
EL MUNDO
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De camino a la Casa de Cantabria, en la calle Pío Baroja, a la espalda del hospital del Niño Jesús, atravesé el Retiro, desde la Chopera, buscando sombras. No quedaba otra que surfear la ola de calor que viene, que ya está aquí. El Ángel Caído se encontraba en su hábitat de fuego. Volvía de la comida mensual que celebramos la peña El Cuartico de la Meca, o sea Javier Moreno, José Ángel Lostao, Carlos Fernández-Lerga -Pamplona en vena- y un servidor, en Casa Salvador. Rodeados por la historia del toreo que cuelga de sus paredes, anoté una frase de Moreno a propósito de no sé qué: «El listo se mete en un charco y sale seco; el inteligente no se mete». Una foto de Manolete y Lupe Sino -a punto de embarcar en un avión, supongo que hacia México- encara siempre nuestra mesa para recordarnos un tiempo perdido.
Lupe lo deseaba antes de conocerlo. «Yo me vuelvo loca cuando torea. Mire, en la corrida de Beneficencia (...) no pude contenerme y grité: 'Eres lo más grande del mundo'. Me miró, me dio las gracias, muy atento pero sin sonreír. ¡Ah, si Manolete sonriera!», confesaba sobre sus gustos taurinos al semanario Dígame (1943) la chica de Chicote, artista de barra, mujer de cine y copa. Sobre el Bar Chicote colgaron una placa conmemorativa hace cuatro años por su 90 aniversario: «Aquí está desde 1931 el Museo Chicote fundado como Bar Chicote primera coctelería en España y joya del Art Déco». Al propio Perico Chicote le pusieron la suya novecientos metros antes, o después, según, en Princesa 72, donde vivió y murió el viejo barman del Ritz. Levantó en Gran Vía 12 la fragua de su mito entre lumis, estraperlo y cócteles.
«¡Qué ganas tengo de que llegue octubre!». Los ojos lacónicos y agotados de Manolete reflejaban sus palabras de amarga victoria en aquel verano del 47. El pueblo necesitaba dioses y estraperlistas para olvidar la hambruna y las heridas de la posguerra. La calle tiraba de colchones para empeñar el sueño por una entrada. Una España negra y devastada enloquecía con el aura, la personalidad y el nuevo toreo de Manuel Rodríguez: la enhiesta verticalidad del ciprés, la hierática ligazón, la revolución sobre la cual la arquitectura de la tauromaquia moderna dio otro giro de tuerca más.
A Manolete lo crucificaron en vida por la imposición sistemática del afeitado -seguro que les suena-, del toro chico -el que sobrevive a la Guerra Civil-, de poner el toreo de perfil, esquemático de suertes -«un torero corto», decían-, del incremento del precio de las entradas y del veto a Luis Miguel Dominguín, testigo mudo de la tragedia. A partir del 28 de agosto en Linares, solo quedó la leyenda.
Hacía un calor infernal camino de la Casa de Cantabria como si fuera ferragosto en Madrid.
























