Han pasado más de tres décadas desde aquel trágico 2 de abril de 1992, cuando la carretera apagó la vida y encendió la leyenda. El libro de Salva y Roberto es un relato que desvela al hombre detrás del mito.

Juan Gómez "Juanito"Real Madrid
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Encargué el libro a Amazon por rapidez y comodidad, no sin cierta ansiedad por tenerlo. Juanito, el 7 infinito [editorial GeoPlaneta], escrito mano a mano por Salva Martín y Roberto Gómez Mira, hijo del genio, desata una nostalgia alegre. Juan aterriza en el Real Madrid en la campaña 1977/78, el mismo año que consta en mi carné de socio. Hasta entonces asistía de estrangis al Fondo Sur, donde la Peña de las Banderas, de pie, entre las barras antiavalancha o casi pegado a la red de la portería de los goles, según el hueco. Juanito y yo llegamos a la vez al Bernabéu. Heredó el 7 de Amancio, por quien mi padre me hacía comer tomates para tener su regate. Ese cebo no funcionó. Lo único que gané fue ácido úrico.
Juanito entró en mi vida con la misma fuerza que arrancaba en carrera con el balón pegado al pie, aquel dribling que partía cinturas. Y salió de un modo terrible, una madrugada de radio, en Antena 3. La noticia saltó en la redacción entre boletín y boletín de la hora en punto, cuando preparábamos El Primero de la Mañana, de Antonio Herrero. Han pasado más de tres décadas desde aquel trágico 2 de abril de 1992, cuando la carretera apagó la vida y encendió la leyenda. El libro de Salva y Roberto es un relato que desvela al hombre detrás del mito. Había olvidado aquel cántico que me provoca un subidón de endorfinas extraordinario al entonarlo de nuevo: «Arriba, arriba, arriba, arriba con ese balón, que Juanito lo prepara, que Juanito lo prepara y Santillana mete gol».
Guardo recuerdos infantiles de Juan en un aperitivo castizo, cuando los futbolistas alternaban y se codeaban con la gente [hay por ahí un viejo artículo muy ilustrativo de Fernando Bermejo]; lo recuerdo en la sombría piscina de la esquina del Bernabéu -Concha Espina con Padre Damián-, jugando a las cartas con Camacho; lo recuerdo en el día de su adiós, en el estadio de La Rosaleda, con Curro Romero cortándole la coleta; lo recuerdo cada minuto 7 en la liturgia de los partidos («¡Illa, illa, illa, Juanito maravilla!»); lo recuerdo en el pasillo de aquel tren coche-cama azul noche, volviendo de jugar en el antiguo campo de Atocha, en los años de plomo.
Juanito desbordaba tanto en el terreno de juego como en la vida. Y también se desbordaba, escribió el gran Orfeo Suárez: «Era un Van Gogh de la pelota, controvertido, polémico, pero transparente». El 7 Infinito llega precisamente para romper la coraza del jugador. Para mirar al hombre detrás del icono y retratar al Juan Gómez que existía antes del cántico y el ritual. Y lo hace con material nunca antes utilizado.
Me ha hecho feliz Juanito, el 7 infinito. Un jirón de nostalgia alegre. Y muy torera.
























