Las persecuciones en helicóptero a ciudadanos paseaban por la playa durante el covid, los 20 millones de narco-euros emparedados en casa del jefe de la UDEF, la inacción ante los problemas de seguridad...

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Los jóvenes masái tienen que cazar un león como rito de iniciación en la vida adulta. A falta de grandes felinos como fuente liberadora de adrenalina, aquí se estiló lo de correr delante de la policía. De ahí procede la épica de escaparse de los grises durante el franquismo. En León tuvimos el 0,7, que, aunque era una cosa así como hippy y de buen rollito, convocó a los muy recios antidisturbios bregados en las movidas de los mineros. Superado aquello sin recibir porrazo alguno, en Madrid tocó quilombo por las 'manis' contra el Plan Bolonia. Adoquines volando por la calle Alcalá. Muy emocionante y entrañable también.
El caso es que parece que nadie quiere quedarse sin cantar, al menos una vez en la vida, aquello de «con tanta madera haremos una hoguera». Así lo vimos en la pasada década, cuando, tras bastantes años de paz social, las calles volvieron a arder.
Primero fue el 15-M, con sus rifirrafes diarios en torno a la Puerta del Sol. La cosa escaló con lo de Rodea el Congreso, el movimiento contra las investiduras de Mariano Rajoy, al frente del cual se pudo ver a miembros de la entonces cúpula de Podemos y posteriormente acusados de agresión sexual: Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón. Lo novedoso fue la deslegitimación de la propia policía por parte de un sector significativo de representantes políticos, entre ellos los citados. Poco después la acción se trasladó a Barcelona, con el 1-O y los disturbios posteriores al encarcelamiento de los líderes del Procés.
Los chavales aparecían exultantes apedreando y arrinconando maderos. Ya tenían algo que contar durante el resto de sus vidas. La derecha sociológica, sin embargo, se alineó con los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Con el apoyo de figuras como Macarena Olona, arropó a los agentes, convertidos en emblemas de heroicidad frente al desorden de unos niñatos sedientos de emociones fuertes. Los policías se quejaban amargamente y, de paso, reclamaban equiparación salarial y otros dineros.
Hoy estamos en un lugar muy distinto. Las persecuciones en helicóptero a ciudadanos paseaban por la playa durante el covid, los 20 millones de narco-euros emparedados en casa del jefe de la UDEF, la inacción ante los problemas de seguridad han terminado por alumbrar una realidad inesperada. Ante las protestas de asociaciones y sindicatos policiales tras el auto de procesamiento de Begoña Gómez por parte del juez Peinado -quien sugería que los agentes encargados de la mujer de Pedro Sánchez podrían ayudarle a fugarse- , haya aflorado una nueva realidad: España, de izquierda a derecha, parece unida en su escaso aprecio por la policía.

























