Por tantas cosas buenas
Los conventos y monasterios de Madrid se encuentran aislados del mundo en pleno coraz�n de �ste, separados del frenes� por una celos�a

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Actualizado
Cuando llegaron las primeras aplicaciones de geovisualizaci�n, la pe�a se dedic� a buscar en azoteas o terrazas a cong�neres en pelotas. De aquellas, la resoluci�n de las im�genes de los geonavegadores era m�s bien escasa y los nudistas cazados por los sat�lites (si es que eran reales) se limitaban a un aspa de carne con un p�xel m�s oscuro entre las piernas. A partir de ah�, la imaginaci�n llegaba donde las c�maras satelitales se quedaban cortas.
Tal vez prevenidos por la popularizaci�n de esas fotograf�as, tal vez porque nunca existieron realmente (o acaso porque decidieron monetizarlo en OnlyFans), los desnudistas desaparecieron de la cartograf�a web. Liberados de esa distracci�n, los exploradores dom�sticos pudieron dedicarse a colarse en lugares cuyo acceso les estaba vedado.
A lo largo de los siglos, el ser humano ha levantado muros para acotar sus propiedades, pero tambi�n para proteger su intimidad. En el caso de las casas de los ricos, me gusta el juego entre ostentaci�n y ocultaci�n, entre las fachadas y los patios interiores.
Pero mis favoritos son los conventos y monasterios de Madrid. Aislados del mundo en pleno coraz�n de �ste, separados del frenes� por una celos�a, como la de San Isidro en la calle Colegiata. Albergadores de tesoros en forma de claustros y jardines, como el de Santa Isabel en Lavapi�s.
Me gusta echar el rato visit�ndolos desde los tejados, como 'El diablo cojuelo', de Luis V�lez de Guevara. Mirar a las monjitas mientras recogen romero o hacen sus dulces. Imaginar c�mo ser�a el antiguo Hospital de La Latina a partir de lo que queda de sus l�mites en el Monasterio de la Concepci�n Franciscana, en la calle de Toledo. Darle vueltas a c�mo es posible el recogimiento en pleno cogollo de la modernidad: el huerto de las Descalzas Reales al lado del barullo de Preciados. O las Trinitarias Descalzas de Lope de Vega, donde yacen los restos de Miguel de Cervantes. Tambi�n las Mercedarias de San Lucas, a tiro de piedra de la plaza de Chueca.
La versi�n moderna de estas escaramuzas podr�a ser la b�squeda de piscinas, rect�ngulos azul celeste en medio de urbanizaciones o en las cubiertas de los edificios. Lugares inaccesibles que dejan de serlo, porque ya ni siquiera las alturas son un refugio, al menos para los ojos de los cuzos, como decimos en Le�n. Soltar una exclamaci�n ante el descubrimiento de una alberca insospechada, qu� escondido se lo ten�an estos cabrones.
Es, en �ltima instancia, el consuelo que nos queda a los 'esmaya�cos': colarnos en los sitios donde nunca podr�amos poner un pie.


























