
























Del moro al Foro
En este mercado de fluidos al aire libre que es Madrid, las gafas de sol ovaladas sirven de silenciador a estas francotiradoras que disparan indiferencias

La modelo e influencer Sofia Richie
Actualizado Domingo, 19 abril 2026 - 00:05
POR Primavera, las chavalas de la ciudad llevan prendido un ocho de la mirada. Son las gafas de sol ovaladas. Cruzan sus caras como una celos�a. Van poni�ndoles atardeceres a las cejas. Las usan camino del gimnasio, cuando todav�a no han dado las diez de la ma�ana, o al serpentear el resol de la tarde, al salir de la oficina, cuando el equilibrio est� a punto de disolverse. Todo parece fluir con las gafas, son un filtro anti imb�ciles, ning�n bad�n interrumpe la algarab�a que guardan. Con las gafas de sol ovaladas caminan hasta de otra manera, como si se les instalara el software Kate Moss, y cualquiera parece guardar un porr�n de historias en los bolsillos. Hacen de cada cara una previa, llevan un sonido cl�sico, son el tubo de escape de lo anal�gico.
Las gafas de sol ovaladas llenan de Mona Lisas la ciudad. Sus usuarias compiten con la Julia de Jaume Plensa instalada en Col�n y echan abajo la invasi�n de las Meninas, que parecen contenedores cosidos a las calles por Pedro Cavadas. En este mercado de fluidos al aire libre que es Madrid, las gafas de sol ovaladas sirven de silenciador a estas francotiradoras que disparan indiferencias. Van mirando un poco por encima del larguero de la montura. Sufro, cada vez que me cruzo con alguna usuaria de este filtro de verdad, por los amigos que deben batirse el cobre cada noche por ponerse a la altura de los ojos, encontrar el mirador. Con las gafas de sol ovaladas van culminadas, resueltas en una superioridad at�vica, atrincheradas e invencibles.
El otro d�a, encontr� en la lupa de Instagram una foto de Pen�lope Cruz cuando todav�a era un bonsai de diva. Tambi�n llevaba el infinito posado en la nariz. Es un recordatorio de que lo nuevo nunca es tan nuevo. Que la originalidad es un suc�daneo m�s o menos brillante. Que todos formamos parte de un eslab�n de repeticiones con m�s o menos fortuna. Y qu�. Todo parece m�s refrescante al cruzarte con alguna portadora de gafas ovaladas, como si el mundo hubiera recuperado otra vez la ligereza. Tomo nota de estas cosas, insignificante y voyeur, al empujar el carrito donde va sentada una madraca de dos a�os, otra mujercita resuelta como un redoble, el �valo que me pongo yo.
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