrid.
Ya lo intentaron con los gays, que iban a ser perseguidos por las calles de una ciudad que acoge cada verano las mayores fiestas LGTBI de Europa. La madridfobia no tapa el show del Supremo. No tendrá Torrentes suficientes Santiago Segura para tanta mugre.




















